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martes, 13 de septiembre de 2022

"VOSOTROS, LOS QUE ENTRAIS, DEJAD AQUI TODA ESPERANZA"

Hace bastante tiempo en alguna publicación que no recuerdo, en un texto

que de tanto en tanto reencuentro pero que tampoco podría decir ahora

mismo cuál es, creo recordar que Jacques–Alain Miller planteó que nuestros

textos estaban enfermos de citas, en tanto plagados de ellas. 

Parto de esta supuesta cita para introducir que en aquel momento, y ahora, interpreto que aquella “enfermedad” posible de los textos suele tener que ver con la falta o la insuficiencia de un trabajo de construcción de una posición de enunciación propia que tenga en consideración que ningún saber epistémico podrá suplir nunca el no-saber inherente a lo real. 

La cita puede dar la ilusión de un paraguas, de un refugio: quien afirma es un Otro, habitualmente revestido de autoridad, para uno o para muchos. Aunque también podemos encontrar otra dificultad en relación a la escritura que es contraria a la del refugio en la cita: la de aquellos que no citan a aquellos de quienes toman las ideas o las palabras que reproducen literalmente.

Dar consistencia al Otro o dársela a uno mismo, son dos maneras de hacer con el no-saber, dos maneras distintas de tapar la falta, cuya experiencia neurótica suele no ser agradable, aunque la experiencia de un análisis suela terminar haciéndola productiva.

Cuando nos apoyamos completamente en lo que dice el Otro, tapamos su falta, que en el fondo siempre es la del Otro que llevamos dentro y que, por estructura, no deja de superponerse con la nuestra propia. Es decir que, por carambola, cuando creamos un Otro muy consistente, o creemos en él, en la misma operación, tapamos nuestra propia falta, aunque esto no siempre sea evidente. Y, al hacerlo, obturamos el deseo, que necesita siempre exponerse para salir adelante. 

Ser miembro de una escuela, en el sentido que Lacan dio a este término no habría de ser algo del orden de la asunción de un estatus, una seguridad o una creencia. Según lo entiendo, sería más bien aceptar que si una se quiere mantener en relación con el psicoanálisis los estatus, las seguridades y las creencias suelen ser más bien un estorbo, y por tanto algo a mantener a cierta distancia prudente. 

Ser miembro de una escuela es fundamentalmente una responsabilidad: la de seguir construyendo una posición de enunciación, durante y más allá del análisis, que mantenga abierta la relación con el no-saber propio de lo imposible del real que nos habita, a cada uno, a cada otro, al Otro u Otros de la civilización de la que formamos parte y, por supuesto, a la escuela misma.

Desde una posición de enunciación así, cada cual puede decir algo distinto, a su modo, incluso aunque cite. Y, decirlo de modo explícito porque, por la esencia misma del significante, siempre interpretamos una cita cuando la usamos, aunque la repitamos literalmente. Incluso cuando nos citamos a nosotros mismos.

Sería una posición que no fuera producto de una identificación imaginaria con un supuesto analista sino de la asunción de una responsabilidad ante el malestar que produce el encuentro con lo disruptivo, siempre ajeno aunque sea propio. 

En definitiva, una posición más solidaria con el psicoanálisis.

Ser miembro de una escuela no nos da un saber construido sobre lo real, sobre cómo afrontarlo. No hay propiamente “experiencia” ni bagaje posible al respecto al que recurrir como si fuera una saber en conserva, es decir, enlatado, muerto. Pero sí podemos subjetivar, construir y sostener la experiencia de que, cada vez, hay que hacer algo con eso, y de que, cada vez, hacerlo tocará a nuestra propia relación con el no-saber inherente a lo real. Esa cualidad de producción, y no su cantidad, puede hacer que una escuela, o sus sedes, y todas las actividades, jornadas y congresos que se propongan o realicen, no queden aplastadas por el saber muerto sino que, por el contrario, se mantengan atentas y vivas. Y nosotros que las sostenemos también, lo que es fundamental.

Me pregunto qué y cómo transmitimos cada uno a aquellos, jóvenes y no tan jóvenes, que se nos acercan. ¿Qué les transmitimos de lo que es una escuela o de lo que es ser miembro de una escuela? Más allá del trabajo que hacemos en las sedes sobre algunos temas, ¿qué transmitimos en acto? ¿Sabemos transmitir qué si se acercan a la Escuela deben abandonar toda esperanza, como ponía en la puerta del Infierno de Dante, toda esperanza de beatitud, individual o grupal? 

No sabemos lo que cada uno de los que se acercan quieren o pueden o podrán escuchar. Es una apuesta. Como otros apostaron por cada uno de nosotros. Pero el que un otro no quiera o no pueda escuchar no disculpa de no apuntar a hacer pasar aquello que el psicoanálisis nos enseña. 

Dejar toda esperanza de una vida beatífica en una escuela de psicoanálisis no es una condena eterna –no estamos en la ficción de Dante. Ni el infierno ni el cielo beatífico del goce sirven para nada en tanto ambos representan el final del recorrido. Hay que apuntar siempre a ir más allá, más allá de lo mortífero, donde la vida se hace sentir.

Aunque a veces la vida en la Escuela no sea fácil, estar en ella es una elección forzada que abre a lo imprevisible y a lo nunca suficientemente explorado de lo real. Una elección necesaria para mantenerse en una relación viva con el psicoanálisis. Un deseo.

* Texto publicado en ELP-Debates, el 12 de junio de 2022.

 

 

Nota:

1. Dante Alighieri, “La divina comedia”, Primera parte: “El Infierno”, Canto III, en Obras Completas, Madrid, Biblioteca de Autores cristianos, 1994, p. 31.

sábado, 20 de mayo de 2017

ALGUNAS PALABRAS SOBRE EL SILENCIO

Edward Hooper, "Room in New York", 1932
El silencio en relación a  lo real es estructural. El insulto, la injuria, la difamación (con el juego que Lacan introduce Lacan en relación a este último término-1), son intentos -degradantes- de nombrarlo, de intentar atrapar mediante la palabra su indecible. También lo son las palabras de amor con su “tontería”. O cierta poesía.
El psicoanálisis aproxima mediante la palabra ese real que nos habita, agazapado en el síntoma, para extraer en primer lugar un saber al respecto y, luego, poder inventar otra relación con la pulsión que nos saque de la repetición mortífera y nos incline del lado de la vida. 
Hablamos entonces del deber del analizante de bien decir eso de que se trata para él, un deber ético que le lleva a forzar la lengua hasta cernir al máximo el indecible que ella vehicula para cada cual.
Ese deber de decir bien lo real propio no solo compete al analizante en tanto está en análisis sino al analista en los distintos ámbitos de su vida, también en tanto analizante en la escuela, en su  relación con lo real que la funda. Es una de las maneras en que entiendo la idea de la escuela como modo de vida (2), tal como Lacan se refiere a ella en el Acto de fundación.
Sabemos las dificultades de abordar algunos temas por el real que incluyen no solo para los sujetos sino también para cualquier grupo humano, en cada país o en cada momento de la historia de la civilización: la referencia a la Shoá, que redujo a tantos  supervivientes al silencio, y que aún cuesta de aceptar para algunos que pasó, es un ejemplo fundamental para ilustrarlo. Es "el" ejemplo.
Cada grupo, cada país, cada civilización, cada momento de la historia se construye sin duda siempre sobre su propio punto de indecible.
En España vemos cómo casi ochenta años después de finalizada la guerra civil no se pueden tocar ciertos temas referidos a ella  sin que algunas -no pocas- subjetividades se pongan al rojo vivo y el odio irrumpa en el lazo social de modo destructivo. Las subjetividades estallan, o se paralizan y enmudecen, allí donde el sujeto no puede tomar la palabra.
Los muertos están muy vivos a veces, señaló Jacques-Alain Miller en la última Conversación Clínica en Barcelona, en relación a un caso en el que el sujeto no había podido hacer un duelo. 
Pero los muertos están más vivos para aquellos que no han hecho ningún duelo porque concluyeron el conflicto triunfantes olvidando el horror de la guerra, el horror de sus actos, sin elaborar todo lo perdido, entre otras cosas, la humanidad propia y la del otro, las oportunidades, el lazo social, las ilusiones, el futuro que esperaban, lo que había sido su vida hasta entonces.
En este sentido, se puede dar la paradoja de que los muertos estén más vivos para algunos de los supuestos vencedores que para muchos de los supuestos vencidos”, más vivos en el sentido de que perturben más su vida aunque rechacen pensar en ellos, y precisamente por eso. Ello se puede pensar  dada la reactividad en juego -con el rechazo concomitante-  que se produce para algunos cada vez que se habla de las fosas comunes donde muchos fusilados fueron arrojados –que no enterrados. Los desaparecidos  parecen estar más vivos para los vencedores que para los vencidos, que llevan décadas llorándoles, aunque no puedan terminar de concluir el duelo. Lo está para los que no pudieron pensarse en el punto en que ellos mismos eran también vencidos: vencidos por la guerra, por la intolerancia, por la propia brutalidad, derrotados por la locura pulsional. 
En la actualidad, quedan pocos supervivientes de la tragedia, ya casi solo ancianos que fueron niños de la guerra, pero muy pocos de los que estuvieron en el frente, muchos al final aún adolescentes. 
Sin embargo, lo no elaborado de lo pulsional en juego, sigue circulando de modos distintos en las generaciones. Y, a veces, irrumpe de manera salvaje, como ocurre con todo real silenciado.
Hace muchos años traté a un joven  de otro país cuyo bisabuelo (ya muerto pero que seguía estando presente como pilar de los ideales familiares), había estado implicado directamente en una de los episodios más salvajes de la guerra contra la población civil -sabemos que los golpistas españoles fueron ayudados por los gobiernos en ese momento totalitarios de otros países europeos,  en concreto por el de la Alemania de Hitler y el de la Italia de Mussolini. 
Un día lo comentó al pasar, como si dijera cualquier cosa, hablando de que no era la primera vez que alguien de su familia venía a vivir una temporada a España. Pero nada más decirlo, se calló, desconcertado. Sabía desde siempre lo que su bisabuelo había hecho pero nunca había pensado en ello. Tampoco había pensado que algo de eso, escondido bajo un potente ideal nacionalista que se había ido transmitiendo de generación en generación en su familia (sin ser para él tampoco demasiado consciente), podía tener alguna relación con él, con el real desconocido que sus síntomas albergaban. 
Pero el sujeto eligió hablar de lo silenciado en la historia familiar.  Y descubrió entonces que eso no-historizado determinaba sus elecciones. Tuvo entonces la oportunidad de hacer un  trabajo analítico y salir de dicha determinación, elegir otra cosa. 
Los psicoanalistas tenemos que poder decir algo sobre eso que circula en el curso de las generaciones a nivel individual y colectivo. Hemos de poder situar  los  síntomas del sujeto, los de la civilización y también los de la escuela -tienen todos la misma estructura. Pero ello requiere prudencia en tanto estos síntomas comportan un real que hay que saber valorar en cada caso.  
Es nuestra tarea, nuestra responsabilidad poder construir cada vez  un buen decir al respecto  para que lo que digamos tenga alguna suerte de ser escuchado, es decir, de convertirse en una interpretación, la cual siempre se mide por sus efectos.
Los psicoanalistas a veces nos mantenemos en silencio. Pero tendríamos que estar  atentos a diferenciar el silencio vinculado a la prudencia necesaria y a la búsqueda del momento oportuno, de otros silencios, tanto en la consulta como en la escuela como en el mundo en general: lo  real siempre provoca su propio desconocimiento, también para cada uno de nosotros. 

Nota: 
1. El juego de palabras homofónico en francés entre diffame, difama, y dit femme, dice mujer. Donde no se puede decir la mujer, se la difama.

lunes, 21 de noviembre de 2016

DISCURSO DE PRESENTACION DE CANDIDATURA AL CONSEJO DE LA ELP

Presentación de la candidatura al Consejo de la ELP, Madrid, 19 de noviembre de 2016



Palabras de presentación de mi candidatura al Consejo de Administración de la ELP para el periodo 2016-2020

En  el momento de fundar su escuela, Lacan se refirió a ella como un refugio contra el malestar en la civilización. No dijo de la civilización, como si esta última fuera algo ajeno a los analistas. Él se refirió a nuestro malestar en esa civilización de la que formamos parte, que eyecta su propio real desconocido, fuente de malestar. Ese malestar al que cada uno contribuimos, por otra parte, en tanto el empuje de la pulsión es constante.
Entonces, entiendo que el término “refugio” no se refiere aquí a un amparo frente a ningún peligro externo, sino frente a lo más éxtimo: al real que cada época de la civilización, cada sociedad, cada grupo produce, también el analítico, en tanto no hay el Analista.
La escuela sería un refugio  en tanto constituiría un instrumento posible para hacer algo con dichos malestares, para subvertirlos y volverlos productivos. 
La escuela como instrumento de formación no está referida solo a su dimensión epistémico-clínica, sino fundamentalmente a su dimensión operativa para mantener abierta la relación con la causa -si consentimos a servirnos de ella, pues exige de nosotros una toma de posición activa. Mantener abierta dicha relación es la única manera de hacer existir el discurso analítico que nos sostiene y, también, nos da su marco, es decir, unos límites o condiciones para que una acción pueda ser llamada analítica.
Esta acción, estas acciones posibles son a inventar, cada vez. Pues en relación a la causa, la experiencia encuentra sus limitaciones. Ningún recorrido, ninguna experiencia previa sirve de garantía. La dimensión de lo ya sabido tiene un valor pero es insuficiente por sí sola para afrontar los nuevos retos producidos por los cambios en la civilización. Esa dimensión de la experiencia como elaboración del pasado queda reducida a saber muerto, pura inercia, si cerramos, si no mantenemos abierta la dimensión de la experiencia misma, que siempre nos confronta con algo nuevo, con lo no-sabido. Ella nos da la oportunidad de poder elaborar un nuevo saber más apropiado al momento, saber o saberes siempre a venir.
Apostar por lo nuevo, consentir a ello, es necesario para hallar soluciones inéditas a los nuevos problemas y no caer en la pura y dura repetición, o en la tendencia estructural al grupo o al aislamiento fantasmático, o para no dejarse ir a la salida cínica de saber de qué va la cosa y dejar de ser incautos de lo real… Maneras todas ellas de ceder en relación a dicha causa.
Para mí, la escuela, pensada así, es una dimensión importante y necesaria. Formar parte de ella, implicarme en sus distintas tareas, responsabilizarme de ella es responsabilizarme de mi formación. Pensar en la política del psicoanálisis, tomar decisiones, aunque sean pequeñas, pensar yo sola pero también con otros, dejarme ayudar por lo que a veces yo no he pensado pero otros sí, o por lo que puedo pensar junto a los otros, poniendo a producir los acuerdos, pero también los desacuerdos, las ideas pero también el malestar, todo ello me ayuda a trabajar mejor en psicoanálisis y por el psicoanálisis. Incluso me ayuda a vivir mejor.
Por eso tiendo a implicarme de distintos modos en las tareas de la escuela: ello me ayuda a mantener abierta la relación con la causa y aunque dichas tareas puedan puntualmente cansarme, fundamentalmente lo que para mi se juega en ellas me vivifica, me da ligereza.
Si bien, no es una tarea exclusiva del Consejo, en tanto considero que la política del psicoanálisis tiene que estar presentes en toda decisión tomada en el seno de esta última, por mínima que sea, considero que el Consejo de la Escuela es uno de los lugares donde pensar lo que conviene al psicoanálisis y a la escuela, la mejor política en cada momento en relación a ellos, está más presente.
Por ello, desde este deseo de mantener abierta esta relación con la causa necesaria para sostener el discurso analítico, en la consulta y en el mundo, que presento mi candidatura ahora al Consejo de la ELP ante ustedes, mis colegas, ante la asamblea de miembros.
Y desde ahí, pido a cada uno su confianza y su voto. Gracias.
* Presentación de candidatura al Consejo durante la asamblea de la ELP, celebrada en Madrid el 19 de noviembre de 2016. 

No es la primera vez que participo del Consejo de la ELP, pero es la primera vez que lo hago por votación de la asamblea. 
 Había formado parte de él por cargo, como secretaria de la ELP, es decir, por estar en el Directorio de la Escuela, bajo la presidencia de Xavier Esqué, durante el periodo 2006-2008, es decir, hace justo diez años.
 Ello constituyó una experiencia muy importante en mi formación.
 Ahora, entro como consejera por cuatro años, y lo hago de otra manera y en otra función, como consejera en sentido estricto. También con otra experiencia. Pero con con las mismas ganas.
Me tocará trabajar con otras presidencias, en primer lugar la de Enric Berenguer, nuevo presidente electo en esta última asamblea para los dos próximos años. 
También empiezo a trabajar con nuevos colegas, lo que me interesa especialmente. Aunque lamento también que algunos colegas excelentes dejen ya el Consejo, si bien ello es necesario para mantener la lógica del deseo de la escuela, sostenida en la permutación necesaria de las instancias.

Estoy contenta ante esta oportunidad nueva de hacer una nueva experiencia de la escuela, que espero sea fructífera para la escuela, para mis colegas y para mí. 


SOBRE LA ESCUELA COMO INSTRUMENTO DE FORMACION

Presentación de la candidatura al Consejo de la ELP, Madrid, 19 de noviembre de 2016



Palabras de presentación de mi candidatura al Consejo de Administración de la ELP para el periodo 2016-2020

En  el momento de fundar su escuela, Lacan se refirió a ella como un refugio contra el malestar en la civilización. No dijo de la civilización, como si esta última fuera algo ajeno a los analistas. Él se refirió a nuestro malestar en esa civilización de la que formamos parte, que eyecta su propio real desconocido, fuente de malestar. Ese malestar al que cada uno contribuimos, por otra parte, en tanto el empuje de la pulsión es constante.
Entonces, entiendo que el término “refugio” no se refiere aquí a un amparo frente a ningún peligro externo, sino frente a lo más éxtimo: al real que cada época de la civilización, cada sociedad, cada grupo produce, también el analítico, en tanto no hay el Analista.
La escuela sería un refugio  en tanto constituiría un instrumento posible para hacer algo con dichos malestares, para subvertirlos y volverlos productivos. 
La escuela como instrumento de formación no está referida solo a su dimensión epistémico-clínica, sino fundamentalmente a su dimensión operativa para mantener abierta la relación con la causa -si consentimos a servirnos de ella, pues exige de nosotros una toma de posición activa. Mantener abierta dicha relación es la única manera de hacer existir el discurso analítico que nos sostiene y, también, nos da su marco, es decir, unos límites o condiciones para que una acción pueda ser llamada analítica.
Esta acción, estas acciones posibles son a inventar, cada vez. Pues en relación a la causa, la experiencia encuentra sus limitaciones. Ningún recorrido, ninguna experiencia previa sirve de garantía. La dimensión de lo ya sabido tiene un valor pero es insuficiente por sí sola para afrontar los nuevos retos producidos por los cambios en la civilización. Esa dimensión de la experiencia como elaboración del pasado queda reducida a saber muerto, pura inercia, si cerramos, si no mantenemos abierta la dimensión de la experiencia misma, que siempre nos confronta con algo nuevo, con lo no-sabido. Ella nos da la oportunidad de poder elaborar un nuevo saber más apropiado al momento, saber o saberes siempre a venir.
Apostar por lo nuevo, consentir a ello, es necesario para hallar soluciones inéditas a los nuevos problemas y no caer en la pura y dura repetición, o en la tendencia estructural al grupo o al aislamiento fantasmático, o para no dejarse ir a la salida cínica de saber de qué va la cosa y dejar de ser incautos de lo real… Maneras todas ellas de ceder en relación a dicha causa.
Para mí, la escuela, pensada así, es una dimensión importante y necesaria. Formar parte de ella, implicarme en sus distintas tareas, responsabilizarme de ella es responsabilizarme de mi formación. Pensar en la política del psicoanálisis, tomar decisiones, aunque sean pequeñas, pensar yo sola pero también con otros, dejarme ayudar por lo que a veces yo no he pensado pero otros sí, o por lo que puedo pensar junto a los otros, poniendo a producir los acuerdos, pero también los desacuerdos, las ideas pero también el malestar, todo ello me ayuda a trabajar mejor en psicoanálisis y por el psicoanálisis. Incluso me ayuda a vivir mejor.
Por eso tiendo a implicarme de distintos modos en las tareas de la escuela: ello me ayuda a mantener abierta la relación con la causa y aunque dichas tareas puedan puntualmente cansarme, fundamentalmente lo que para mi se juega en ellas me vivifica, me da ligereza.
Si bien, no es una tarea exclusiva del Consejo, en tanto considero que la política del psicoanálisis tiene que estar presentes en toda decisión tomada en el seno de esta última, por mínima que sea, considero que el Consejo de la Escuela es uno de los lugares donde pensar lo que conviene al psicoanálisis y a la escuela, la mejor política en cada momento en relación a ellos, está más presente.
Por ello, desde este deseo de mantener abierta esta relación con la causa necesaria para sostener el discurso analítico, en la consulta y en el mundo, que presento mi candidatura ahora al Consejo de la ELP ante ustedes, mis colegas, ante la asamblea de miembros.
Y desde ahí, pido a cada uno su confianza y su voto. Gracias.
* Presentación de candidatura al Consejo durante la asamblea de la ELP, celebrada en Madrid el 19 de noviembre de 2016. No es la primera vez que entro a formar parte del Consejo de la ELP, pero es la primera vez que lo hago por votación de la asamblea. 

Había formado parte de él por cargo, como secretaria de la ELP, es decir, por estar en el Directorio de la escuela, bajo la presidencia de Xavier Esqué, durante el periodo 2006-2008, es decir, justo hace diez años.
Ello constituyó una experiencia muy importante en mi formación.
Ahora, entro como consejera por cuatro años, y lo hago de otra manera y en otro lugar, con otra experiencia pero con las mismas ganas.
Me tocará trabajar con otras presidencias, en primer lugar la de Enric Berenguer, nuevo presidente electo en esta última asamblea para los dos próximos años. 
También empiezo a trabajar con nuevos colegas, lo que me interesa especialmente. Aunque lamento también que algunos colegas excelentes dejen ya el Consejo, si bien ello es necesario para mantener la lógica del deseo de la escuela, sostenida en la permutación necesaria de las instancias.
Estoy contenta ante esta oportunidad nueva de hacer una nueva experiencia de la escuela, que espero sea fructífera para la escuela, para mis colegas y para mí.
No es la primera vez que entro a formar parte del Consejo de la ELP, pero es la primera vez que lo hago por votación de la asamblea. 
Había formado parte de él por cargo, como secretaria de la ELP, es decir, por estar en el Directorio de la escuela, bajo la presidencia de Xavier Esqué, durante el periodo 2006-2008, es decir, justo hace diez años. 
Ello constituyó una experiencia muy importante en mi formación.
Ahora, entro como consejera por cuatro años, y lo hago de otra manera y en otro lugar, con otra experiencia pero con las mismas ganas.
Me tocará trabajar con otras presidencias, en primer lugar la de Enric Berenguer, nuevo presidente electo en esta última asamblea para los dos próximos años. 
También empiezo a trabajar con nuevos colegas, lo que me interesa especialmente. Aunque lamento también que algunos colegas excelentes dejen ya el Consejo, si bien ello es necesario para mantener la lógica del deseo de la escuela, sostenida en la permutación necesaria de las instancias.
Estoy contenta ante esta oportunidad nueva de hacer una nueva experiencia de la escuela, que espero sea fructífera para la escuela, para mis colegas y para mí. 

No es la primera vez que entro a formar parte del Consejo de la ELP, pero es la primera vez que lo hago por votación de la asamblea. 
Había formado parte de él por cargo, como secretaria de la ELP, es decir, por estar en el Directorio de la escuela, bajo la presidencia de Xavier Esqué, durante el periodo 2006-2008, es decir, justo hace diez años. 
Ello constituyó una experiencia muy importante en mi formación.
Ahora, entro como consejera por cuatro años, y lo hago de otra manera y en otro lugar, con otra experiencia pero con las mismas ganas.
Me tocará trabajar con otras presidencias, en primer lugar la de Enric Berenguer, nuevo presidente electo en esta última asamblea para los dos próximos años. 
También empiezo a trabajar con nuevos colegas, lo que me interesa especialmente. Aunque lamento también que algunos colegas excelentes dejen ya el Consejo, si bien ello es necesario para mantener la lógica del deseo de la escuela, sostenida en la permutación necesaria de las instancias.
Estoy contenta ante esta oportunidad nueva de hacer una nueva experiencia de la escuela, que espero sea fructífera para la escuela, para mis colegas y para mí. 


No es la primera vez que entro a formar parte del Consejo de la ELP, pero es la primera vez que lo hago por votación de la asamblea. 
Había formado parte de él por cargo, como secretaria de la ELP, es decir, por estar en el Directorio de la Escuela, bajo la presidencia de Xavier Esqué, durante el periodo 2006-2008, es decir, justo hace diez años.
Ello constituyó una experiencia muy importante en mi formación.
Ahora, entro como consejera por cuatro años, y lo hago de otra manera y en otro lugar, con otra experiencia pero con las mismas ganas.
Me tocará trabajar con otras presidencias, en primer lugar la de Enric Berenguer, nuevo presidente electo en esta última asamblea para los dos próximos años. 
También empiezo a trabajar con nuevos colegas, lo que me interesa especialmente. Aunque lamento también que algunos colegas excelentes dejen ya el Consejo, si bien ello es necesario para mantener la lógica del deseo de la escuela, sostenida en la permutación necesaria de las instancias.
Estoy contenta ante esta oportunidad nueva de hacer una nueva experiencia de la escuela, que espero sea fructífera para la escuela, para mis colegas y para mí. 

domingo, 3 de abril de 2016

LA ESCUELA COMO ESTILO DE VIDA. DEL CREYENTE AL INCAUTO

 
La Escuela de Atenas, imagen elegida por la comisión del espacio "La Escuela (se) interroga".

Quiero agradecer a la Junta Directiva de la Comunidad de Catalunya de la ELP la organización de este espacio, y en particular  a Rosa Godínez, en tanto responsable de la comisión de organización, la invitación a participar en él con algún punto de mi interés.
Hace tiempo que me trabaja algo que Lacan plantea en su “Acto de fundación”, de 1964, al examinar el término de escuela elegido por él para renovar la institución analítica: en ese momento señala que esta última debe de interrogar el estilo de vida en que desemboca [1]. Considerando que el “estilo de vida” es una expresión que hace referencia a la forma en que entiende la vida una persona o un grupo, he tomado entonces esta idea  como primera parte del título, a modo de interrogación, como Lacan propone, para luego tratar de situar, a modo de una respuesta posible, el sintagma de la segunda parte del mismo: “Del creyente al incauto”.

La Escuela de Lacan
Al ser excluido de la lista de docentes de la IPA, Lacan relaciona dicha exclusión con haber “tocado” los conceptos de Freud, como si éste último los hubiera creado para siempre y no se pudieran cuestionar. Seguidamente, critica a la IPA diciendo que funciona como una Iglesia reunida en torno al Padre, es decir, como una organización basada en la identificación al Ideal [2]. Es también el Ideal, y las normas derivadas de él, lo que Lacan critica en la concepción de aquella respecto a la formación de los analistas: encontramos allí unos criterios de formación preestablecidos para todos los candidatos, lo que conlleva considerar que se tiene un saber de lo que es un analista [3].
Por el contrario, Lacan trata de extraer la institución analítica del culto al padre para hacerla más afín a la formación de los analistas, tal como él la concibe: rodeando el agujero en el saber que constituye la inexistencia del Analista.
Para ello, se inspira en primer lugar en las escuelas de la antigüedad griega, donde el término “escuela” definía un conjunto de personas que seguían la enseñanza de alguien en torno al cual se reunían. Miller subraya que estos maestros antiguos -él habla de docentes- no se autorizaban en ningún recorrido curricular preestablecido, como ocurre con los criterios de selección de didactas en la IPA: se autorizaban en sí mismos y en el interés que podían despertar, es decir, en la transferencia que generaban, sosteniendo para sus seguidores la función “sujeto supuesto al saber” (SsS) que ellos mismos les otorgaban, para sostener su trabajo.
El término “escuela” elegido por Lacan pone así en el centro el saber, tanto en su vertiente de saber supuesto, como en la del saber expuesto. Pero, incluso, en esta última vertiente, podemos decir que el saber está agujerado en tanto se articula, se construye, sobre el agujero del no-saber, el agujero de lo real en lo simbólico sobre el que por otra parte se edifica el inconsciente.
Al situar la transferencia como pivote de su escuela, Lacan concibe a esta última como afín al análisis mismo y, como él, no del orden de lo ya establecido sino del orden de la experiencia. Como dirá más tarde, “hay el psicoanálisis y hay la escuela”. “Se trata de saber si el psicoanálisis está hecho para la escuela o la escuela para el psicoanálisis” [4].
Sin embargo, si tomamos esta cuestión de la importancia de la transferencia en la escuela, debemos recordar que, desde Freud, y Lacan le siguió en ello, ésta no solo es el motor del análisis, sino que también puede ser su principal obstáculo: en primer lugar, en tanto la función SsS se erige velando el goce del objeto en juego para el sujeto en su transferencia al analista; pero, también, podemos considerar la cuestión por la vertiente de creencia implícita en la instalación del SsS, que hace de él, de la transferencia, un obstáculo al análisis en tanto se sostiene de la creencia en la existencia del Otro, modo de regulación del goce basado en la lógica del Todo.
Elegiré para esta presentación explorar esta segunda vertiente.

La creencia y el Otro
En su interesante tesis doctoral, Figuras de la increencia [5], Dalila Arpin, colega de la ECF, sitúa que el análisis de la creencia llevó a Freud a estudiar las creencias religiosas, que siempre relacionó, a partir de “Totem y tabú” [6], con el padre. El complejo paterno  estaría siempre detrás de la idea de Dios. El sentimiento de desamparo, la Hiflosigkeit, del niño o del hombre se compensaría con la creencia en la existencia de un Otro poderoso, lo que calmaría la angustia. Esto es una manera de decir que la creencia sostiene una figura del Otro de la garantía.
Así, los estados de creencia (Glauben) son solidarios de cierto acriticismo: Freud señala que no interviene la razón, sino que encontramos en ellos cierta ingenuidad y esperanza así como lo que llama “la ilusión del deseo”. Él sitúa, asimismo, que la creencia en que se apoya la religión está hecha del mismo material que la neurosis y, en consecuencia, una vez superada la neurosis, la creencia no tiene más razón de ser [7].
En su correspondencia con el Pastor Pfister [8], Freud sostiene que el psicoanálisis es incompatible con las creencias religiosas. Y, por ello, alerta contra la posibilidad de hacer de la adhesión al psicoanálisis una nueva religión. Tampoco le parece sostenible que un psicoanálisis deje intactas las creencias del sujeto, en tanto el progreso de la cura hace caer los ideales en los que el sujeto cree. En este sentido, afirma que el final de análisis tendría relación con un estado de increencia (Unglauben).
Sin embargo, aunque “Freud nos permitió trazar -señala Lacan [9]-, en el fundamento de la tradición eclesiástica, la bifurcación de un camino que va más allá (…), él se detuvo en “el límite que planteó con el mito del asesinato del padre”. Es este pecado de Freud, su deseo [10], el deseo del padre, el fantasma del padre, algo que en él nunca fue analizado, lo que Lacan califica de pecado original del psicoanálisis heredado por la comunidad analítica que aquél fundó. “Ante él se detuvo, en último término su pluma, aunque seguramente Freud está más allá de lo que nos transmite su pluma” [11], añade.
Por su parte, Lacan empujará al psicoanálisis más allá del padre y de su relación con la garantía de sentido, hacia el sinsentido que funda el inconsciente: podemos decir que lo empuja desde una teoría, la freudiana, que se detiene en la lógica de la existencia del Otro hacia una teoría, propia, que avanza hacia la lógica de su inexistencia; o, en otras palabras, de una teoría que vela el agujero de lo real a otra que trata de cernirlo y de hacer algo, allí, con él.

Un cambio de lógica
Vemos, como en el mismo “Acto de fundación” [12], Lacan sitúa que, en relación al malestar en el psicoanálisis, la escuela por él fundada “da su campo” a tres elementos: “1. Un trabajo de crítica; 2. la apertura del fundamento de la experiencia; y, 3, la puesta en tela de juicio del estilo de vida en que desemboca”. Podemos afirmar que cada uno de estos puntos pone en juego a su manera la inexistencia del Otro, si bien Lacan todavía no lo dice así.
1. Un trabajo de crítica implica distanciarse del magíster dixit, que se funda en la creencia de la existencia del Otro.
2. La apertura del fundamento de la experiencia se puede referir, entiendo, a poner en el centro de la escuela el agujero del no-saber qué es un analista, solidario del agujero en que se funda el inconsciente, que nos revela la inexistencia del A.
3. La puesta en tela de juicio del estilo de vida que desemboca, entiendo que es, en primer lugar, una crítica a la IPA en tanto basada en el ideal y el reconocimiento imaginario de los pares que lleva, para ellos, a la autorización como analista y a la identificación con él. Ello nos remite a un estilo de vida del grupo analítico basado en la identificación al Ideal y, por tanto, solidaria del régimen de la existencia del Otro de la garantía; un estilo de vida que Lacan pide cuestionar.
Pero, no se trata en este último punto solo de la IPA, sino de situar los modos lógicos de funcionamiento de las instituciones analíticas y, en tanto la creencia en el Otro es sustancial a la neurosis, en tanto permite cerrar el sentido,  el agujero de sentido que escribimos S(A/), no hay garantía posible de que no podamos caer en cualquier momento en ella: en esa lógica del Otro, donde hay un Otro que se exceptúa del conjunto, lo que permite cerrar el grupo y garantizar la ley que lo define. Hay una tendencia estructural hacia la obtención de consistencia lo que nos lleva por ejemplo a creer que las cosas quieren decir algo, aunque la conclusión no nos guste, como ocurre en el fantasma.
Sin embargo, Lacan empujó el psicoanálisis y, por tanto a los analistas y a su escuela, más allá de esta lógica del Padre, y su consistencia, justo a ese punto donde el Otro, el Otro de la garantía, falta -lo cual no quiere decir que no haya Otro sino que éste se rige por la lógica del no-todo [13].

La Escuela como “ayuda contra”
En la escuela de Lacan, y por extensión en las escuelas orientadas por ella, como son las escuelas de la AMP, la escuela no es solo un lugar de formación, como dije en otra ocasión, sino también, fundamentalmente, un “dispositivo” [14], al servicio de esta última. Esto hace de ella una cuarta pata de la formación, junto a las otras tres que constituyen el análisis, el análisis de control y la llamada formación epistémico-clínica. Y sitúa la importancia de la escuela en la formación “continua” del analista, tal como señaló Lacan, para quien no podía pensarse dicha formación por fuera de ella.
Es una idea de la escuela que ayudaría a mantener abierto el agujero de saber, lo que es  necesario para mantener viva la relación de cada uno con la causa. En este sentido, la escuela puede ser una “ayuda contra” la pendiente estructural al cierre del agujero de saber y, por tanto del inconsciente.
Pero, ello exige algo más que ser miembro de una escuela, en todo caso, otra cosa que una simple inscripción. Requiere servirse la escuela, es decir, hacerla existir, lo que requiere orientarse, asimismo dentro de ella, en lo real y no en el ideal y sus identificaciones.
Ello pide apostar por un lazo asociativo que no se funde en la hermandad y su fundamento de segregación, que no sea erija tampoco, como Lacan dice de la IPA, en una SAMCDA (sociedad de ayuda mutua contra el discurso analítico) [15].
En definitiva, se trata de mantener abierto el agujero del saber y, por tanto de sentido, que está en su fundamento, experiencia que es solidaria de la experiencia del inconsciente.
Y como el inconsciente funciona bajo el régimen de la pulsación, esto requiere una apuesta cada vez, por estar atentos a su apertura, por tratar de que no se cierre. 
Hacer la experiencia de la escuela me parece que no es otra cosa que consentir a esto último, lo cual exige una apuesta decidida, es decir, sostenida.
Entonces, si la Escuela se basa, como el análisis, en la transferencia y ésta se sostiene en la función SsS, que es una figura de la existencia del Otro, me parece oportuna mantener también abierta la pregunta sobre los efectos que la transferencia puede tener en la vida de la escuela.
En tanto la lógica de la existencia del Otro no se desarticula hasta bien avanzado un análisis, podemos suponer que los modos derivados de su vigencia puedan apreciarse a veces en la vida asociativa, con frecuencia como obstáculo: cuando corremos a dar sentido en vez de preservar el enigma del Otro, o a reforzar las identificaciones que llevan al grupo, con sus efectos de segregación del goce que rechazamos, o apostamos por reforzar en ella la transferencia a las personas en detrimento de la transferencia de trabajo, que no implica la identificación con el ideal del grupo sino la identificación con lo que el grupo tiene de más éxtimo. Es ahí, en la transferencia de trabajo, donde para Lacan se juega la posibilidad misma de la enseñanza del psicoanálisis [16].
La caída de los ideales, el atravesamiento del fantasma hacen caer la lógica del Otro que los sostiene y por la que el sujeto se rige, pudiendo este último cambiar de lógica y pasar de su existencia a su inexistencia; o, como mínimo, para no caer en la idealización, le ayuda a estar advertido de cuando corre el riesgo de volver a la primera.

Del creyente al incauto
Entonces, ¿cómo queda la cuestión de la creencia al final del análisis? ¿Ya no hay más creencia en el Otro, adviene un estado de increencia, como decía Freud? ¿Se trata de un descreimiento? ¿O sigue habiendo una creencia pero menos consistente?
En primer lugar, el régimen de la inexistencia del Otro no quiere decir que no hay Otro, sino que no hay determinada figura del Otro, pero sí puede haber otras.
En su tesis, Dalila Arpin hace una distinción precisa entre creencia (Glauben) e increencia (Unglauben), que  Freud ya había situado del lado de la neurosis y de la psicosis respectivamente. Hay la creencia, la no-creencia y, luego, la increencia. Esta última no sería exactamente lo opuesto a una no-creencia, pues tanto la creencia como la no-creencia participarían ambas de una misma estructura que incluiría al Otro. En la increencia, sin embargo, no encontramos la estructura de la creencia sino la de la certeza, sin Otro.
Entonces, podríamos decir que la caída de los semblantes que se produce en un análisis no puede dejar al sujeto en la increencia, a no ser que, por estructura, ya lo estuviera, y entonces no podríamos hablar con propiedad ni de semblantes ni de su caída.
Velando siempre por sostener la singularidad de cada final de análisis, me parece que la caída del Otro que se produce al final del análisis no quiere decir que el sujeto, en adelante, funcione sin el Otro. Del mismo modo que el sujeto debe hacer un anudamiento sinthomático para que el propio goce devenga no solo vivible, sino productivo, me parece que también podríamos decir que se trataría de encontrar la manera de anudar ese sinthome al Otro, en el caso del analista, al Otro de la escuela.
Esto requiere reconstituir un Otro diferente, agujereado, solidario de una creencia transformada, menos consistente, una creencia, quizás podría decir, más apropiada para sostener el discurso analítico, el cual requiere cierta dosis creencia, tal como Lacan señala en el Seminario XXI [17].
La palabra que se me ocurre para esta creencia es “confianza”. La confianza implica cierta creencia, pero no es una creencia ciega, consistente, basada en el Ideal; es una creencia advertida, agujereada, incluso podríamos decir devaluada, o en la que el Otro está devaluado respecto al Ideal.
Pero, es gracias a esta devaluación, a este rebajamiento, que podemos utilizarlo como instrumento y volverlo operativo. Es una manera de entender que “podemos prescindir del padre a condición de servirnos de él” [18], o que los no-engañados yerran, que “el análisis al recurrir al sentido para resolverlo, no tenga ninguna otra posibilidad que hacerse incauto del padre” [19], para operar. 
Sin embargo, Lacan invita a ser incautos de lo real. Es una invitación a no introducir sentido. Los no incautos saben que todo es semblante pero se mantienen al nivel de sentido y desconocen la tesis de lo real [20].
“Del creyente al incauto” podría ser una manera de nombrar el cambio en la relación con el Otro que adviene en un análisis. En todo caso, es la mía. Pero, esto no es un logro adquirido para siempre: requiere una apuesta, una elección renovada por dejarse trabajar por la experiencia, en otras palabras, para construir un cierto “estilo de vida” que no estaría basado en la identificación con el grupo en base a ningún Ideal  sino que estaría motivado para cada cual en la singularidad de su relación con la causa.
(*) Texto elaborado en el marco de un trabajo de cartel inscrito en la sede de Tarragona de la ELP, bajo el título general de “La política de la transferencia”. Ha sido presentado en la primera sesión del espacio “La escuela (se) interroga” realizado en la sede de Barcelona de la ELP, el 28 de marzo de 2016.


Notas:
[1] J. Lacan, “El acto de fundación” (1964), Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, pp. 257.
[2] J. Lacan, El Seminario, libro XI: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 1987, lección  del15.1.1964, pp. 18-20.
[3] J.-A. Miller, “El concepto de Escuela”. Disponible en la web de la AMP:
[4] J. Lacan, “Exhorto a la escuela” (1969), Otros escritos, op. cit., p. 313.
[5] D. Arpin, Figures de l’incroyance. Thèse Doctorale, Université Paris 8, 2006.
[6] S. Freud, “Totem y tabú” (1912-13), Obras Completas, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1979, vol. XIII.
[7] S. Freud, “El porvenir de una ilusión” (1927), O. C., op. cit.,  vol. XXI, p. 17.
[8] S. Freud - O. Pfister, Correspondencia (1909-1939).
 [9] J. Lacan, “Introducción a los nombres del padre” (1963), De los nombres del padre, Buenos Aires, col. “Paradojas de Lacan”, Paidós, 2005, p. 76.
[10] Lacan, El Seminario, libro XI…, op. cit., p. 20.
[11] J. Lacan, “Introducción a los nombres del padre”, op. cit., p. 90.
[12] Lacan, “El acto de fundación”, op. cit., pp. 256-7.
[13] F. Regnault, “De dos dioses”, en Dios es inconsciente, Buenos Aires, Manantial, 1993. También se puede consultar mi comentario sobre este artículo: M. Álvarez, “Dios, Lacan y el goce de la mujer”, El Psicoanálisis 7, Madrid, ELP, 2004.
[14] M. Álvarez, “Sobre la Escuela como lugar necesario para la formación del analista”, mayo de 2014.  http://www.elblogdemargaritaalvarez.com/2014/05/sobre-la-escuela-como-lugar-necesario.html
[15] J. Lacan, “Televisión”, Otros escritos, op. cit., p. 545.
[16] J. Lacan, “El acto de fundación”, op. cit., p. 254.
[17] J. Lacan, El Seminario XXI: Les noms dupes errent (1973-4). Inédito.
[18] J. Lacan, El Seminario XXIII: El sinthome, Buenos Aires, Paidós, 2006.
[19] J. Lacan, “Joyce el síntoma”, Otros escritos, op. cit., p. 596.
[20] J.-A. Miller, El lugar y el lazo, Buenos Aires, Paidós, p. 150.