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lunes, 3 de diciembre de 2018

EL AVANCE DE LA ULTRADERECHA O LA GUERRA DE LOS MUNDOS. POR UNA POLiTICA DEL SINTOMA


"Sound" (1933), de Lee Laurie, Rockefeller Place, NYC.
Es preocupante el resultado de las elecciones andaluzas de ayer con la obtención de doce escaños del Parlamento por parte de Vox, un partido de ultraderecha. 
Pero, ¿por qué estos resultados nos sorprenden cuando hace ya algunos años que vemos cómo en nuestras ciudades una parte del voto tradicional a los partidos de izquierda se desplaza, de manera paulatina pero clara, hacia los partidos de centro derecha, de derecha extrema o de extrema derecha (para no ponerlo todo en el mismo saco), cuando vemos que la “oscuridad” crece, avanza, se acerca?
Hace tiempo que asistimos, en general, a la polarización extrema y creciente del mundo, sin diálogo ni pacto posible entre ambas partes, no solo allí -en otros lugares-, sino aquí, en Europa, y ahora también en España, entre nosotros. Esta polarización tiende a dividir, al parecer sin remedio, entre “nos” y “otros”. ¿Será que seguimos viviendo con la nostalgia de los ideales de Novecento y no nos hemos dado cuenta de que hemos entrado poco a poco en La guerra de los mundos?
Los populismos de rostros más feroces y descarnados se van instalando, a ritmos distintos, en nuestros países, a un lado y otro de ultramar, en un hemisferio y otro, en una u otra región del planeta. Son votados por un número cada vez mayor de personas, no solo por aquellas que podemos definir como canallas -sería más fácil de pensar si así fuera- sino por aquellos en los que la falta de perspectivas de futuro lleva a posiciones extremas, también en lo moral. Pues, ¿por qué se habrían de ocupar de mantener el orden de un mundo que no se ocupa de ellas -podrían pensar-, de unos ideales que les segregan, que les da el no-lugar del resto caído del sistema, fuera de toda decisión y de todo discurso? Ahora es su oportunidad -podrían decir-, su momento.
¿Se puede pensar este voto como un intento de querer volver a contar, de ser escuchados, de entrar en el discurso?   ¿O habría que pensarlo como un intento de llevarse  por delante todo lo que queda del sistema que les ha arrojado fuera según la lógica aplastante de “caída de los ideales, triunfo de la pulsión”? 
Es en cierto modo entendible que los desheredados, o casi desheredados, del sistema, o los que se sienten desterrados de toda idea de un futuro digno, quieran escuchar otras promesas, aparentemente más consistentes, que quieran restaurar la existencia de un Otro de la garantía, que necesiten creer que alguien puede hacer algo contra un sistema cuyas consecuencias sufren de manera drástica en carne propia, que no quieran esperar más tiempo, que no sientan que lo tienen. 
¿Tienen que resignarse a quedar excluidos del sistema, y, además, defender los valores humanistas de este último, cuando están recibiendo un trato  inhumano en el presente? Y, ¿se les puede pedir que respalden otras maneras de hacer cuando algunos de los encargados de pedir su voto están diezmados por la corrupción, cuando los propios partidos generalistas parecen  más ocupados en  conseguir votos para asumir el poder que en gobernar?
¿No podemos reconocer una aspiración hasta cierto punto entendible desde una lógica común, aunque no sea aceptable, en el hecho de que algunos quieran que vuelva la ley del talión, que se institucionalicen los scratches o  los ajustes de cuentas, que alguien garantice la seguridad al precio que sea, si no lo hace el Estado que lo haga el Pueblo... Y que la vida se vuelva más simple, que la podamos entender, que sea la vida verdadera, la de antes, la de las cosas claras, donde “al pan, pan, y al vino, vino”,  en un mundo cada vez más complejo y que se nos escapa más y más de las manos?
Pero, ¿no podemos pensar que quizás haya asimismo un intento de recuperar el sentimiento legítimo de dignidad, en esa apuesta por aquellos que, supuestamente, se dirigen a ellos prometiéndoles garantías, que supuestamente también les da un lugar en su discurso, y que aún no les han demostrado que no lo hacen ni lo van a hacer?
La cuestión sería más bien  por qué en estos momentos de oscuridad no somos todos populistas, por qué algunos decidimos  sostener un plano distinto de la civilización más incierto y complejo sin consagrarnos a retornar a un discurso del amo más simple y más feroz. ¿Es porque somos débiles, idealistas aún, porque no estamos en la realidad, porque aún podemos esperar tiempos mejores...? ¿O será porque nos sentimos deudores de la civilización, que nos ha educado, tejidos con ella y de ella, y la queremos preservar aunque queramos cambios? Y, también, porque estamos advertidos de que la civilización no es solo un dique a la barbarie sino que cada una  gesta su propia barbarie, por lo que si rebajamos  ciertos pactos de civilización duramente conseguidos a lo largo de los siglos, empeoraremos también los modos de la barbarie arriesgándonos a un retorno de lo peor y a lo peor, como ya vemos en algunos “avances”. 
Quizás no se pueda conseguir otra cosa por ahora de estos semejantes  que en determinado momento alimentan el voto de la ultraderecha, pero hay que esperarla. Como psicoanalistas nunca podemos dejar de convocar al sujeto, de llamarle a su relación con su hiancia constitutiva, de apelar a su ética, de darle su dignidad, de esperar que el individuo esté a su altura. 
Por otro lado, la Historia, con sus historias, nos enseñan que las sociedades siempre han avanzado alegre y decididamente hacia lo peor, así que no podemos minimizar la importancia del entusiasmo de los populismos, y tampoco, en ningún caso, dejarnos contagiar por él.  
Una dosis justa de pesimismo, ayuda a no caer en las supuestas soluciones felices e inéditas, de las que por poco que queramos saber siempre encontraremos que no son tan nuevas ni tan buenas, sino que hay en el pasado sobrados ejemplos no precisamente brillantes ni felices. 
Así que la prudencia se impone, no para quedar paralizado y no buscar soluciones, sino para no autoengañarnos sobre nuestra división estructural y la función que tiene el entusiasmo pulsional en la estructura.
A diferencia de los demás partidos, el nombre de Vox, el partido citado al principio,  no está conformado por unas siglas. Es un término latino cuyo significado es “Voz”. No  “discurso”, ni  “palabra”, ni siquiera “la voz del pueblo”, lo cual implicaría desplegar un enunciado mínimo sino, simplemente,  “voz”. 
Este partido ha elegido como nombre un objeto pulsional, cuya función, sabemos, es en todos los casos taponar la hiancia estructurante del sujeto del deseo y de la civilización. El psicoanálisis conoce la función de la voz en el imperativo, el uso que han hecho, y hacen, de ella los regímenes totalitarios. Bajo el ideal del  “bien del pueblo”, se esconde el “¡goza!” irrestricto del discurso del amo más atroz.
Entonces, respecto a la pregunta sobre por qué no caer en la tentación  de “arreglar las cosas de una vez por todas”, por qué no plantarnos y romper la baraja, por qué no dejar de jugar con quien no nos tiene en cuenta votando a los distintas propuestas de los populismos actuales... O sobre por qué no ceder a la tentación del imperativo, haciendo del deseo de cada uno el “bien común”, “lo mejor para todos”... O incluso, en relación a por qué no dejarse arrastrar a la escalada, del “si tú tal... ¡yo más!”... Respecto a estas preguntas, y mucho otras posibles, hay algunas  respuestas simples: porque la verdad siempre es una verdad a medias y querer que sea del todo verdadera no es sino entrar en un discurso que mata... al menos el deseo; porque no hay manera de trabajar el lazo con el otro por fuera de él, porque no podemos decidir las cosas sin querer saber nada de sus consecuencias.
Entonces, en tanto psicoanalistas, ¿qué hacer con la guerra de los mundos? Por supuesto, no descuidarla, no mirar para otro lado... No hacer como que no tiene nada que ver con nosotros, como que ella no nos compete. Eso nos compete: apostar por el sujeto es asunto nuestro, incluso cuando este último no apueste por sí mismo -cosa bastante habitual aunque no siempre tiene consecuencias en lo social.
Analizar lo que está ocurriendo, es asunto nuestro. También lo es
seguir dejarnos trabajar por la pregunta sobre cuál es la función del psicoanálisis, de los psicoanalistas, ante los malestares graves de la civilización actual, cuando la oscuridad se extiende. 
Más allá de cómo se concreta el voto de cada uno como ciudadano, nuestra respuesta en tanto analistas nunca puede ser solidaria ni de “mi” partido, ni de  “mi” ideología... ni a de  ningún  “yo” o de ningún “nosotros”, del nosotros  de cada uno. 
No se trata de no tomar partido, pero se trata de que este “partido” lo esté realmente, esté lo suficientemente dividido para nosotros, que no caigamos en la fascinación de un ideal como solución, que nuestras intervenciones no apunten a reforzar la polaridad, a profundizar las fracturas o las grietas. Se trata de tomar el partido del síntoma. 
Por ello, nuestras intervenciones han de apuntar a asegurar la hiancia del inconsciente para mantener abierta la posibilidad de que sea operativa y puedan inventarse nuevas soluciones en cada lugar.
Hace tiempo que decimos que estamos en una época en que las respuestas a nuestras preguntas no están escritas. No queramos entonces escribirla de una vez por todas, sino que demos a lo que ocurre la dignidad del síntoma, para sobre ese imposible estructural en que se funda, encontrar soluciones posibles.
La Movida Zadig, o la política de Foros Europeos de Psicoanálisis, que plantea la Eurofederación de Psicoanálisis, son inventos posibles en los que encontrar un lugar para trabajar, con otros, sobre aquello que nos mueve y nos conmueve de los imposibles actuales y sus malestares. 
Una orientación, un margen, un respiro.
(*) Artículo publicado en el volumen Joaquin Caretti y Oscar Strada (editores), Política y psicoanálisis. Zadig España, Barcelona, RBA, 2023.

domingo, 18 de marzo de 2012

POLITICA DEL SINTOMA Y POLITICAS DELIRANTES


Recién celebrado el V Centenario de la publicación del Elogio de la locura (1511), de Erasmo, recordemos que fue en esta obra prínceps donde el renacentista planteó que la locura, el grano de locura de cada cual, es parte necesaria, es decir, ineliminable, de nuestra naturaleza y, por tanto, importa saber hacer con él, ya se trate del propio o del ajeno.
Con unas palabras que no dejan de evocarme ciertas resonancias de aquella obra, Jacques Lacan planteó en 1978 que “todo el mundo es loco, es decir, delirante”. Esto sitúa para cada uno que la pulsión siempre encuentra un modo de satisfacerse y que el real implicado en dicha satisfacción singular constituye el núcleo duro de todo síntoma. A la vez, ello erradica toda idea de normalidad, y por tanto de patología. Y compromete necesariamente al psicoanálisis en la vía de la política del síntoma, una política singular que no es para todos.
Toda orientación que, en nombre de cualquier “para todos”, o de un supuesto bien común, no reconozca esta singularidad pulsional que habita en cada uno como resultado del encuentro singular en su historia entre la satisfacción del cuerpo y las marcas de lalengua no puede más que considerarse ilusoria cuando no delirante, en tanto forcluye la dimensión del sujeto así como borra la de su goce.
Y en tanto quiere forzar a entrar en los carriles de lo simbólico lo real que por definición le resiste, tales orientaciones son tributarias del discurso del amo, que Jacques Lacan aisló como el envés del discurso del analista nacido de la invención freudiana.
Tendríamos entonces por un lado la política el síntoma y, por otro, las políticas delirantes que asentándose en el desconocimiento de la pulsión, no hacen sino preparar su desencadenamiento más funesto. 
Así, la política del capitalismo globalizado que, simultáneamente a la “crisis” que nos sacude y precariza, no deja de prometer la felicidad para todos, asegurándonos tener derecho a ella, sin poner ninguna medida desde hace cuatro años para que esta crisis encuentre un término.
Sin duda, las llamadas “ciencias” económicas no son susceptibles de proveer los medios ni incluso de prever estas crisis, que resultan de su invención.
Las técnicas salidas de estas “ciencias” no invaden menos las sociedades civiles, transformando a los ciudadanos en consumidores–productores, como testimonia el mismo lenguaje médico que aprehende al enfermo como un cliente de servicios que son progresivamente privatizados en nombre de la necesaria rentabilidad de servicios antes públicos.
En nombre de la misma rentabilidad, el universal se impone como norma: los usuarios son sometidos por igual a los protocolos y a las leyes del mercado hasta el punto de que los evaluadores solo reconocen como “buenas prácticas” aquellas que se caracterizan por el abandono de toda clínica. Las entidades clínicas son reemplazadas por categorías construidas a partir de medicamentos supuestamente susceptibles de remediar los déficits o trastornos de los que estas prácticas mismas hacen el inventario.
Estos medicamentos se imponen rápidamente a los usuarios a través de recetas financieramente fructuosas emitidas por profesionales formados con rapidez en estas técnicas llamadas educativas, que no son más que condicionamientos donde Skinner repite a Pavlov en programas tan delirantes como peligrosos, en los que no hay lugar ni para el sujeto ni para el acto terapéutico, importando solo la ilusión de un programa lo más perfecto posible.
Desconocer el discurso del analista no le impide existir. Ahora bien, cada uno sabe, desde Freud, que las formaciones del inconsciente, y especialmente los síntomas, expulsados por la puerta retornan abruptamente por la ventana, y que el malestar es intrínseco a la civilización. No se trata por otro lado –señala Lacan-, de que el discurso del analista se vuelva dominante, ya que este discurso excluye la dominación, en otras palabras no enseña nada. No tiene nada de universal, por eso no es materia de enseñanza.
El discurso analítico, que preserva el caso por caso sin renunciar a la formación de los clínicos, ni caer en el mercantilismo tendrá que encontrar cómo sostener un lenguaje que informe a los sujetos de la operatividad de sus efectos, que no prive a nadie de su creatividad propia, ni de su poesía en tanto que ser inmerso en el lenguaje y, por este hecho, marcado irremediablemente por él.

(*) Margarita Álvarez. Editorial de Colofón 32: "Políticas delirantes", boletín de la Federación Internacional de Bibliotecas del Campo Freudiano (FIBOL), Barcelona, marzo 2012.

SUMARIO COLOFÓN 32

Margarita Álvarez. Editorial



POLÍTICAS DELIRANTES

Domenico Cosenza. Notas a propósito de la crisis y de su atravesamiento

Massimo Amato. “Prestar a quien no lo merece”: Del significado metafísico del término subprime

Anne Pigkou. Crisis
Alexandre Stevens. Locura TCC
Judith Miller y Jacqueline Dhéret. Entrevista a Marie-Pierre Jaury, realizadora del documental “La infancia bajo control”

EFECTOS CLÍNICOS
Victoria Vicente. Infancia bajo control
Laure Naveau. Manifiesto por el “fuera de campo”
Adriana Testa. Una pasión humana-demasiado humana: la crueldad
José Ramón Ubieto. Nota sobre el Empowerment
Jesús AmbeL. ¿Conoce usted Souffrances au travail?
Marie-Hélène Doguet-Dziomba. ¿Qué es lo que hace sufrir en el trabajo?
Sagrario Sánchez de Castro. El cuerpo atravesado por la técnica
Jesús Ambel. Identidad del trabajo y management
Alexandre Stevens. La errancia del toxicómano

EL PSICOANÁLISIS EN LA CIUDAD
Laura Rizzo. Amor in translation: El Seminario XX de Jacques Lacan en las Bibliotecas de Roma
Amalia Rodríguez. Coloquio: “Jorge Semprún. El devenir de una voz testimonial”
Miguel Alonso. Los pliegues del sujeto, de Ani Bustamante
María Solita Quijano. Lo que pasa… en el siglo XXI. Control, vigilancia y evaluación: una mirada psicoanalítica
Angels Cabiró. Las distintas versiones del mito de Don Juan. “Don Juan es nadie si no es otro: metonimia de la identidad”
Stephanie Rudeke: La elegancia del erizo, de Mona Achache
Sergio A. del Pino Cardoso. IV Espacio de Cine y Psicoanálisis en Cuba: Psi-Ne
Renato Andrade Cominges. La primera sesión en Lima

LECTURAS CRÍTICAS
Germán García. Treinta años después. Vida de Lacan, de Jacques-Alain Miller
Guy Briole. Vida de Lacan, de Jacques-Alain Miller
José Luis Chacón. Nadie es normal, ni de lejos. A saúde para todos, nao sem a locura de cada um, de VVAA
Esmeralda Miras. Los descarriados. Clínica del extravío mental: Entre la errancia y el yerro, de Emilio Vaschetto
Luis Tudanca. Pharmakon nº 12: “Chifladuras adictivas”, de VVAA
Ana Viganó. Octavio Paz-Tomás Segovia. Correspondencia intermitente. Cartas a Tomás Segovia, de Octavio Paz
Graciel.la Monés. Matemática niebla. Genealogía de la poesía moderna, de VVAA
Paloma Blanco. 84, Charing Cross Road, de H. Hanff

Noticias de las bibliotecas
Directorio de bibliotecas de la FIBOL