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lunes, 22 de octubre de 2012

LAS CONDUCTAS DE RIESGO, UN ENIGMA


Playa de Somorrostro (Barcelona), surfistas. Primeras lluvias de otoño. Foto de Margarita Álvarez

“Dentro de veinte años estarás más decepcionado
por las cosas que no hiciste que por las que hiciste.
Así que suelta las cabos de tus velas.
Navega lejos del puerto seguro.
¡Atrapa los vientos favorables!
Explora. Sueña. Descubre”.
Mark Twain


Sopla el viento del deseo en las palabras que encabezan este texto. Mark Twain demostró (1) que hay más posibilidades de que alguien muera en su propia cama a que lo haga mientras se aventura río abajo, lejos de casa. Sin embargo, sabía bien (2) que para que su barco navegara por el Mississippi, el agua del río había de tener por lo menos dos brazas de profundidad. Este ejemplo me sirve ahora para introducir que la aventura del deseo no es ilimitada, tiene sus condiciones y, también, sus riesgos.
En 1964, Lacan situó mediante las operaciones de alienación y separación la constitución del sujeto del deseo. El sujeto, que en la primera operación se aliena al Otro, debe separarse, parirse a sí mismo (3) como sujeto deseante. Esta operación no es sin riesgo: el sujeto –afirma- lucha encarnizadamente para procurarse un estado civil, y lo hace al precio de la pérdida de una parte de sí mismo, o lo que es lo mismo, de su propia división.
Deseo y riesgo mantienen pues una estrecha relación. Este segundo término proviene del italiano risico o rischio que, a su vez, tiene origen en el árabe clásico rizq (“lo que depara la providencia”), y remite a vulnerabilidad, a la posibilidad de que se produzca un daño. Pero “riesgo” y “peligro” no son sinónimos aunque con frecuencia uno y otro se confundan. “Peligro” no remite a la posibilidad de un daño sino a su probabilidad.
Al hilo de esta distinción entre riesgo y peligro, introduciré primero algunas reflexiones sobre el término “conductas de riesgo” a partir del psicoanálisis, para presentar a continuación, a modo de ilustración, algunos elementos de un caso.

Sobre las llamadas conductas de riesgo. Coordenadas
Se conocen con este nombre todas aquellas conductas en las cuales, sin que haya ninguna circunstancia objetiva que lo justifique, un individuo busca repetidamente ponerse en situación de peligro, lo que entraña la probabilidad de un daño o una amenaza para su integridad o su vida.
Si abordamos esta definición con la distinción mencionada entre riesgo y peligro, diremos que, en las llamadas conductas de riesgo, el peligro incrementa el nivel de riesgo que afecta a un individuo, o lo que es lo mismo, su vulnerabilidad. Son, propiamente hablando, conductas peligrosas.
El aumento del nivel de riesgo no es meramente cuantitativo sino, asimismo, cualitativo. Por un lado, el riesgo cambia su estatuto: pasa de ser algo posible a algo probable. Por otro, la posición del sujeto es otra: no se trata tan solo de que sea vulnerable ante algo sino que, además, no se protege y se expone a ello.
No hay duda de que este tipo de conductas ha aumentado de manera vertiginosa en los últimos años, especialmente entre adolescentes y jóvenes, que, sin duda, están como el resto de la población cuando menos suficientemente informados sobre los peligros que corren. Pero el psicoanálisis no se sorprende del fracaso de la educación frente a la pulsión acéfala -la historia de las civilizaciones enseña a su respecto, también suficientemente, a quien quiera saberlo. Lo simbólico nunca logra dominar completamente el real que él mismo produce, hay en juego una imposibilidad estructural.
Sin embargo, el psicoanálisis se interroga sobre dicho aumento. Numerosos trabajos elaborados en el marco de la preparación del último Congreso de la AMP consagrado a este tema (4), o presentados en él, han ayudado a situar cómo el real en juego en cada época se modifica en la medida en que lo hace el propio orden simbólico que lo produce.
Así, decimos que el modo de regularse el conjunto social depende de las condiciones de la figura del Otro dominante en cada época. En la actualidad, esta figura ha cambiado: ha pasado de ser un Otro del que se podía deducir su existencia lógica a tratarse de un Otro del que no se puede deducir dicha existencia. Antes, había la creencia en la existencia de un Otro de excepción que enunciaba la ley y servía de garantía, lo que hacía que el conjunto social se regulara según la lógica del Todo (5). Ahora, ya no hay dicha creencia (6) y el conjunto social se regula por la lógica del no-todo. Esto no quiere decir que no haya Otro, sino que no  se puede construir su existencia, lo que vuelve el conjunto social inconsistente. Tampoco quiere decir que no haya autoridad sino que el declive del ideal vinculado a la existencia del Otro, y del mecanismo represivo que comporta, no permite que ella se sostenga en sí misma como antes, lo que la agujerea y la vuelve, asimismo, inconsistente.
El debilitamiento de la autoridad introduce modificaciones importantes en la regulación del goce, que ahora opera por medio del mandato superyoico, el cual, como Freud señaló, emana de la misma pulsión de muerte (7). Esto hace que en lugar de introducir un defecto de goce introduzca un exceso. Por eso, en comparación con la modalidad de regulación introducida por el ideal, la modalidad actual puede considerarse menos efectiva o más desregulada, e introduce una paradoja: el sujeto parece más libre que nunca de hacer lo que quiera, pero la obediencia a los imperativos de satisfacción contemporáneos (“¡Haz lo que quieras!” “¡No renuncies a nada!”, “¡Tienes que estar siempre bien!”), le deja preso en la red de sus propias exigencias pulsionales.

Una elección, una solución
La proliferación actual de las llamadas “conductas de riesgo” se debe a que son solidarias del discurso actual y de su régimen de satisfacción mortífera e ilimitada.
No encontramos en ellas el riesgo del deseo que planteamos al principio, y que sitúa al sujeto del lado de la vida; se trata más bien del peligro que introduce la relación del sujeto con la pulsión mortífera, cuando, el deseo, o la castración, no viene a limitar el empuje a la satisfacción. De ahí, que estas conductas sean altamente adictivas.
En 1962, Lacan señalaba que “es preciso que el goce sea rechazado para que sea alcanzado en la escala invertida de la Ley del deseo” (8). El deseo separa al sujeto del goce mortífero, poniendo un límite a este último. No elimina el goce pero lo limita de modo que devenga vivible para el sujeto.
Pero la relación del sujeto con la pulsión y el deseo no es simple, sino compleja. Hay tantas modalidades como sujetos. Freud ya señaló que las pulsiones de vida y las pulsiones de muerte están inextricablemente unidas (9). Si bien podemos decir, como aisló Lacan en el texto freudiano (10), que toda pulsión es pulsión de muerte, también podemos decir que, como encontramos en este mismo texto, las pulsiones de muerte pueden  estar al servicio de las pulsiones de vida.
Así, convertirse en madre adolescente puede dar a un sujeto una identificación que le sirva de anclaje en la vida. Otro sujeto puede poner en riesgo la suya para separarse del Otro y crear así el margen que necesita para vivir. Otro distinto puede ponerse en peligro para provocar el surgimiento de un Otro que venga a poner un límite que le sirva de protección. Y otro más puede drogarse hasta matarse para evitar algo que experimenta como un peligro mayor, como es el enloquecimiento; es decir, puede ponerse en peligro con el fin de evitar el peligro mayor que sería la muerte subjetiva -no desde un punto de vista objetivo, sino desde el punto de vista del sujeto, que es el que interesa al psicoanálisis.
Estos breves ejemplos, elegidos entre otros muchos posibles, evidencian la complejidad implícita en lo que se han dado en denominar “conductas de riesgo”, la cual no se deja reducir a un análisis objetivo o cuantitativo e implica siempre una elección del sujeto. Una elección que implica una solución. El psicoanálisis trata de localizar en qué se orienta el sujeto para hacerla. Algunos elementos de un caso pueden ayudar a ilustrarlo.
(...)

Para concluir
El término “conductas de riesgo” no pertenece al campo del psicoanálisis, que no lee la conducta como un dato evidente o un producto del aprendizaje, sino como un enigma a descifrar. La respuesta al enigma es siempre singular, y no sirve para todos los casos.
El psicoanálisis no se orienta pues en la conducta sino en la palabra del analizante, en las vueltas de sus dichos, de los que es posible extraer un decir que da cuenta de la relación del sujeto con la pulsión. Esta relación no responde a ningún ideal de normalidad, de adecuación o de adaptación. El psicoanálisis sabe que la pulsión no es educable lo que hace fracasar cualquier programa de prevención o de educación sanitaria.
En este sentido, el mismo psicoanálisis es como señaló Freud un oficio imposible, en tanto no consigue curar a nadie de la pulsión. Pero si bien la pulsión en sí misma no es ni eliminable ni rectificable, el sujeto puede a través de un psicoanálisis modificar su relación con ella, y eso es lo que, cuando sucede, hace existir el psicoanálisis.
(*) Extracto del texto “Las conductas de riesgo, un enigma”, publicado en VVAA: Sin límites: Conductas de riesgo. Caracas: Pomaire, 2012.


Notas:
1. Mark Twain lo explica en el cuento “El peligro de quedarse en cama”.
2. El nombre real de Mark Twain era Samuel Langhorne Clemens. El pseudónimo Mark Twain significa “marca dos” (brazas de profundidad). Eran las palabras que gritaban los pilotos de los barcos de vapor para indicar que el río tenía la profundidad para poder navegar. Se dice que él recibió el apodo porque desempeñaba dicha tarea en el vapor que trabajaba.
3. Juego entre los términos latinos “separare”, “separarse”, y “se parere”, “parirse a sí mismo”. Ver Jacques Lacan: El Seminario, libro XI: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós, 1993, p. 221.
4. El título y el tema del VIII Congreso de la AMP celebrado en Buenos Aires en abril de 2012 fue: El orden simbólico en el siglo XXI. Ya no es lo que era. ¿Qué consecuencias para la cura?
5. Margarita Álvarez: “Jacques Lacan, Dios y el goce femenino”. En: Revista El Psicoanálisis 7. Madrid: Escuela Lacaniana de Psicoanálisis del Campo Freudiano (ELP), 2004.
6. Margarita Álvarez: “Una reinvención singular del psicoanálisis”. En: Revista Freudiana 64. Barcelona: Comunitat de Catalunya de la ELP, 2012.
El texto se puede consultar en este blog siguiendo este enlace: http://www.elblogdemargaritaalvarez.com/2011/05/una-reinvencion-singular-del.html
7. Sigmund Freud: “El yo y el ello”. En: Obras Completas, vol. XIX. Buenos Aires: Amorrotu Editores, 1984, cap. V.
8. Jacques Lacan: “Subversión del deseo y dialéctica del deseo  en el inconsciente freudiano” (1960-1962). En: Escritos, t. II. México: Siglo XXI Editores, 1984, p. 807.
9. Sigmund Freud: “Más allá del principio del placer” (1920). En: Obras Completas, vol. XVIII. Buenos Aires: Paidós, 1984.
 10. Jacques Lacan: El Seminario, libro VII: La ética del psicoanálisis (1959-1960). Buenos Aires: Paidós, 1988.



martes, 4 de octubre de 2011

¿LIBERTAD DE EXPRESION, LIBERTAD DE PENSAMIENTO?


Tin toy. Arrastre de Rico, años 30. Foto M. Álvarez
“Se confunde a la gente ofreciéndole libertad de expresión al tiempo que se le escamotea la libertad de pensamiento”.
José Luis Sampedro

Me gusta esta cita de Sampedro porque de manera breve y sencilla diferencia algo que con frecuencia se confunde. El hecho de que actualmente haya un empuje a decir de inmediato, y en cualquier lado, todo aquello que a uno se le pasa por la cabeza no se puede confundir con la llamada “libertad de expresión”, es decir, con aquello por lo que muchas generaciones, siglos enteros, lucharon y pagaron un alto precio. Aunque afortunadamente en ese sentido, los tiempos sean más tranquilos, la libertad no ha dejado por ello de ser una elección y, en tanto tal, implica una pérdida o un precio a pagar. No hay libertad sin responsabilidad, como tampoco se puede hablar de responsabilidad si uno no es libre de elegir.
Sin embargo, cuando se apela hoy a la libertad de expresión, con frecuencia se habla de una elección que no se hace cargo de las consecuencias. Esto no solo es irresponsable sino que, incluso, podemos dudar razonablemente de si, en ese caso, podemos hablar de libertad.
¿No se trataría allí más bien de un imperativo superyoico  que, en nombre de lo que no es sino falsa modernez, empuja a decir lo que se nos pasa por la cabeza sin pensar en las consecuencias, como si hacer desaparecer las barreras  del respeto y el pudor nos hiciera más libres y no simplemente más imprudentes o, a veces, más insensatos?
Mientras más ruido hacemos tratando de hablar de todo y de decirlo todo, menos pensamos. Del mismo modo, buscando continuamente consumir nuevas excitaciones que vienen paradójicamente a sustituir en nuestra época la posibilidad de hacer una experiencia, cada vez dejamos menos espacio al vacío, condición sine qua non del pensamiento. Y, por tanto, cada vez reflexionamos y debatimos menos. Cada vez, también, somos menos conscientes de lo que nos perdemos con ello.
Claro que la época no ayuda. Y no me refiero a esta época de cambio más reciente que llamamos crisis. Hace ya un par de décadas, al menos, que la vida empezó a ir demasiado deprisa para todos. Desde los años noventa vivimos en una aceleración creciente como si no hubiera futuro, como si tuviéramos que hacerlo todo de inmediato, como si no pudiéramos esperar, como si no tener lo que se quiere en el acto fuera un signo de enfermedad o, lo que se considera  peor, de fracaso social.
Tenemos que tener todo lo que queremos y tenemos que estar siempre bien. Y eso no hay cuerpo ni vida que lo aguante. No tendríamos que sorprendernos tanto de cómo funcionan muchos adolescentes y jóvenes porque los hemos educado nosotros. Y resulta difícil pedirles que aprendan a soportar la angustia de la vida sin beber compulsivamente hasta caer al suelo sin sentido cuando, de más en más, los adultos queremos eludir las dificultades y sinsabores de nuestra vida psicomedicándonos a todas horas.
¿Pero quién nos dice que tenemos que vivir así? Los enunciados actuales no toman por lo general la forma de la prohibición, bastante impopular desde hace tiempo; estos enunciados difusos, que se han extendido como una mancha de aceite sobre todas las capas y grupos sociales, no tienen un lugar de enunciación como antes único y localizable lo que facilitaba tomar posición y, por tanto, llegado el caso construir una oposición. Y estos enunciados por lo general no dicen tanto cómo no hay que ser, sino cómo hay que ser. Nos ordenan entre otras muchas cosas que seamos enrollados, que ni molestemos ni nos sintamos molestos, que no incordiemos... para poder -es lo fundamental-, estar siempre bien disponibles y bien dispuestos a producir y a consumir.
Consecuentemente cada vez somos más homogéneos, lo que no deja de ser una paradoja en una época que tiene como bandera la libertad, como también lo es que, a pesar de que nunca se había hablado tanto, de todo, en todo momento y en todas partes, cada vez debatimos menos y, cada vez también más, nos cuesta tomar la palabra para hablar en nombre propio, para decir algo nuestro que no sean esos enunciados alienantes, repetidos hasta la saciedad por los medios, que han dado en llamarse lo políticamente correcto.
¿No será que vivimos en un bluff? ¿No será que ni somos tan libres, ni nos lo pasamos tan bien, ni disfrutamos tanto con esa vida acelerada y consumista que llevamos? Si esto fuera así, podría pensarse que quizás entonces, mira por dónde, la dureza de la crisis actual y de los tiempos que según parece nos esperan puedan ser una ocasión al menos para pensar en ello.
Me gusta el estilo de Sampedro de decir las cosas porque no se dedica a denunciar lo que todos ya sabemos sino a señalar, a poner de relieve, pequeñas ideas que en realidad son grandes pensamientos. Se sale de la "histeria" de la denuncia que reina en la actualidad y nos invita a pensar. ¡Qué mayor regalo en estos tiempos de crisis, donde todos somos tratados como cifras, como objetos consumibles y desechables, que alguien nos diga que podemos ser sujetos de un pensamiento!
La cita de Sampedro ayuda a pensar, lo que ya es producir un efecto, mientras que la simple denuncia, por muy verdadera o motivada que sea, cuando no se acompaña de propuestas, nos deja cada vez más en la furia estéril y en la impotencia.
Y yo, particularmente, estoy un poco cansada de estos discursos. Sabemos que las cosas está fatal, ¿pero qué podemos hacer con eso? ¿Limitarnos a denunciar? Cómo salir de una situación tan complicada, tan compleja, sin arriesgarnos a inventar. Aproximemos lo imposible, no para negarlo ni para rendirnos delante suyo sino para darnos la posibilidad, que nadie más nos dará, de hacer nuestras vidas más vivibles. Si no lo intentamos, ya sabemos que el lugar que tenemos reservado es el lugar de la impotencia, donde hace tiempo por otro lado que ya estamos. Y no hay nada mejor para lograr perder el gusto de la vida que  malacomodarse sin decir ni hacer nada a toda su inercia.