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lunes, 13 de noviembre de 2017

DIEZ PUNTOS SOBRE LOS NACIONALISMOS

“Son sólo palabras, ruidos momentáneos en el aire”( Fernando Aramburu, Patria). Foto de Emilio Faire.



Se define   por nacionalismo cualquier doctrina, movimiento o filosofía que atribuye entidad propia, diferenciada, a un territorio y a sus ciudadanos, y que propugna como valores la preservación de los rasgos identitarios, la independencia, la libertad, la emancipación, la lealtad a la considerada como nación propia.
Hay muchos nacionalismos, declarados o encubiertos, pero todos derivan del término “nación”, surgido en el siglo XVIII, y conllevan una aspiración a la soberanía política vivida como legítima.
Los rasgos identitarios a defender en cada nacionalismo son variables. Pueden ser la raza, la etnia, la sangre, la tierra, la lengua, la religión, etc., es decir rasgos simbólicos que remiten a la biología, o la supuesta  biología (pues todo rasgo por definición es simbólico), o a la cultura, pudiendo apreciarse cada vez más en los nacionalismos una tendencia a la elección de rasgos explícitamente culturales.
En el punto extremo de esta tendencia podemos situar el nacionalismo civil o liberal, cuya idea de identidad nacional puede incluir por ejemplo etnias, religiones y lenguas distintas, por lo que se pretende no identitario y en consecuencia no-xenófobo. Es el nacionalismo que encontramos con frecuencia en los procesos de independencia de las llamadas colonias en, y para, su constitución como países libres.
Sin embargo, me parece que por definición y por estructura, no encontramos ninguna aspiración nacional que no sea en mayor o menor grado identitaria y xenófoba. 
Así vemos como la independencia de India respecto al Imperio británico, por ejemplo, se acompañó de un trabajo de construcción, de invención –porque la identidad siempre es una invención-  de una identidad nacional proceso  que no fue internamente, ente los propios habitantes, sin segregación. La división inmediata en dos países -India y Pakistan- lo confirma. La violencia, incluso matanzas, producida durante ese proceso, también.
En todo caso, la idea de que no hay nacionalismo que no sea identitario y que no implique segregación, es una hipótesis que traigo al debate. Y que, de entrada, orienta esta presentación, en la que no me referiré a ningún nacionalismo concreto, dentro de todos los posibles ejemplos pasado o presentes por lo que  tampoco voy a resaltar o a obviar las diferencias que mantienen entre sí.
Me limitaré entonces a tratar de situar una lógica de funcionamiento común que, considero, podemos encontrar, en mayor o menor grado, en cualquiera de ellos, independientemente de sus coyunturas y discursos.
Trataré de situar seguidamente esta lógica mediante diez puntos que propongo para el debate.*

1. Los nacionalismos crean identidades colectivas en base a rasgos (como los citados más arriba), es decir, elementos identificatorios, que situados en el lugar del Ideal, cobran el estatuto de un todo diferenciador respecto a aquellos que no los comparten, según la lógica nosotros-ellos de todo nacionalismo. Estos últimos aparecen entonces como extraños o amenazantes para la propia identidad y para las ambiciones o proyectos asociados, es decir enemigos de la causa, por lo que es necesario rechazarlos o excluirlos para separarse de ellos.

2. Hay un vínculo entre nacionalismo y lenguaje, que compete en primer lugar a la identificación con el S1 en juego, que adquiere un estatuto de verdad en la que se cree. No hay nacionalismo sin creencia, la cual compete siempre al régimen de la existencia del Otro.
Esa identificación y la consecuente creencia pueden formularse de una manera más consistente como un rasgo común que todos los elementos del grupo compartirían dando una ilusión de igualdad dentro de la unidad. Esto podría expresarse, por ejemplo en el caso del nacionalsocialismo alemán, como: “Nosotros los arios somos una raza pura, distintos de los no-arios que son impuros”.
Pero también puede formularse de un modo menos compacto por ejemplo como un “Nosotros no somos como ellos”. Tenemos en común que no compartimos el mismo rasgo que ellos, pero eso es lo único que nos iguala, entre nosotros somos diferentes. La unidad de estas organizaciones grupales o de masas podría ser, al menos en teoría, menos compactas o más fragmentabas.

3. Pero la identificación al S1 que conforman las identidades no es solo una operación significante sino que comporta un goce, que sería el lado no-significante, la vertiente objeto del S1.
Tal como señala Éric Laurent, no basta con un ideal para constituir una masa sino que siempre se necesita un pegamento pulsional para soldarla (1).
Hay un vínculo entonces entre nacionalismo y goce. El S1 identificatorio vehicula un goce que, por su propia extimidad, el sujeto  no reconoce como tal e intenta imponer al otro como verdad. A la par, el sujeto rechaza el goce del otro mediante el mecanismo de segregación que acompaña a cualquier identificación que se toma para dar consistencia a un identidad. Es el fundamento de la xenofobia, definida como rechazo a lo extraño, a lo extranjero.

4. La segregación también afecta a lo Otro en uno mismo, es decir,  a lo que no entra en la identidad. Hay un descarte del propio inconsciente según el funcionamiento mismo del Yo que se pretende puro, es decir, ajeno a todo goce.
Así, los nacionalistas tienden a considerarse víctimas inocentes de los otros, cuyos supuestos agravios, justifican sus acciones, las cuales no son de agresión sino de defensa y “limpias” de todo goce. “El victimismo es así el combustible del nacionalismo”, según las palabras del filósofo francés Pascual Bruckner en su obra, de 1996, La tentación de la inocencia (2).

5. La operación del nacionalismo, desplaza la división subjetiva a una división objetiva entre el yo y el otro, entre nosotros y ellos. Ello sitúa al sujeto en una ilusoria unidad consigo mismo y con los otros del mismo grupo.

6. Las posiciones nacionalistas plantean que las cosas “son lo que son”, es decir, verdades evidentes e incuestionables. Las preguntas, las precisiones, las contradicciones, la multivocidad inherente al propio significante, el relieve de las cosas se aplasta, se descarta porque pondrían en peligro la homogenidad del Uno unitario en que se sostiene su discurso. El uno de goce del rasgo, el uno solo, se transforma en el Uno unitario, con su ilusión de ser. En este cambio del régimen unario al régimen uniano, el sujeto alcanza un sentimiento de unidad, la identidad imposible.

7. El nacionalismo requiere el apoyo de un relato potente. La construcción de un mito sobre el origen, un relato fundacional, proporciona una idea de antigüedad que viene a legitimar el proyecto. Por ello los nacionalismos dedicarán importantes esfuerzos a una reconstrucción del pasado que dé soporte a la idea de nación, de pueblo uno e indivisible, donde la acumulación de los agravios históricos sufridos intentará persuadir de la necesidad ineludible de un proyecto que venga finalmente a hacer justicia y a redimir a los individuos para poder ser finalmente quienes son, libres y sin opresiones.

8. Por un lado, esto no puede hacerse sin “acomodar” los hechos de la historia a conveniencia, ni tampoco sin manipular el presente. Para ello, se pone en marcha una maquinaria propagandística que, a través de los recursos de la retórica, va transformando el lenguaje y, con las palabras, las “cosas”, tal como investiga el filólogo alemán Victor Klemperer en su brillante estudio sobre la transformación del lenguaje cotidiano en el Tercer Reich (3).
En relación a este trabajo de, y sobre, el recuerdo, en su obra Los abusos de la memoria (4), Tzvetan Todorov distingue dos tipos de memoria: por un lado, la memoria “literal” que busca recuperar la memoria exacta de los hechos con el fin de hacer justicia en el presente; por otro la memoria “ejemplar”, que se sirve de la experiencia pasada para la construcción de un futuro mejor.
Más allá de las declaraciones conciliatorias que puedan hacerse a veces por parte de los Gobiernos, para reparar las injusticias del pasado, este ultimo fue  lo que fue y, por tanto, no se puede reparar. Nadie puede hacer el duelo por lo que vivieron sus antepasados. En tanto un duelo compete siempre a un sujeto, cada uno tiene la responsabilidad y la oportunidad de afrontar los propios duelos, pero nunca los del otro y menos aún, los de los que ya no están.
Solo tenemos el presente y quizás un futuro. Así que anclarse en este discurso de la reparación de los supuestos agravios sufridos no sirve ni para reparar la historia ahora ni para construir un futuro mejor. Como dice Todorov, es importante recordar, mantener viva la memoria, pero sin sacralizarla, para que el presente, con sus posibilidades de cimentar el futuro, no se nos escape de las manos.

9. Los nacionalismos surgen o se reavivan siempre en momentos de crisis y de profundo malestar social. Y constituyen una respuesta a ello, un intento de solución por el que los sujetos trata de cambiar su posición de objeto pasivo, incluso de objeto de desecho del sistema, para devenir un sujeto, es decir, alguien que elige y decide. Sin embargo, los nacionalismos, parecen quedar en el plano del yo, que es siempre el principal nacionalista: del yo es un nacionalista de sí mismo y, por ello, la segregación no es algo extraordinario sino ordinario: la segregación nuestra de cada día, respecto a la cual todos nos tenemos que cuidar.
Cada nacionalismo defiende así una solución que se presenta como la única factible, desautorizando la posibilidad de cualquier otra existente o por venir.
Entonces, con los nacionalismos, no estamos en el plano del sujeto dividido sino en el plano del individuo, constituido como sabemos por el yo y el cuerpo, con todas sus pasiones.

10. Más allá de los ideales novedosos, y muy legítimos a veces, que puedan defender, los nacionalismos se rigen siempre por el discurso del amo donde el S1 en lugar de agente sostiene la impostura de la verdad.
Lacan contrapuso al discurso del amo, el discurso analítico que, al contrario que los otros tres discursos, “no se cree la verdad” (5), sino que se sale del universal de la verdad (verité) para restituir la variedad (varité) de las distintas verdades subjetivas (6).
Entonces, en tanto analistas hemos de poder escuchar siempre los distintos malestares de los sujetos de la civilización, también aquellos que cualquier nacionalismo haya logrado canalizar y desplazar, para que la verdad de cada sujeto tenga alguna suerte de posibilidad de mediodecirse.
Sabemos que ni el fantasma ni las identificaciones ni los ideales desaparecen nunca del todo, por lo que no se trata de esperar que lo hagan. Pero, en tanto analistas, no podemos entrar en una lógica identificatorio pues estamos advertidos  al respecto. Por el contrario, tenemos que apuntar  a rebajar el nivel de las identificaciones en juego que conforman esas falsas identidades que hacen desaparecer la dimensión del sujeto.
Tal como señala Jacques-Alain Miller en Torino (7), no es lo mismo el lugar de un Ideal que apunta  a unir una masa a través de la sugestión, que un lugar de ideal desde donde se hace una interpretación disociativa y demasificante que  apunta a agujerear la masa y analizar la sugestión.
* Intervención en la Conversación Comunidad y segregación: Nacionalismo y Yihadismo, celebrada con ocasión de las XVI Jornadas ELP, en Madrid, el 11 de noviembre de 2017.

Notas
1. Laurent, É., “Afectos y pasiones del cuerpo social”, El Psicoanálisis,  revista de la ELP, nº 30/31, Barcelona, ELP, octubre 2017.
2. Bruckner, P., La tentación de la inocencia, Barcelona, Anagrama 2002.
3. Klemperer, V., LTI. La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo, Barcelona, Minúscula 2001.
4. Todorov T., Los abusos de la memoria, Barcelona, Paidós Ibérica, 2013.
5. Lacan, J., “Pour Vicennes”, Ornicar? 17/18, Paris, 1979.
6. Miller, J.-A, Todo el mundo es loco, Buenos Aires, Paidós, 2016, p. 323-6.
7. Miller, J.-A., “Teoría de Torino acerca de la Escuela sujeto”, El psicoanálisis, revista de la ELP, nº 1, Madrid, ELP, 2001.

lunes, 30 de enero de 2017

DE IDENTIDADES Y MUROS, ES DECIR, DE IDEALES Y SEGREGACIONES

Obra dl artista polaco  Igor Morski (Poznan, 1960)

La reacción primera frente al sinsentido, frente a aquello que resulta inadmisible para nuestro pensamiento, es el rechazo: tendemos a apartar, cuando no a eliminar, aquello que perturba nuestro mundo para evitar que éste cambie y, con ello, nos obligue asimismo a cambiar, pasando a ser otros distintos de los que sentimos que somos, lo que fantaseamos por lo general como una gran amenaza, y no como un alivio.
Pensar que sabemos quienes somos y que los miembros de nuestro grupo de pertenencia son iguales o muy parecidos nos da tranquilidad. Sin embargo, el sentimiento de identidad nos trae muchos problemas y más que responder a ninguna esencia y, menos aún, a ninguna realidad, es la consecuencia de nuestras identificaciones, siempre parciales. Así, cuando decimos “yo” o “nosotros” entramos en el terreno de la ilusión de creer que nos conocemos y, por tanto, nos equivocamos.
La identificación es un proceso fundante del psiquismo: la primera identificación en que el niño, aún balbuceante, dice “yo” es necesaria para su estructuración mental. Pero es tan necesaria y fundamental como ilusoria, porque cuando cualquiera dice “yo” solo se está identificando con aquellos aspectos de sí mismo que más le gustan, que más responden a sus ideales. Y, a la par, está dejando fuera, sin considerar, es decir, desconociendo, todos aquellos aspectos que no le gustan y que con facilidad proyecta sobre los otros dando voz y verdad al refrán de que “Más vemos  la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio”.
¡Cuántas veces decimos, por ejemplo, “porque yo soy muy sincera” -o muy lo que sea- y, a continuación, hacemos algo que lo contradice flagrantemente! ¡Cuántas veces reprochamos a los otros algo que hacemos constantemente sin darnos cuenta! ¡Y cuántas veces nos toleramos o toleramos en los más próximos algo que no soportamos que otro de fuera de nuestro círculo haga, o nos negamos a valorarlo igual!
Así, cuando decimos que el otro es un cretino se nos olvida las veces que nosotros también lo somos, cuando gritamos ¡cómo es que nadie hace nada para solucionar este desaguisado! no tenemos en cuenta la de veces que nosotros montamos un pollo porque se nos han cruzado los cables o no hacemos nada para arreglar las situaciones en las que estamos inmersos. O dejamos de lado cuántas veces criticamos la corrupción ajena pero vamos de listos tratando de escaquearnos de pagar las multas o de cumplir con el fisco.
Y, yendo a una situación más cotidiana, nos quejamos de que las naciones o las distintas organizaciones de las naciones no paren la guerra, pero no estamos dispuestos a dar el brazo a torcer en el menor conflicto abierto que mantenemos con vecinos u otros semejantes por cualquier tontería.
¡No es lo mismo, pensamos! Con razón, partimos de la ilusión primera, fundante, de que “yo” o “nosotros” somos siempre estupendos.
Entonces, el “nosotros”, que incluye a los que considero que son como yo, crea directamente el “ellos” y los separa del grupo. Los mecanismos actuantes son el Ideal y la segregación: el primero es brillante, la segunda, oscura, y  se propaga como la hiedra salvaje allí donde aquel nos ciega.
Cuando decimos “nosotros”, ya nos refiramos a nuestra familia a los dentistas, a los psicoanalistas, a los hombres o las mujeres, a los músicos, o los catalanes o  los de Málaga, a los demócratas o a los … nos creemos siempre mejores, y, en consecuencia, consideramos a los otros distintos, y –seamos sinceros- peores.
Y el sentimiento de seguridad y de placer que nos genera es correlativo de la distancia o de la falta de empatía o la antipatía, incluso del odio, contra el "tú", el "vosotros" o el "ellos", todos aquellos que no son como yo o como nosotros.
El amor y el odio son los sentimientos que brotan del “yo” y el “nosotros” contra el “tú, vosotros o ellos”.
El punto ciego de cada ideal es que segregamos todo aquello que no entra en él, ya sea propio o ajeno.
Se necesita un esfuerzo civilizatorio tenaz para que las relaciones sociales no queden reducidas a este “yo/tú”, “nosotros/ellos” fundante. Nada asegura que sea posible ir más allá. Ni nada asegura, cuando lo hacemos, que no podamos retornar a quedar reducidos a ello en cualquier momento: a ese "tú o yo", "nosotros o los otros", tan potente como arcaico. El esfuerzo ético en el plano individual y colectivo ha de ser constante.
Siglos de civilizaciones, todas ellas necesariamente imperfectas y mejorables al igual que los que las sostenemos, nos ilustran de las imposibilidades en juego.
Y nos ilustran sobre cómo la mayoría de las guerras han empezado con las mejores intenciones… de imponer un "nosotros" a los otros, a ellos, de hacer pasar por la guillotina de nuestros ideales los ideales de los otros, cuando no a estos últimos directamente.
La Historia, cada proyecto civilizatorio, sus éxitos y sus fracasos, nos enseña sobre esta barbarie de las mejores intenciones, así como que las identificaciones y los ideales son a tratar siempre sin demasiado entusiasmo, con distante advertencia, sin creérnoslos nunca del todo, por buenos que nos parezcan en sí mismos, porque llevan siempre en su seno la semilla de la destrucción, propia y ajena, sin que lo parezca. La paz es un ideal, un proyecto frágil siempre por lograr o mantener.
Nunca muros, murallas, ni administrativas ni físicas, han logrado que la civilización avance hacia algo mejor.
En un mundo tan fragmentado como atroz donde todo se convierte en un pequeño ideal y una bandera, es decir, en una causa contra el otro, contra el distinto, es decir, contra el lazo social, contra los pactos necesarios  para que haya civilización, el reto es fascinante.
¿Lo conseguiremos? Y si fuera así, ¿cómo? ¿Cómo lo haremos? Lo que está claro es que no podemos renunciar a intentarlo porque, en caso de hacerlo,  conocemos sobradamente los resultados.
* Un extracto de este artículo ha sido publicado en La Vanguardia digital el 13 de julio de 2017:
http://www.lavanguardia.com/vida/20170713/423894895122/levantar-muros-no-protege-nuestra-identidad.html?utm_campaign=botones_sociales&utm_source=facebook&utm_medium=social 


martes, 29 de octubre de 2013

RESEÑA SOBRE LA INSTITUCIÓN COMO COMUNIDAD DE GOCE, DE MIQUEL BASSOLS


"Elogio del horizonte" (1990),  de Eduardo Chillida. Santa Catalina, Gijón

La presentación realizada por Miquel Bassols el pasado 8 de octubre* sobre el segundo  eje de las XII Jornadas de la ELP, “La institución como comunidad de goce” me resultó muy interesante por su particular modo de aproximar  a partir de dos textos de Lacan, el escrito del “Tiempo lógico” y el seminario “Aún”, la lógica segregativa que opera en cualquier identificación, y sobre la que se levanta toda institución, así como la problemática que ello introduce en la Escuela de psicoanálisis.
Voy a tratar de precisar aquí algunos puntos de ese recorrido, así como del debate que tuvo lugar a continuación.
Bassols comenzó situando una paradoja en el título mismo del eje ya que en la perspectiva de la última enseñanza de Lacan, el goce se caracteriza por no hacer comunidad. ¿Qué quiere decir entonces la institución como comunidad de goce?
Podemos hablar de la institución en tanto comunidad de placer en tanto limita el goce: el placer hace comunidad.
El deseo también la hace. La frase “El deseo del Otro es el deseo del sujeto” introduce cierta intersubjetividad, cierto reconocimiento entre el sujeto y el Otro.
Sin embargo, en el campo del goce, el goce del Uno no es el goce del Otro. El goce no es recíproco. El goce queda como algo irreductible a la tarea civilizadora. Ninguna empresa humana logra asimilar la barbarie del goce, siempre queda un resto irreductible al grupo.
Bassols se planteó considerar la naturaleza del vínculo social en la institución y, para ello, tomó en primer lugar “El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada. Un nuevo sofisma” (1945), donde Lacan aborda el tema a partir de lo que sería una sociedad ideal y con la problemática de los tres prisioneros. Examinará la solución que aporta Lacan sirviéndose de la distinción entre el eje de las identificaciones y el eje pulsional.
Recordemos que se trata de tres prisioneros a los que el director de la cárcel comunica que pondrá en libertad a uno de ellos. Para optar a su libertad, cada uno ha de resolver un problema lógico.
Después de enseñarles cinco discos -tres blancos y dos negros-, el director les comunica que colocará un disco en la espalda de cada uno, de manera que ninguno de ellos pueda ver el color del disco propio pero sí el de sus compañeros. Quedará libre el que acierte primero el color del disco que lleva en la espalda. Cada prisionero tiene que solucionar el problema planteado mirando lo que llevan los otros dos y haciendo un cálculo, a partir de su conducta, sobre el disco que ven en él. Lo que los prisioneros no saben es que el director ha dejado fuera del juego los dos discos negros.
Cada prisionero podrá concluir, a partir de la intersubjetividad, sobre el color del disco que lleva a la espalda, es decir, sobre lo que es como ser de goce. Así, el texto permite ver –señaló Bassols- la trampa de la identificación como intento de resolución del vínculo social.
Después de un tiempo –hay un tiempo de creación de la institución, del vínculo social-, los tres sujetos dan juntos algunos pasos que los llevan a cruzar la puerta a la vez. Cada uno da una respuesta semejante: “Soy un blanco”. “Lo sé porque dado que mis compañeros eran blancos, si yo fuera negro, cada uno de ellos podría haber inferido lo siguiente: Si yo también fuera negro, el otro como tendría que reconocer de inmediato que si el fuera también negro, el tercero habría salido de inmediato, luego yo no soy negro. Si no lo han hecho es porque yo también soy blanco”.
En esta respuesta, subrayó Bassols, los tres se creen amos de su ser a partir de un proceso intersubjetivo de reconocimiento entre el sujeto y el Otro.
Vemos operar un efecto de identificación que se funda en una segregación: la sociedad de “blancos” se funda en que algo ha quedado rechazado, separado de entrada, los dos discos “negros”, que el director ha dejado aparte.
Bassols recordó que el ser de identificación de los blancos es una segregación, una exclusión de su ser de “negros”, pues cada uno es también negro para el otro. Lo negro encarna aquí el goce que necesariamente ha tenido que excluirse para que se reconozcan todos como blancos y hagan comunidad. Pero la lógica psicoanalítica nos dice que lo que ha sido excluido del vínculo social retorna en su seno mismo.
En lugar de “soy blanco” puedo decir “soy un hombre” –termina diciendo Lacan. La lógica de las identificaciones en el vínculo social funciona así:
1. Un hombre sabe lo que no es un hombre (un blanco sabe lo que no es un blanco).
2. Los hombres (o los blancos), se reconocen entre ellos por ser hombres (o blancos).
3. Lo que es fundamental para entender el vínculo social, señaló Bassols, es que yo me precipito a afirmar que soy un hombre (o blanco) por temor a que los hombres me convenzan de no serlo (de ser negro).
Esta precipitación está presente en toda identificación. Incluso, en la de “soy psicoanalista”. Es el problema de la escuela de psicoanálisis, el problema del reconocimiento imposible de qué es un analista. Bassols recordó que tratamos de ello  en la Conversación de la ELP sobre la garantía, celebrada en septiembre en Madrid, en relación a los AME y el pedido de reconocimiento por parte del psicoanalista que es paradójico con su propia lógica en la experiencia.
El “no hombre” (o negro) es el verdadero objeto del grupo de los blancos, el objeto de goce,  a.
A continuación, Bassols tomó la relectura del texto que Lacan hará casi treinta años después en su seminario Aún (1973), donde critica la intersubjetividad y desmonta su lógica. Aunque sean tres, cada uno interviene solo como ese objeto a que es bajo la mirada del los otros. Son tres pero en realidad son 2+a, siendo a aquello que queda fuera del reconocimiento mutuo, mi ser de goce (negro) en la medida que no es simbolizable ni para mí mismo. Para este a, estos dos otros se reducen también a 1+a. Con lo que finalmente la ecuación que nos da la estructura de los tres prisioneros es que hay un solo sujeto en el sentido lacaniano: puede haber tres individuos pero un solo proceso subjetivo. Por eso, podemos tomar a la Escuela como un sujeto, porque es transindividual. Lo que tenemos es un sujeto contado como Uno frente a su objeto de goce, a, rechazado y fuera de toda simbolización posible.
Cuando tenemos el problema de los tres prisioneros, el proceso subjetivo implicará que hay un sujeto confrontado a su ser de goce. Para Lacan, toda institución se funda en un ser de goce, este “ser negro”, y el grupo, incluido el analítico, se fundaría en este no querer saber nada de este real. No hay grupo sin segregación, aunque sea lo más íntimo del goce de cada sujeto.
Pero hay que limpiar a la institución de los efectos de grupo, poner en suspenso todos los efectos del reconocimiento de los "blancos", poner en suspenso todas las identificaciones y operar con el real en juego en el grupo analítico.
En los años 70, señala Bassols, Lacan tenía muy presente este problema de los tres prisioneros. El problema, dirá este último, es que desean identificarse con el grupo. ¿Cómo puede decir Lacan que lo que desea para su Escuela es la identificación con el grupo? –interroga Bassols. Lacan plantea que los seres humanos se identifican con un grupo y que es un problema cuando eso no ocurre porque eso quiere decir que están fuera de discurso. No se trata entonces de que no haya identificaciones con el grupo, la cuestión es precisar con qué punto del grupo se produce la identificación.
El psicoanálisis enseña que cualquier salida al estilo de los tres prisioneros es una alienación, no es una identificación al grupo sino que es una identificación recíproca que hace grupo. En la práctica, no hay manera de salir juntos, se sale uno por uno. Se trata de cómo cada sujeto va a identificarse con un real del grupo, con aquello que descompleta al grupo (como el objeto que es el "negro" en el grupo de los "blancos"), aquello que en el juego de la combinatoria ha quedado fuera de reconocimiento, fuera de identificación.
Una institución donde cada uno se identificara con lo que descompleta la grupo –concluyó Bassols- no sería una institución donde habría comunidad de goce pero sí donde el goce sería más soportable.

En el debate se profundizó en algunos de los puntos trabajados y salieron otros nuevos. Retomo aquí solo algunos de ellos.
Miquel Bassols: El disco negro es el que no cesa de no escribirse, está siempre en su lugar pero no aparece nunca en la partida de dados, siempre sale blanco. Es lo real como lo que no cesa de no escribirse en las identificaciones, un real con ley.
En su “Presentación del IX Congreso de la AMP”, Miller plantea que “el deseo del analista es el deseo de reducir al Otro a su real”, a aquello que en ese Otro no cesa de no escribirse.
Importancia de lo real como brújula de la experiencia porque es lo que no cesa de no escribirse en el discurso, las identificaciones, la experiencia, etc.,  en todo lo que es la vida asociativa, en todo lo que hace comunidad.
Hebe Tizio: “Lo negro” no hace comunidad pero se necesita una para dibujar eso que solo puede ser cernido. Por eso, en la construcción que hace Lacan, la Escuela alberga un real que provoca su propio desconocimiento. Desde esa perspectiva, él inventa el dispositivo del pase para poder dar cuenta, uno por uno, de qué manera ese real singular se ha podido cernir. La comunidad que se necesita para eso que no hace comunidad es el lado institución, que permite sostener ese agujero central del no hay definición del analista.
Estela Paskvan: ¿Podemos diferenciar lo que hace masa de esto que llamamos comunidad? Lacan habla de la escuela como de una comunidad de experiencia. El problema es que las identificaciones se sostienen en la lógica del todo. ¿Cómo se descompleta? ¿Cómo puede esa comunidad albergar algo del goce no todo, como puede alojar la cuestión femenina?
Miquel Bassols: Cuando Lacan habla de la comunidad analítica está pensando en la comunidad de una experiencia sobre aquello que no hace comunidad. La paradoja se mantiene hasta el final.
El dispositivo del pase no funciona con la lógica de los tres prisioneros. Lacan lo evocaba en algún lugar a partir de los impasses de los tres prisioneros.
Hay dos reales en Lacan: el real con ley que es lo real como imposible que siempre vuelve al mismo lugar y que descompleta cualquier proceso simbólico, porque es aquello que no cesa de no escribirse en ese proceso simbólico. Y luego hay el real del sinthome que es el real sin ley que no es el real que no deja de no escribirse sino que es el real del encuentro fallido. Es lo real como un proceso azaroso, fallido, lo real del trauma. El real sin ley es un real que no se atrapa por lo simbólico, mientras que el real con ley se atrapa por el discurso, se atrapa como aquello que queda excluido.
Hay que distinguir la cuestión de que el goce no hace comunidad del hecho que hay comunidades que se organizan a partir de la identificación con un rasgo de goce. En ellas, se trata de intentar atrapar el goce mediante un rasgo pero eso no quiere decir que todos gocen igual: cada uno goza de manera singular e, incluso, desconocida para sí mismo. No se puede hablar de comunidad de goce en sentido estricto, es un abuso del lenguaje hacerlo.
Xavier Esqué: Habría que entender la identificación con el grupo de la que habla Lacan como la identificación con el síntoma al final del análisis. No es una identificación que hace masa sino que es una identificación que comporta un hacer con el grupo analítico, es decir, con una comunidad de los que no hacen comunidad, una identificación con una serie de singularidades, de los que hacen comunidad a partir de su singularidad. Ese es el trabajo de cada uno con su sinthome.
Miquel Bassols: Cuando Lacan habla de identificación al grupo habla de identificación al sinthome del grupo, a aquello que lo hace singular y no homogéneo. Eso funciona como un descompletamiento. Y es lo que hace actos fundantes en la institución, que crean un antes y un después de ellos, y rehacen los vínculos.
Sería un buen momento para volver a examinar la idea de “identificación con el síntoma” en relación con la expresión de Miller “reducción del Otro a su real”. Ambas operan con la misma lógica.
* Presentación realizada en la Sede de Barcelona de la Comunidad de Catalunya de la ELP el 8.10.2013, en el marco de las Sesiones preparatorias de las XII Jornadas de la ELP, "Goce, culpa. impunidad, a celebrar en Barcelona los días 8 y 9 de noviembre de 2013.