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lunes, 22 de octubre de 2012

LAS CONDUCTAS DE RIESGO, UN ENIGMA


Playa de Somorrostro (Barcelona), surfistas. Primeras lluvias de otoño. Foto de Margarita Álvarez

“Dentro de veinte años estarás más decepcionado
por las cosas que no hiciste que por las que hiciste.
Así que suelta las cabos de tus velas.
Navega lejos del puerto seguro.
¡Atrapa los vientos favorables!
Explora. Sueña. Descubre”.
Mark Twain


Sopla el viento del deseo en las palabras que encabezan este texto. Mark Twain demostró (1) que hay más posibilidades de que alguien muera en su propia cama a que lo haga mientras se aventura río abajo, lejos de casa. Sin embargo, sabía bien (2) que para que su barco navegara por el Mississippi, el agua del río había de tener por lo menos dos brazas de profundidad. Este ejemplo me sirve ahora para introducir que la aventura del deseo no es ilimitada, tiene sus condiciones y, también, sus riesgos.
En 1964, Lacan situó mediante las operaciones de alienación y separación la constitución del sujeto del deseo. El sujeto, que en la primera operación se aliena al Otro, debe separarse, parirse a sí mismo (3) como sujeto deseante. Esta operación no es sin riesgo: el sujeto –afirma- lucha encarnizadamente para procurarse un estado civil, y lo hace al precio de la pérdida de una parte de sí mismo, o lo que es lo mismo, de su propia división.
Deseo y riesgo mantienen pues una estrecha relación. Este segundo término proviene del italiano risico o rischio que, a su vez, tiene origen en el árabe clásico rizq (“lo que depara la providencia”), y remite a vulnerabilidad, a la posibilidad de que se produzca un daño. Pero “riesgo” y “peligro” no son sinónimos aunque con frecuencia uno y otro se confundan. “Peligro” no remite a la posibilidad de un daño sino a su probabilidad.
Al hilo de esta distinción entre riesgo y peligro, introduciré primero algunas reflexiones sobre el término “conductas de riesgo” a partir del psicoanálisis, para presentar a continuación, a modo de ilustración, algunos elementos de un caso.

Sobre las llamadas conductas de riesgo. Coordenadas
Se conocen con este nombre todas aquellas conductas en las cuales, sin que haya ninguna circunstancia objetiva que lo justifique, un individuo busca repetidamente ponerse en situación de peligro, lo que entraña la probabilidad de un daño o una amenaza para su integridad o su vida.
Si abordamos esta definición con la distinción mencionada entre riesgo y peligro, diremos que, en las llamadas conductas de riesgo, el peligro incrementa el nivel de riesgo que afecta a un individuo, o lo que es lo mismo, su vulnerabilidad. Son, propiamente hablando, conductas peligrosas.
El aumento del nivel de riesgo no es meramente cuantitativo sino, asimismo, cualitativo. Por un lado, el riesgo cambia su estatuto: pasa de ser algo posible a algo probable. Por otro, la posición del sujeto es otra: no se trata tan solo de que sea vulnerable ante algo sino que, además, no se protege y se expone a ello.
No hay duda de que este tipo de conductas ha aumentado de manera vertiginosa en los últimos años, especialmente entre adolescentes y jóvenes, que, sin duda, están como el resto de la población cuando menos suficientemente informados sobre los peligros que corren. Pero el psicoanálisis no se sorprende del fracaso de la educación frente a la pulsión acéfala -la historia de las civilizaciones enseña a su respecto, también suficientemente, a quien quiera saberlo. Lo simbólico nunca logra dominar completamente el real que él mismo produce, hay en juego una imposibilidad estructural.
Sin embargo, el psicoanálisis se interroga sobre dicho aumento. Numerosos trabajos elaborados en el marco de la preparación del último Congreso de la AMP consagrado a este tema (4), o presentados en él, han ayudado a situar cómo el real en juego en cada época se modifica en la medida en que lo hace el propio orden simbólico que lo produce.
Así, decimos que el modo de regularse el conjunto social depende de las condiciones de la figura del Otro dominante en cada época. En la actualidad, esta figura ha cambiado: ha pasado de ser un Otro del que se podía deducir su existencia lógica a tratarse de un Otro del que no se puede deducir dicha existencia. Antes, había la creencia en la existencia de un Otro de excepción que enunciaba la ley y servía de garantía, lo que hacía que el conjunto social se regulara según la lógica del Todo (5). Ahora, ya no hay dicha creencia (6) y el conjunto social se regula por la lógica del no-todo. Esto no quiere decir que no haya Otro, sino que no  se puede construir su existencia, lo que vuelve el conjunto social inconsistente. Tampoco quiere decir que no haya autoridad sino que el declive del ideal vinculado a la existencia del Otro, y del mecanismo represivo que comporta, no permite que ella se sostenga en sí misma como antes, lo que la agujerea y la vuelve, asimismo, inconsistente.
El debilitamiento de la autoridad introduce modificaciones importantes en la regulación del goce, que ahora opera por medio del mandato superyoico, el cual, como Freud señaló, emana de la misma pulsión de muerte (7). Esto hace que en lugar de introducir un defecto de goce introduzca un exceso. Por eso, en comparación con la modalidad de regulación introducida por el ideal, la modalidad actual puede considerarse menos efectiva o más desregulada, e introduce una paradoja: el sujeto parece más libre que nunca de hacer lo que quiera, pero la obediencia a los imperativos de satisfacción contemporáneos (“¡Haz lo que quieras!” “¡No renuncies a nada!”, “¡Tienes que estar siempre bien!”), le deja preso en la red de sus propias exigencias pulsionales.

Una elección, una solución
La proliferación actual de las llamadas “conductas de riesgo” se debe a que son solidarias del discurso actual y de su régimen de satisfacción mortífera e ilimitada.
No encontramos en ellas el riesgo del deseo que planteamos al principio, y que sitúa al sujeto del lado de la vida; se trata más bien del peligro que introduce la relación del sujeto con la pulsión mortífera, cuando, el deseo, o la castración, no viene a limitar el empuje a la satisfacción. De ahí, que estas conductas sean altamente adictivas.
En 1962, Lacan señalaba que “es preciso que el goce sea rechazado para que sea alcanzado en la escala invertida de la Ley del deseo” (8). El deseo separa al sujeto del goce mortífero, poniendo un límite a este último. No elimina el goce pero lo limita de modo que devenga vivible para el sujeto.
Pero la relación del sujeto con la pulsión y el deseo no es simple, sino compleja. Hay tantas modalidades como sujetos. Freud ya señaló que las pulsiones de vida y las pulsiones de muerte están inextricablemente unidas (9). Si bien podemos decir, como aisló Lacan en el texto freudiano (10), que toda pulsión es pulsión de muerte, también podemos decir que, como encontramos en este mismo texto, las pulsiones de muerte pueden  estar al servicio de las pulsiones de vida.
Así, convertirse en madre adolescente puede dar a un sujeto una identificación que le sirva de anclaje en la vida. Otro sujeto puede poner en riesgo la suya para separarse del Otro y crear así el margen que necesita para vivir. Otro distinto puede ponerse en peligro para provocar el surgimiento de un Otro que venga a poner un límite que le sirva de protección. Y otro más puede drogarse hasta matarse para evitar algo que experimenta como un peligro mayor, como es el enloquecimiento; es decir, puede ponerse en peligro con el fin de evitar el peligro mayor que sería la muerte subjetiva -no desde un punto de vista objetivo, sino desde el punto de vista del sujeto, que es el que interesa al psicoanálisis.
Estos breves ejemplos, elegidos entre otros muchos posibles, evidencian la complejidad implícita en lo que se han dado en denominar “conductas de riesgo”, la cual no se deja reducir a un análisis objetivo o cuantitativo e implica siempre una elección del sujeto. Una elección que implica una solución. El psicoanálisis trata de localizar en qué se orienta el sujeto para hacerla. Algunos elementos de un caso pueden ayudar a ilustrarlo.
(...)

Para concluir
El término “conductas de riesgo” no pertenece al campo del psicoanálisis, que no lee la conducta como un dato evidente o un producto del aprendizaje, sino como un enigma a descifrar. La respuesta al enigma es siempre singular, y no sirve para todos los casos.
El psicoanálisis no se orienta pues en la conducta sino en la palabra del analizante, en las vueltas de sus dichos, de los que es posible extraer un decir que da cuenta de la relación del sujeto con la pulsión. Esta relación no responde a ningún ideal de normalidad, de adecuación o de adaptación. El psicoanálisis sabe que la pulsión no es educable lo que hace fracasar cualquier programa de prevención o de educación sanitaria.
En este sentido, el mismo psicoanálisis es como señaló Freud un oficio imposible, en tanto no consigue curar a nadie de la pulsión. Pero si bien la pulsión en sí misma no es ni eliminable ni rectificable, el sujeto puede a través de un psicoanálisis modificar su relación con ella, y eso es lo que, cuando sucede, hace existir el psicoanálisis.
(*) Extracto del texto “Las conductas de riesgo, un enigma”, publicado en VVAA: Sin límites: Conductas de riesgo. Caracas: Pomaire, 2012.


Notas:
1. Mark Twain lo explica en el cuento “El peligro de quedarse en cama”.
2. El nombre real de Mark Twain era Samuel Langhorne Clemens. El pseudónimo Mark Twain significa “marca dos” (brazas de profundidad). Eran las palabras que gritaban los pilotos de los barcos de vapor para indicar que el río tenía la profundidad para poder navegar. Se dice que él recibió el apodo porque desempeñaba dicha tarea en el vapor que trabajaba.
3. Juego entre los términos latinos “separare”, “separarse”, y “se parere”, “parirse a sí mismo”. Ver Jacques Lacan: El Seminario, libro XI: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós, 1993, p. 221.
4. El título y el tema del VIII Congreso de la AMP celebrado en Buenos Aires en abril de 2012 fue: El orden simbólico en el siglo XXI. Ya no es lo que era. ¿Qué consecuencias para la cura?
5. Margarita Álvarez: “Jacques Lacan, Dios y el goce femenino”. En: Revista El Psicoanálisis 7. Madrid: Escuela Lacaniana de Psicoanálisis del Campo Freudiano (ELP), 2004.
6. Margarita Álvarez: “Una reinvención singular del psicoanálisis”. En: Revista Freudiana 64. Barcelona: Comunitat de Catalunya de la ELP, 2012.
El texto se puede consultar en este blog siguiendo este enlace: http://www.elblogdemargaritaalvarez.com/2011/05/una-reinvencion-singular-del.html
7. Sigmund Freud: “El yo y el ello”. En: Obras Completas, vol. XIX. Buenos Aires: Amorrotu Editores, 1984, cap. V.
8. Jacques Lacan: “Subversión del deseo y dialéctica del deseo  en el inconsciente freudiano” (1960-1962). En: Escritos, t. II. México: Siglo XXI Editores, 1984, p. 807.
9. Sigmund Freud: “Más allá del principio del placer” (1920). En: Obras Completas, vol. XVIII. Buenos Aires: Paidós, 1984.
 10. Jacques Lacan: El Seminario, libro VII: La ética del psicoanálisis (1959-1960). Buenos Aires: Paidós, 1988.



domingo, 22 de noviembre de 2009

PSICOANALISIS Y EMIGRACION: EL DUELO MIGRATORIO


Según el diccionario, un inmigrante es aquel que llega a un país para establecerse en él estando domiciliado hasta entonces en otro. Grinberg y Grinberg explican esta definición a mínima que aparece en los tratados y usan las distintas Administraciones y Organismos oficiales, diciendo: “La migración propiamente dicha es aquella en la cual se produce el traslado de un país a otro, o de una región suficientemente distinta o distante, por un tiempo suficientemente prolongado como para que implique ‘vivir’ en otro país y desarrollar en él las actividades de la vida cotidiana”(1).
El título de esta presentación,* “Una nueva vida”, toma un sintagma que se utiliza frecuentemente en relación al cambio de vida que implica la migración, de tal manera que algunos autores la incluyen en la definición misma de inmigrante: “Alguien que abandonaría el lugar en el que vive para buscar una nueva vida en otro”(2). Sin embargo, esta presentación no puede tomar este sintagma sino para interrogarlo. La idea de “una nueva vida”, por lo demás, con claras resonancias religiosas, supera cualquier referencia a un nuevo medio o manera de vivir así como a los distintos cambios que se producen a lo largo de un proceso migratorio y, podemos decir, sugiere la fantasía de la migración como ruptura total, como un renacer, un empezar enteramente de nuevo, tal como aparece a veces en los dichos de las personas que viven este proceso.
La migración como coyuntura vital que implica un gran número de cambios -todo lo que rodea al individuo se modifica: familia, lengua (o la manera de habitar una misma lengua), relaciones sociales, cultura, paisaje, situación social, etc.- es fuente de riesgos y pérdidas pero también de expectativas, por ejemplo la de un corte total con el pasado, como si las marcas de la propia historia pudieran borrarse. El encuentro con la imposibilidad de que esto ocurra, es decir, el encuentro con la repetición sintomática, puede hacer sin embargo que se abra una pregunta y la persona se dirija a un psicoanalista en busca de ayuda.
Es lo que ocurrió en algunos de los casos que he atendido. Se trataba de adultos jóvenes, entre 22 y 30 años, que habían dejado sus respectivos países en busca de mejores condiciones de vida. Ninguno de ellos acudió por problemas específicos de la inmigración sino por un conflicto, podemos decir un síntoma, que habían creído dejar atrás al partir. 
Me propongo reflexionar aquí sobre las expectativas y el duelo en el proceso migratorio, a partir de mi experiencia clínica. Para ello, dejaré de lado la migración como fenómeno social, político o histórico observable, analizable y me referiré fundamentalmente a ella como acontecimiento vital, subjetivo. La decisión de migrar puede venir dada por una crisis colectiva pero también por una crisis personal, de hecho, puede estar determinada por ambas. Por ello, cuando hacemos un abordaje clínico hay que situar, más allá de las coordenadas sociales, políticas o económicas, las coordenadas particulares de cada migración, sus antecedentes y sus consecuencias subjetivas.
Dejar lo conocido y afrontar lo que no se conoce depende de recursos subjetivos como la capacidad de soportar la soledad, el manejo de la separación o la posibilidad de hacer frente a la pérdida, de aceptar su realidad y crear nuevos intereses y vínculos. La buena resolución de un proceso migratorio depende, en gran medida, de tales recursos.
A partir de los trabajos de Sigmund Freud sobre la angustia de separación del niño pequeño (3), algunos psicoanalistas hicieron distintas elaboraciones sobre la importancia de la separación con la madre en la organización misma del psiquismo: tenemos primero los trabajos de Melanie Klein (4), y más tarde, en torno a los años sesenta, los de René Spitz (5), Donald Winnicott (6)y John Bolwby (7). Pero, en 1964, Jacques Lacan volvió todas ellas caducas al formalizar la separación de una manera radicalmente original, por fuera de cualquier perspectiva del desarrollo, objetal o intersubjetiva, como formando parte de dos operaciones lógicas entre el sujeto y el Otro: la alienación y la separación (8). Para resumirlas muy brevemente, diré que la primera operación, la alienación, supone consentir, aceptar ser representado, inscribirse en el discurso del Otro (el Otro familiar, el lenguaje, la cultura...), al precio siempre de una cierta pérdida del ser original o primero; y la segunda operación, la separación, implica reconocer un deseo en el discurso del Otro, es decir, reconocer al Otro como un sujeto deseante o, lo que es lo mismo, con una falta. Ante el enigma que representa este deseo, el sujeto puede ofrecerse a colmarlo, es decir, a ser aquel objeto que falta al Otro. Pero al no lograrlo porque dicha falta es estructural, el sujeto puede separarse de él, creándose así el margen de la subjetividad, es decir, la distancia propia necesaria respecto al Otro para constituirse él mismo como un sujeto con un deseo propio.
La constitución subjetiva es simultánea de la producción, del desprendimiento del objeto que uno fue para el Otro y guarda sus marcas, que señalan para el sujeto las coordenadas de su satisfacción, del encuentro con su goce. Y, sin saberlo, estas marcas condicionan su relación con los otros a través del fantasma, que vela la relación que cada sujeto tiene con este objeto. Esta doble operación es estructural y el hecho de que se haya llevado a cabo o no condiciona la diferencia diagnóstica entre neurosis y psicosis.
Podemos ilustrarlo con el caso de K. quien abandonó familia y país, en una situación de total precariedad, en el momento que ambos tomaron, para él, el rostro de un Otro perseguidor al que su pensamiento no podía poner límite, y llamó al cabo de un tiempo pidiendo ayuda al respecto. El trabajo que realizó allí le permitió construir un margen habitable, que hizo posible una estabilización de su psicosis
O, asimismo, podemos verlo en el caso de R., quien no delira, pero escapó de un padre que supuestamente la adora, y respecto al que no quiere saber que, bajo el velo de la superprotección, la maltrata. Aunque había podido poner cierto límite a los excesos “amorosos” de su padre, desconocía que, para ella, la búsqueda del amor seguía en la vida la vía de un “no ser bien tratada”, es decir, de mantenerse en la posición de objeto del “mal trato” del Otro. El encuentro con una repetición que podríamos definir como “un hombre que me adora de repente me maltrata” la trajo a la consulta, donde inició un trabajo que le permitió empezar a modificar su relación con dicha marca.
Para estos, y otros jóvenes, la migración coincidió con la salida del hogar familiar y esta circunstancia, el “tener que irse” había solapado la dificultad de separarse, que irrumpió más tarde, para cada uno de ellos, de manera sintomática.
En la migración, entonces, hay cosas que no son nuevas, que no se dejan atrás simplemente por el hecho de partir: en principio, el sujeto va a todas partes con las marcas que le son propias, es decir, con una determinada relación con el goce que afecta al sentido mismo que tiene de su realidad, sea delirante o fantasmática. Sin embargo, la migración constituye una de las experiencias vitales que moviliza más cambios.
La elaboración de la migración exige en primer lugar una reconfiguración del Otro que se deja y una reacomodación de la relación con él, que puede resultar afectada por la significación que el Otro, o el mismo sujeto, dé a su partida: por ejemplo, si se valora como una valentía o, por el contrario, como una cobardía o traición. El sujeto puede sentirse culpable, por ejemplo, de dejar a unos padres mayores o enfermos, o de marchar contra su voluntad y decepcionarles. Es el caso de S. quien se fue de su país, en contra de la voluntad de sus padres y sintiendo una fuerte culpa, para vivir con un hombre de otra religión. Un tiempo después, en una boda según el rito de la religión familiar, le asalta de repente la idea de que ella nunca tendrá una boda así, como sus padres querrían para ella. En ese momento, su posición de “hija perfecta”, de tapón de la falta del Otro se tambalea, y al perder la estabilidad que esto le daba, llama al centro pidiendo ayuda.
La familia puede vivir en algunos casos la partida como un abandono insoportable o, por el contrario, esta última puede dar lugar a un aumento de las expectativas en el hijo como aquél que lleva a acabo lo que ellos ya no pueden hacer o no se atreven. También puede sentirse culpable de que el hijo se haya ido, como es el caso del padre R., a la que me he referido más arriba, que pregunta cada semana a su hija qué es lo que ha hecho mal para que ella quiera vivir tan lejos suyo.
En algunos casos, los padres pueden aceptar la partida de sus hijos porque entienden que han de labrarse un porvenir, pero pueden vivir mal una pérdida con la que no contaban, la de sus nietos, que crecerán lejos de ellos.
El sujeto ha de elaborar la pérdida, el conjunto de pérdidas, que implica la migración, el hecho de que el lugar que tenía respecto al Otro y el que tendrá en adelante no es el mismo: no forma parte de su vida del mismo modo, no comparte ya las mismas cosas, pasa a ser “uno que está lejos, que vive fuera”. Aunque en algunos casos, esto refuerza de algún modo el vínculo: por ejemplo, la distancia puede predisponer a la confidencia. Es el caso de T. quien, desde que ha llegado a Barcelona, se comunica cada día con su madre, cosa que antes no hacía. Actualmente la globalización ayuda a que pueda haber un contacto cotidiano con el país de origen gracias al teléfono, la prensa, internet, la televisión vía satélite...
Frecuentemente los que se quedan tienden a pensar que solo han cambiado los que se han ido, que ahora conocen otras cosas, tienen otros gustos o hablan de otra manera... Incluso estos últimos tienen a menudo la ilusión de que los primeros (familia, antiguo novio, amigos, ciudad, país...) permanecen tal como los recuerdan, hasta que un día se dan cuenta de que tampoco son ya los mismos. En ese momento, a veces varios años después de haberse ido, puede irrumpir el sentimiento de pérdida o el deseo de regresar para evitarla. Por otro lado, el hecho de que cada reencuentro o contacto remueva este sentimiento puede dificultar su elaboración.
La migración implica asimismo elaborar las coordenadas del Otro social del país de llegada, encontrar la manera de inscribirse, de hacerse un lugar dentro de ellas. El sujeto puede consentir o no a esta nueva operación de alineación, es decir, puede querer incluirse en este nuevo Otro o no. También se puede movilizar una pregunta acerca de qué es uno para este Otro, qué objeto representa para él, qué lugar le da, cómo lo ve, qué espera de él... como paso previo a la operación de separarse de él, que puede ser exitosa o no.
En 1915, Freud definió el duelo como “una reacción normal frente a la pérdida de una persona amada o una abstracción que haga sus veces, es decir, que tenga un gran valor para el sujeto, como la patria, la libertad o un ideal”(9). El trabajo del duelo requiere, dijo, retirar la libido de todas y cada una de las representaciones del objeto perdido, de todos y cada uno de los recuerdos y expectativas asociadas a él hasta, podemos decir, simbolizar la falta que presentifica su pérdida.
Algunos autores hablan de “duelo migratorio” para referirse a la elaboración de la pérdida vinculada a la migración y lo diferencian del duelo normal, cuyo paradigma consideran quedó establecido por Freud en el texto citado con la muerte de la persona amada (10). Creen que, al no dejar de existir, por lo general, el objeto y poderse mantener algún tipo de contacto con él, el duelo migratorio estaría más del lado de la separación que de la pérdida. Sin embargo, como hemos visto, la separación respecto al objeto implica en el fondo una separación de uno mismo y, en este sentido, pone en juego siempre la pérdida de algo propio ¾del objeto que uno fue para el Otro, del objeto que el otro representa para uno. Sea total o no, esta pérdida toca siempre el vínculo mismo, el punzón, que en el fantasma de cada cual une al sujeto con el objeto. Esto conlleva una alteración de la homeostasis que afecta al sentido mismo de la realidad del sujeto que, por ello, puede devenir pesada y provocarle una sensación de tristeza, oscuridad y abatimiento.
Sin embargo, ese estado doloso no responde tanto a una pérdida libidinal, tal como planteó Freud, en el contexto de su segunda teoría pulsional, sino a un exceso, una presencia de goce que viene a ocupar el lugar del agujero que deja la pérdida. Esta densidad de goce debe decaparse, reducirse, vaciarse. El trabajo de significantización del duelo permite al sujeto, según articula con precisión Pierre-Gilles Guéguen, retocar, recomponer, reconstruir el vínculo, el punzón del fantasma, aparejarse de nuevo con un objeto(11).
No hay duda de que cuantas más pérdidas hay en juego el duelo resulta más complejo o más masivo. Pero considero que hablar de “duelo migratorio” solo responde a la tendencia, la exigencia, contemporánea, que tal como encontramos en los manuales de psicodiagnóstico al uso también apremia a la psiquiatría y la psicología, de etiquetarlo todo, en nombre de cierto cientificismo, para tener la ilusión de que no se nos escapa nada. La necesidad de elaborar el duelo por las pérdidas que implica cualquier migración es efectivamente universal, afecta a todos los sujetos que inician un proceso migratorio, pero las características de esa elaboración mostrará particularidades que dependen de la complejidad del proceso en cada caso, de la manera que se expresa el duelo en que cada cultura y, fundamentalmente, de la relación con la pérdida que tiene cada sujeto. Y, sin duda alguna, la existencia de duelos previos mal elaborados pueden dificultar o impedir su elaboración.
Para concluir, solo señalar que esta necesidad de elaboración respecto a la migración no afecta solo a la persona que migra o a la sociedad de origen que experimenta su pérdida y que, en el caso de la migración de los jóvenes, puede significar quedarse sin la generación de reemplazo. También afecta a la sociedad de acogida, que ha de hacer frente no solo a los beneficios que proporciona la migración sino también a ciertos cambios y, por tanto, a algunas pérdidas.
(*) Texto presentado  el 20 de octubre de 2006 en la II Jornada del CPCT de Barcelona: "La clínica del cpct. Globalización i modalidades del vínculo social: efectos subjetivos. Migración y vinculo social. Precariedad, aislamiento, exclusión". Fue publicado originalmente impreso con el título: "¿Una nueva vida? Expectativas y duelo en el proceso migratorio", revista Freudiana nº 49, Barcelona, ELP-Comunitat de Catalunya, 2007.

Notas:
1. L. Grinberg y R. Grinberg, Migración y exilio, Madrid, Biblioteca Nueva, 1996, p. 30.
2. A. Qureshi y F. Collazos, “El modelo americano de competencia cultural psicoterapéutica y su aplicabilidad en nuestro medio”, en Papeles del psicólogo nº 1, vol. 27, Madrid, enero de 2006.
3. Ver S. Freud, “Tres ensayos sobre teoría sexual” (1905), “Más allá del principio del placer” (1920) e “Inhibición, síntoma y angustia” (1925-1926), en Obras Completas, Buenos Aires, Amorrortu, 1983.
4. Se puede consultar M. Klein, “Una contribución a la psicogénesis de los estados depresivos” (1934), “El duelo y su relación con los estados maníaco-depresivos” (1940) y “Sobre el sentimiento de soledad” (1963), en sus Obras Completas editadas por Paidós.
5. Ver los textos de R. Spitz, No y sí. Sobre la génesis de la comunicación humana (1956) y Primer año de la vida del niño (1965).
6. D. Winnicott, “La capacidad de estar a solas” (1958), en El proceso de maduración en el niño. Estudios para una teoría del desarrollo emocional, Barcelona, Laia, 1979.
7. Ver el artículo de J. Bowlby, “Grief and mourning in infancy and early childhood”, en Psychoanalitic Study of the Child 15, New York, 1960, así como su trilogía Vínculo y pérdida editada por Paidós.
8. J. Lacan, El Seminario, libro XI: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (1964), Buenos Aires, Paidós, 1987.
9. S. Freud, “Duelo y melancolía” (1917 [1915]), en Obras Completas, op. cit., vol. XIV, pp. 241-243.
10. J. Achotegui, La depresión en los inmigrantes: una perspectiva transcultural, Barcelona, editorial Mayo, 2002.
11. P.-G. Guéguen, “Duelo”, en Scilicet de los Nombres del Padre. Documento de trabajo preparatorio del V Congreso de la AMP, 2005.