lunes, 18 de enero de 2016

PENSAR NUESTRAS INSTITUCIONES A LA LUZ Y A LA OSCURIDAD DEL LAGER


Dibujo de Leo Haas (1901-1983): "Niños marchando en Terezín", 1942

Este texto es un comentario del libro de Raúl Vidal, Locura y horror. Qué relación? ¿Qué clínica? (Córdoba, Argentina: Fundación Maud Mannoni / Editorial Brujas, col. “Seminarios”, 2010).
Este libro recoge dos seminarios impartidos por él, los años 2007 y 2009 respectivamente, en la Fundación Maud Mannoni de Córdoba (Argentina), institución que trabaja con niños y jóvenes en dificultades y es co-editora del libro. Ambos parten de distintos textos de Anna Freud sobre el impacto de la guerra en los niños. Luego, el autor, psicoanalista y escritor, abre una reflexión más amplia sobre el horror de los totalitarismos del siglo XX, y sus efectos de locura tanto en los sujetos que los vivieron como en su época, que sigue siendo la nuestra. Esta reflexión también apunta a la posición del analista ante ello, es decir, a su escucha y a su práctica.
Aunque Vidal se consagra en su mayor parte a los horrores del nazismo, no duda en entrar en otros más recientes y más próximos como el terrorismo de Estado en Argentina, o en ampliar su reflexión a lo que podemos llamar el modo de funcionamiento totalitario de algunas instituciones.
En su abordaje y desarrollo de la cuestión, hace referencias a autores como Jean Améry, Robert Antelme, Primo Levi, Imre Kerstéz, Phillippe Grimbert o Jean Sebald, entre otros, en cuyas citas se apoya para corroborar algunos puntos o abrir nuevos. Esto da a la obra un estilo que de entrada se revela marcadamente digresivo, lo que podríamos atribuir en parte a la oralidad de los seminarios que la originan, si bien él mismo declara que ello responde asimismo a su modo elíptico de aproximar las dificultades de representabilidad del tema.
No hay duda, por otra parte, que Raúl Vidal es un gran lector y que merece la pena descubrir o revisitar cada una de sus propuestas de lectura.
Voy a tratar de situar aquí algunos puntos de los muchos por él señalados en lo que constituye mi lectura particular del libro, en especial aquellos referidos a cómo el Lager puede ayudar a pensar las instituciones, según propone Primo Levi y él retoma, que me ha parecido muy interesante.

Los niños en el Lager
Dibujo de Ella Liebermann-Shiber: "Búsqueda de niños escondidos", Bydgoszcz, Polonia, 1945
La primera parte del libro corresponde al primer seminario impartido en 2007 cuyo título lleva: ¿Los niños crecen? En torno a cierto trabajo de Anna Freud  con niños sobrevivientes de la shoá. El seminario tiene como eje un artículo de esta última llamado “La crianza en grupo. Un experimento”, de 1951, que recoge la experiencia citada y fue escrito en colaboración con la enfermera Sophie Dann.
Vidal se detiene de entrada en el título, sobre la palabra “experimento” y la objetivación que éste implica sobre los sujetos a quienes se aplica. ¿Cómo puede utilizarla un estudio cualquiera sobre seres humanos, y en especial uno sobre unos niños recién salidos del horror del nazismo, que fue en sí mismo una máquina de experimentación, y no solo con personas que eran judías?
En segundo lugar, Vidal apunta a la teoría del desarrollo de Anna Freud, para quien la clave del crecimiento, psicológico, radica en la relación primera con la madre. Un buen vínculo con ella ayudaría a que el niño pasara por la serie de fases pertinentes de manera ordenada, es decir, adecuada, normalizada. Recordemos que fue Erickson, paciente de Anna Freud, quien habló del desarrollo del niño en términos de epigénesis como si fuera una flor: si alguna fase del desarrollo fuera problemática no se desarrollaría la flor completa.
En 1967, Lacan criticará esta teoría de la germinación del niño. Vidal retoma la crítica para decir que un niño no es una planta e interrogarse sobre qué quiere decir “crecer” para el ser hablante.
En determinadas circunstancias, señala, escuchamos que los niños se ven obligados a crecer de repente. Así lo dice por ejemplo el escritor húngaro Imre Kerstéz, en su obra autobiográfica Sin destino, llevada al cine por Lajos Koltai. Él tenía quince años cuando su padre fue “reclutado” para ir a un campo de trabajo. Ese día un adulto próximo le dice que “se han acabado para él los años despreocupados y felices de la infancia”.
Pocos meses después, el niño Kerstéz es conducido al Lager de Zeit, después de un breve paso por Auschwitz y Buchenwald. Cuando, en el momento del ingreso, le preguntan la edad, miente sobre ella: afirma tener un año más para no ser considerado un niño, improductivo y por tanto eliminable, sino un adulto productivo, que tenga alguna oportunidad de sobrevivir. Entonces, con ese cambio de categoría de la niñez a la adultez, afirma, “empieza una nueva vida”.
¿Se deja de ser niño cuando se entra en ese tipo de institución que, según el propio Kerstéz, constituye el campo de concentración? Vidal señala que no sabemos mucho de los niños que vivían en los campos, casi no se habla de ellos en los testimonios sobre la shoá, pues lo normal es que no sobreviviesen: cuando entraban en Auchswitz se les transfería rápidamente al bloque de experimentos o a la cámara de gas.
Pero tenemos algunos testimonios al respecto, entre ellos el del mismo Kertész, también el que da Primo Levi en La tregua (1963), que forma parte de la Trilogía de Auschwitz, sobre cuatro niños que había en dicho campo, o el de Anna Freud respecto a los niños de la experiencia citada, algunos de los cuales hablaron también de ello, cincuenta años después, en el documental Die Kinder von Bulldogs Bank, de Beatrix Schwehm. Aunque en todos estos casos los que testimonian sobre los niños en el Lager son adultos, a veces los adultos en que se convirtieron esos niños, sus palabras nos permiten aproximar la cuestión.
Primo Levi refiere que nadie hablaba a estos niños del campo, ni jugaba con ellos; algunos ni siquiera tenían nombre ni hablaban. Pero, “habían formado allí un club muy restringido y reservado, en el cual la intrusión de los adultos era mal recibida. Eran animalillos salvajes y juiciosos, algunos de los cuales hablaban entre sí lenguas que yo no comprendía”.
Estas informaciones recuerdan la experiencia de Anna Freud con los niños supervivientes de la shoá, de los que habla en el artículo citado.

Los niños de Bulldogs Bank
La vida en Bulldogs Bank
Haciendo un poco de historia, también de historia del psicoanálisis, recordaremos que Anna Freud organizó diversas instituciones infantiles para afrontar algunos de los problemas sociales de su época derivados del nazismo y la guerra.
En 1937 había construido la Guardería Jackson en Viena que acogía a niños de 0 a 2 años de familias judías sin recursos, con el objetivo asimismo de informarse sobre las primeras etapas del niño mediante observación directa. En 1940, ya en Londres, recabó financiación para atender a los niños evacuados por los bombardeos alemanes sobre la ciudad. Esto le permitió abrir un centro de apoyo para bebés y una casa de campo en Essex, conjunto conocido como las Guarderías de Hampstead, que fueron diseñadas como hogares-sustitutos para estos niños que por primera vez estaban separados de sus familias y bajo la tutela de desconocidos.
En 1945, recién finalizada la guerra, llegaron a Inglaterra seis pequeños huérfanos judíos. Sus padres respectivos habían sido deportados a Polonia y asesinados en las cámaras de gas justo después de que su nacimiento. Ellos habían sido enviados primero de un lugar a otro hasta ingresar, entre la edad de seis meses y un año, en el campo de concentración de Theresienstadt (Terezín), en la antigua Checoslovaquia, donde permanecieron tres años en la “sección de niños sin madre”, hasta ser rescatados por los rusos.
Cuando llegaron, junto con otros trescientos niños, al Campo de Recepción de Windermere, en Inglaterra, se decidió que serían adoptados en hogares estadounidenses. Sin embargo, y dado que estaban muy afectados por el cambio de entorno, de coordenadas, se pensó asimismo que era más conveniente que permanecieran juntos un tiempo en Inglaterra: los niños, que contaban entonces entre 3 y 5 años, habían vivido siempre en institución, y llevaban tres años juntos en Terezín.
Un antiguo contribuyente de las Guarderías de Hampstead donó durante un año una casa de campo en Sussex, el sudeste de Inglaterra, llamada Bulldogs Bank, donde se organizó un equipo con personal procedente de las Guarderías Hampstead y del Campo de Recepción.
Anna Freud cuenta que la llegada de estos niños contradijo todas sus expectativas, basadas en su teoría del desarrollo. Vidal subraya este punto: la distancia entre lo que esperaba la institución de los niños, y la respuesta de estos últimos.
Para Anna Freud, señala, ocuparse de estos niños era una manera de cuidar, de acoger su sufrimiento, su dolor, de ofrecerles una figura de un adulto para que ellos pudieran identificarse y crecer “adecuadamente”. Con este fin, no solo organizó un equipo con experiencia en la atención de los niños de la guerra, sino que construyó un hogar alegre y cálido para ellos, con muchos juegos.
Sin embargo, estos casos eran distintos de otros que habían acogido en las instituciones mencionadas. Eran niños que habían crecido sin familia, sin vínculos estables con adultos y, de entrada, rechazaban a estos últimos: los trataban con indiferencia o con hostilidad y solo se dirigían a ellos para lo concerniente a la satisfacción de sus necesidades. Tampoco jugaban, destrozaban todo lo que se les daba, incluido el mobiliario. Hablaban entre sí groseramente, mordían, pegaban, aullaban y se masturbaban.
El vínculo que no habían podido hacer con los adultos, lo habían hecho entre ellos -lo que contrariaba la teoría de Anna Freud, de que los vínculos entre pares o hermanos son siempre secundarios a la relación con los padres. Se mantenían juntos de tal manera que era imposible tratarlos individualmente. No permitían que nadie los separase y se ayudaban mutuamente cuando se sentían aterrorizados, sin dejar intervenir a los adultos. Un día que un cuidador tumbó accidentalmente a uno de ellos, los otros le agredieron e insultaron. Cuando comían, si alguno recibía un trozo de comida más grande, inmediatamente lo repartía con los otros. Funcionaban como si fueran uno solo.
Podemos decir que reprodujeron el comportamiento que tenían en el Lager, lo único que conocían. Allí habían sobrevivido juntos sin comida y sin juguetes. Y, así, en Bulldogs Bank no jugaban ni guardaban ningún objeto, solo la cuchara, que para ellos era vital ya que era el único objeto que los deportados podían tener en el campo. Con frecuencia hablaban sobre ella. Tampoco miraban a los adultos a los ojos –Vidal recuerda que para sobrevivir, como cuentan muchos testimonios, no había que mirar a los ojos a los soldados de la SS.
Ellos funcionaban de una manera en cierto modo “adaptada” a lo que era aún su mundo, respondían a ello, no a las expectativas de la institución, a lo que ésta esperaba de ellos –si bien al cabo de un año, cuando partieron hacia sus hogares adoptivos, habían habido importantes cambios.

Lo esperado y lo inesperado del niño
Vidal interrogará esta idea de que la institución pueda esperar a un niño, tal como Kertész afirma haber pensado cuando llegó al Lager y como vemos en Bulldogs Bank. ¿Una institución ha de esperar a un niño o ha de intentar hacerse esperar por el niño, adecuarse a lo que cada niño espera, dejarse adoptar por él?
Esta pregunta le lleva a situar dos tipos de instituciones distintas y que traduzco como la que trataría al niño como un objeto y la que reconocería en él a un sujeto. La primera, “espera” un comportamiento, según un universal; la segunda, consiente a la sorpresa, a lo inesperado del niño, a su particularidad. 
No se trata entonces de llevar el niño a la institución sino la institución al niño, o en otras palabras, según decimos ahora: la institución debe dejarse usar por él.
En este sentido, Vidal critica también que Anna Freud dejara el análisis de estos niños para más adelante, cuando los niños se hubieran separado entre sí ya que el análisis es individual: no es el niño el que tiene que adaptarse a la teoría, a la institución o al análisis, sino lo contrario. Hay que inventar siempre cómo hacer un lugar para que un sujeto pueda advenir.

Pensar la institución a partir del Lager
A partir de la distinción citada, Vidal propone entonces, siguiendo a Primo Levi, reflexionar sobre el universo concentracionario para pensar las instituciones en general y, en particular aquí las infantiles. Cuando son planteadas como universos cerrados, es decir, para todos, salvando la distancia existente con el Lager, hay cierta lógica común que las habita: el problema de las instituciones, cuando se constituyen como universos cerrados, precisa, es que la universalización que introducen para todos elimina la dimensión misma del sujeto. Tienden a funcionar como una máquina conducida por meros gestores.
Ese carácter “administrativo” es la esencia del nazismo, como Kerstéz plantea respecto a los Lager en su artículo “La cultura del holocausto” (En: Un instante de silencio en el paredón, 1998), siguiendo, entiendo, la tesis planteada en 1963 por Hanna Arendt sobre la banalidad del mal. Y eso marca la diferencia con el antisemitismo del siglo XIX.
Eichmann confesó en Jerusalén no haber sido antisemita y aunque sus declaraciones produjeron estupor o increencia, Kertész dice creerle: “Para asesinar a millones de judíos, el Estado total no necesita antisemitas, sino buenos gestores”, funcionarios que no piensan, que han dejado de ser ellos mismos sujetos para limitarse a ser instrumentos del Otro. Los niños, los adultos deportados, no cuentan: no son más que expedientes administrativos que los gestores han de tramitar para cumplir eficientemente con su deber, sin errores ni fisuras.
Ricardo Forster señala, según cita Vidal, que la esencia de los campos de concentración es un “sin nombre y sin habla. No son solamente una máquina para exterminar seres humanos, representan el fin de lo humano. (…) La maquinaria de la muerte nazi se construyó sobre la certeza de que quitar el nombre a los prisioneros haría que los asesinos se vieran como operarios de una fábrica que realizaban satisfactoriamente su labor”.
No hay duda de que la oscuridad de Auschwitz, considero, ensombrece en general no solo nuestra época sino lo que podamos imaginar de todo futuro progreso de la humanidad. No se trata me parece de deprimirnos, que es el efecto habitual a la caída de un ideal, sino de estar advertidos. En relación a este punto, señalaré muy brevemente dos cuestiones planteadas por Raúl Vidal.
Una sería prestar atención sobre cómo la universalización, la objetivación que encontramos en el funcionamiento de algunas instituciones, algunas teorías, ciertas prácticas, podrían situarse en la estela de influencia del Lager.
La otra toca al irrepresentable del horror mismo, a sus efectos sobre los sujetos, al querer olvidar, a no poder hacerlo, al deber ético de que otros puedan hablar por los que no pueden o no han podido hacerlo, por los muertos.
“En ocasiones, dice, para seguir vivo es necesario olvidar cierto recuerdo que debe delegarse a quienes están dispuestos a vivir con el riesgo de cierta memoria”. Por eso, ¿cómo entender que un analista lleve, como hace Anna Freud, un registro de todo lo dicho y hecho, lo que no permitiría el olvido?
Por otro lado, estamos, señala, en un tiempo en el que parece urgente alejarse de los muertos. Un analista no puede retroceder frente a ellos. Estamos empapados de una herencia con la que tenemos que vivir.

Pensar la clínica
Para finalizar, diré algo sobre la segunda parte del libro, “La guerra es sin los padres”, que recoge un segundo seminario de idéntico título y solo en parte continuación del primero. Aquí, Vidal hace referencia a dos textos de Anna Freud y Dorothy Burlingham, “La guerra y los niños” (1944) y “Niños sin hogar” (1945), aunque no se detiene en ellos y los deja para el debate del seminario, que no está recogido en el libro.
En esta parte, él procede a una interrogación de la clínica. Podría llamarse, se me ocurre, “pensar la clínica a partir del Lager”, o de los regímenes totalitarios.
¿Qué clínica sostienen las distintas modalidades de la práctica analítica? Él recuerda que Lacan mismo situó en 1969, la impropiedad de hablar de clínica en psicoanálisis, en tanto es un término que viene de la psiquiatría y es solidario de la ideas de psicopatología, psicodiagnóstico y tratamiento. Nosotros no trabajamos con la idea de enfermedad, de lo que se desvía o no cumple lo “orto”, sino con la de sinthome. La última enseñanza de Lacan acaba con la idea misma de “aparato psíquico”.
Al inaugurar la Sección Clínica de París, en 1977, Lacan precisa una idea distinta de la clínica: es lo que tiene como base aquello que se dice en un psicoanálisis. Y al decir estas palabras en francés, Lacan juega con dire-vent (literalmente “decir-viento”) y divan, lo que hará resonar el “decir al viento” de la asociación libre en el “diván”. Esta introducción de la homofonía aparta lo que se dice en el análisis de todo sentido “orto”, correcto: si se deja de lado este último, se puede llegar a otro sentido nuevo. En este sentido, el analista, tal y como recoge Vidal en Lacan, “no debe jamás dudar en delirar”.
Esto constituye un modo de entender la clínica en el que no hay que apresurarse nunca a entender y, menos aún, cuando se trata de lo que para el sujeto toca a cierto irrepresentable del horror y la locura.
Un analista no tiene un ser; tampoco es un experto, cuyo saber no tiene nada de supuesto, que es el que opera en el análisis. Y, en este sentido, escucha, y no se precipita a entender. Tampoco espera nada del otro, más que un sujeto pueda advenir, que una palabra pueda ser dicha, en tanto como dice Lacan el 8.3.1977, “lo real es siempre lo posible esperando escribirse”. Y eso siempre tiene que ver con lo inesperado, con la sorpresa.
Y, por ello, porque el asunto del psicoanálisis es otra cosa, en relación a la cultura, Vidal señala que al analista le conviene sentarse en el camino y no precipitarse a responder a las exigencias de esta última, sino pensar cada vez su relación con ella, que siempre está apurada, con prisas.
* Comentario a publicar en Cuadernos de Psicoanálisis nº 38, revista del Instituto del Campo Freudiano en España, Madrid: ICF, 2016.



martes, 5 de enero de 2016

UN NUEVO LECTOR, UNA LECTURA NUEVA



Portada de un libro que  Sigmund Freud tenía en su biblioteca



La relación entre el psicoanalista y la lectura ha sido puesta de relieve y abordada desde los inicios del psicoanálisis. Por ello, con frecuencia se apela a la importancia de esta última en la formación del analista, incluso en su producción. No podría ser de otro modo en tanto el síntoma analítico, como el inconsciente, tal como abordé en un trabajo anterior (1), es algo que se lee.

Pero, ésta no es la única dimensión de la lectura convocada en relación al analista. Hay otra que compete a su sentido más común de recorrido por los textos fundamentales del psicoanálisis, es decir, a la interpretación textual. En este sentido, Freud, Lacan, Miller están considerados como grandes lectores. Las múltiples referencias que encontramos en sus textos, así como lo que sabemos de sus bibliotecas, testimonian de ello.
Me propongo abordar aquí esta dimensión de la lectura del psicoanalista, a petición de la revista Freudiana, que celebra ahora su aniversario: 25 años, 75 números. Para ello, tomaré algunos testimonios, comentarios y referencias que nos hablan de la relación de estos analistas magistrales con ella.

Freud lector
En La interpretación de los sueños, Freud se describe como un apasionado bibliófilo pero, también, como un “gusano de biblioteca” (2). Ambas pasiones, de raíz infantil, le llevaron a reunir con el tiempo una nutrida biblioteca de casi cuatro mil volúmenes cuyo contenido abarcaba desde la medicina, la psiquiatría o la neurología hasta distintos campos de las llamadas humanidades, así como de la psicología y el psicoanálisis (3).
Podemos ver esta biblioteca como una ilustración de la universitas literarum  que, en 1917, él mismo consideraba indispensable para la formación del analista (4). Este último debería tener un conocimiento del universo literario, entendido como el conjunto de la literatura existente, lo que incluía por  tanto obras de ciencias y de letras.
En 1938, cuando la Anschluss de Austria al Tercer Reich le compelen a abandonar Viena, Freud intenta exportar a Londres, con la ayuda de María Bonaparte, su colección de antigüedades y su biblioteca. Antes de obtener el permiso para ello, y con la incertidumbre de lograrlo, su hija Anna empezó a trasladar uno a uno, en su maleta, algunos de sus volúmenes.
Cuando obtuvo finalmente la autorización y llegó el momento del traslado, Freud sin embargo no trasladó todas sus obras sino que entregó a un librero para su venta el conjunto de la literatura psiquiátrica y neurológica, lo que constituía casi un tercio de las obras.
Un análisis del catálogo de la biblioteca de Freud permite colegir que el fundador del psicoanálisis eligió llevarse al exilio solo las obras psicoanalíticas y las de humanidades (5). Ellas le acompañarán hasta el final de sus días.
Dicha elección parece acorde con otra declaración, posterior a la citada, acerca asimismo de la formación del analista. En 1926, al abrirse en Viena una causa judicial contra Theodor Reik por ejercer el psicoanálisis sin ser médico, Freud había señalado que los estudios de medicina no eran una condición, mientras que la falta de una buena orientación en los campos de la “historia del cultura, mitología, psicología de la religión y ciencia de la literatura”, dejaban al analista inerme frente a gran parte de su material. De nada le servirá para sus fines el grueso de lo que se enseña en la escuela de medicina. (…) Al analista, en cambio, su experiencia le lleva a otro universo, con otros fenómenos y leyes” (6).
Este otro universo, con sus propios fenómenos y leyes, se constituye como consecuencia de su lectura del síntoma, a partir de la histeria, muy distinta a la concepción imperante en la psiquiatría de su época y que le lleva a descubrir el inconsciente. Es una lectura del síntoma a partir del símbolo, es decir, del lenguaje.
El caso Cecilia es un ejemplo temprano y excelente, según él mismo señala, de que la génesis del síntoma está mediatizada por el orden simbólico (7): una afrenta vivida por la paciente como una bofetada es la causa de una neuralgia facial que “desafiaba cualquier tipo de terapia”. Solo la verbalización del conflicto inconsciente, que tiene lugar en el análisis, deshace el nudo del síntoma y resuelve este último.
Poco después, Freud avanza que el sueño es un rebus (8), un jeroglífico. Esto quiere decir que no se debe atender al significado de sus imágenes sino que éstas deben ser escuchadas por su valor fonético, es decir, como si se leyeran. Se trata de una escucha de la palabra que permite leer en ella una escritura.
Voy a detenerme brevemente aquí. Una imagen deviene una escritura cuando se usa a modo de signo para significar “algo para alguien”, según la definición de Peirce (9). Pero estos signos, pictogramas simples, están aún muy vinculados a la imagen de la cosa, a su percepto visual (10); implican un primer borramiento suyo, una primera transcripción. Cada uno remite entonces a un significado concreto, como vemos en las señales de tráfico, lo que limita la transmisión de ideas complejas.
Por ello, se considera esencial para el desarrollo de la escritura el descubrimiento del principio del jeroglífico, según el cual un símbolo pictográfico puede ser usado no por su referencia visual directa, que se pierde, sino por su valor fonético (11). Así, por ejemplo, una analizante relata un sueño donde ve a un hombre que le gusta pero, al darse cuenta de que cojea, se angustia. En lo que dice del sueño, “cuando veo que es cojo me angustio”, se escucha: “Cuando veo que escojo me angustio” (12).
El descubrimiento del principio jeroglífico marca el paso de las protoescrituras a la escritura plena, o a la escritura propiamente dicha, que requiere una segunda transcripción, un doble borramiento de la cosa, en el que se diluye el lazo estable del signo con el significado constituido al nivel del signo. Esto pone en juego un nivel más complejo del sistema simbólico, por así decir, un segundo grado. Y nos enseña que la lectura precede a la escritura, o lo que es lo mismo (13), que para escribir hay que saber leer.
Volviendo a la Traumdeutung, Freud añade que “nuestros predecesores en el campo de la interpretación de los sueños cometieron el error de juzgar la pictografía como composición pictórica”, es decir, de leerla como un signo vinculado a un significado mientras que el principio jeroglífico aplicado a ella desanuda ese lazo necesario entre ambos. “Como tal, les pareció absurda y carente de valor” (14).
Esta teoría sobre la formación del sueño se extenderá después a la formación del síntoma.

La lectura de Lacan
En 1981, J.-A. Miller concede una entrevista sobre la “lectura de Lacan”. La ambigüedad introducida por el genitivo en el título posibilita leerlo de dos modos: como la lectura que hizo el propio Lacan y como la lectura que Miller, así como cada uno de nosotros, hacemos de sus textos (15).

Lacan lector de Freud
En su entrevista, Miller señala que Lacan se interesó por leer directamente los textos de Freud en un momento en que ello no parecía indispensable para la formación del analista. Al contrario, se consideraba que dicha lectura podía sustituirse por la de algunos manuales al uso en la época –y ahora completamente olvidados. Ese interés le llevará a lo que él mismo calificó en 1955 como un retorno a Freud (16), una lectura guiada por la búsqueda del verdadero sentido del psicoanálisis: “El sentido de un retorno es un retorno al sentido de Freud en tanto su descubrimiento pone en cuestión la verdad y no hay nadie a quien la verdad no le incumba personalmente” (17).
Pero, si bien Lacan se situó en relación a Freud dándole un lugar de referencia (18), no se atuvo solo a las referencias utilizadas por él, no se consagró –señala Miller- a edificar el “museo Freud” (19). El sintagma “retorno a Freud”, entonces, resulta ambiguo y pide ser precisado.
El retorno anunciado por Lacan a los caminos de la letra (20) freudiana participa de una lectura literal de los textos del fundador del psicoanálisis. “Basta con abrir los libros de Freud en cualquier página para quedar sorprendido ante el hecho de que sólo se trata del lenguaje en lo que él nos descubre de lo inconsciente”. La lectura de los textos freudianos tiene en sí misma, según Lacan, valor de formación (21).
Pero Lacan no se limitará a leer detalladamente dichos textos como si constituyeran una “fuente impoluta del saber” de la que bastaría beber (22). Miller señala que dicho retorno comporta por el contrario un trabajo de reactualización de todas las referencias freudianas. Esto permite una lectura inédita.
En los años 50, Lacan lee a Freud con las herramientas aportadas por la lingüística moderna, es decir, con los descubrimientos de Saussure y de Jakobson, que conoció a través de la lectura estructural de Lévi-Strauss. Si la originalidad de Freud es el recurso a la letra (23), él tomará asimismo sus caminos para alcanzar la verdad freudiana.
Freud había abordado el descifrado del sueño como la lectura de un jeroglífico. Lacan precisará que las figuras empleadas en su cifrado solo tienen que ser considerados por su valor significante (24) -y éste siempre remite, al menos, a dos significados. La verdad habla y eso hay que tomarlo al pie de la letra, haciendo una lectura de lo que se dice al modo que opera el rebus (25). Gracias a esta lectura toma forma la tesis de que “El inconsciente está estructurado como un lenguaje”. De esta tesis se sigue que “si el inconsciente puede leerse es porque el síntoma está inscrito en un proceso de escritura”, “está determinado por una estructura significante que lo determina” (26).
El retorno a Freud se acompaña de un llamado a una dimensión de las ciencias que Freud había dejado de lado: primero, la lingüística, y, luego, la lógica y las matemáticas. En este retorno, la obra freudiana queda renovada por estas lecturas que no constituyen referencias solo en el sentido bibliográfico sino que se erigen como las referencias mismas del discurso analítico.
La lectura de Lacan aproxima la verdad freudiana pero no de una manera conservadora sino profundamente innovadora. Él mismo deviene a través suyo ese nuevo lector a quien se dirige en la "Obertura" de sus Escritos (27): un lector que pone de su parte (28), lo que requiere una posición ante el texto e introduce una ética de lectura.

Leer a Lacan
Miller lector de Lacan
En su entrevista, Miller señala que no entró en la enseñanza de Lacan a través del Seminario, como la mayoría de los que le seguían, sino de los Escritos, es decir, de la lectura. Esto le convirtió en lector de Lacan, lo que es desde entonces, si bien su posición de lectura ya no sea la misma.
Hay escritos como “Variantes de la cura-tipo” o “La dirección de la cura”, que introducen un verdadero cuestionamiento de las tesis de ciertos autores de la tradición analítica. Al inicio, Miller declara haberlos leído sin remitirse a estos últimos. Esto le permitía hacer una lectura no exenta de consistencia, pero no la misma que cuando, más tarde, volvió a leer dichos textos sin eludir sus referencias.
Aunque no sea necesario leer todo lo que Lacan ha leído, incluso sea imposible, y el uso por parte de Lacan de las referencias varíe de importancia (29), Miller da un consejo de lectura mínimo: no podemos dejar de leer a estos autores a los que responden los escritos de Lacan, por el hecho de que sus tesis fueron superadas por él. No podemos estar de vuelta sin haber ido. No podemos ahorrarnos ese esfuerzo ni esa experiencia: hay que remitirse a ellos.
La enseñanza de Lacan transforma a sus lectores. Podemos precisar, que transforma a los que saben leer bien, como Lacan mismo hizo con los textos freudianos o como Miller hizo con los suyos. De este último, dijo: “Es aquel que me interroga, el que sabe leerme” (30).
“Lacan –señala Miller- me prendió con el saber leer, al menos con el saber leer a Lacan (…) y por ello la cuestión del saber leer tiene todas las razones para importarme” (31).
El trabajo de establecimiento del Seminario de Lacan que lleva a cabo requiere, dice, un trabajo de interpretación de un texto que no existe. Solo hay distintas estenografías. Miller señala que él no sostuvo ningún ideal de archivista, de comparación entre estas últimas. Quiso obtener textos seguros, pero legibles, tratando de que la parte que pone el lector, que él es, esté presente en ellos lo menos posible, aunque sea “una parte que convino a Lacan”, quien lo designó para tal tarea, “y que es siempre la misma” (32).
Hay entonces una diferencia entre la lectura del Seminario y la de los Escritos. Si los distintos volúmenes del Seminario, no han estado redactados por Lacan, los Escritos, sí. La redacción de estos últimos responde en cada caso a las dificultades que Lacan encuentra en su Seminario para dar cuenta de uno u otro punto. Entonces, los escritos siempre son más complejos de leer. Evolucionan de manera digresiva pero, de repente, el párrafo se cierra lo que cambia la velocidad de lectura. La dificultad está localizada en ciertos párrafos. Y , cuando se topa con ella, no hay otra salida para resolverla que la entrada en el escrito.
Hay que “hacer responder al texto por las preguntas que plantea”, señala Lacan (33). “El texto pregunta y el texto responde”, agrega más tarde Miller. “Y las preguntas que pensamos plantearle, en realidad es el mismo texto el que nos las hace. Y las respuestas no son nuestras respuestas, sino las que buscamos en el texto mismo” (34). Por eso, añade que la lectura de los Escritos tiene un colofón de certeza (35).

Lacan habla de los que le leen
Hay muchas maneras de ponerse delante de un texto y de hacer como que se lee. Lacan no escatimó comentarios irónicos al respecto. A veces, dice, no se lee porque se cree que ya se sabe de memoria lo que dicen los textos (36). O se hace como que se lee, pero en realidad se quiere corroborar lo que ya se sabe, un sentido dado.
Este mismo “ya sabido” lo encontramos también a veces en las publicaciones analíticas. Puede parecer que la intención de muchas de ellas es reiterar lo que ya se sabe, “permanecer exactamente en los límites de lo que ya se ha dicho” y “probar que quien lo firma es no-nulo, capaz de escribir lo que todo el mundo escribe”. Ésta podría ser otra manera de entender que la escritura, en su dimensión significante, es secundaria a la lectura, que no hay innovación en la escritura sino se hace un buen ejercicio de lectura, aunque sea de la propia experiencia.
Entonces, me parece que leer un texto, un párrafo, una frase, es algo que hay que hacer poniendo distancia con lo ya sabido, con el sentido previo, al modo del consejo freudiano de escuchar cada caso como si fuera el primero. Saber leer como saber escuchar, saber leer en lo que se escucha, es un aprendizaje que requiere cierto desaprendizaje, cierto desprejuicio, un olvido momentáneo de lo ya sabido de la teoría, de cualquier sentido previo.
En distintas ocasiones, Lacan se referirá a las lecturas que otros, incluso sus propios discípulos, hacen de sus textos, criticando por ejemplo que digan leerlo y se apoyen en sus términos para decir lo contrario, como hace en 1967 Olivier Flournoy empleando de otro modo el término “intersubjetividad” en un informe sobre la transferencia (37); o como hizo en 1964, su ex-alumno Jean Laplanche, traduciendo impropiamente su tesis según la cual  “el lenguaje es la condición del inconsciente” como “el inconsciente es la condición del lenguaje” (38).
En 1972, sin embargo, alaba a Phillippe Lacoue-Labarthe y Jean-Luc Nancy (39), dos filósofos próximos a Derrida, quienes en su obra El título de la letra demuestran que, aún estando declaradamente en contra suya, han sabido leerle (40), cosa que lamenta no haber obtenido nunca de sus allegados.
¿Es la transferencia negativa condición de lectura en tanto asegura la desuposición de saber? Lacan subraya la transferencia más que el afecto. No basta solo con desuponer el saber al autor, en algún punto tiene que suponérsele algún saber para interesarse en su lectura. Para poder extraer la enunciación en juego en el texto es necesaria entonces la transferencia.
Quiero concluir con una cita temprana de Lacan en la que hace un paralelismo entre la lectura y el análisis: “Comentar un texto es como hacer un análisis” (41). Podemos pensar que la clave de lectura la proporciona el punto al que se ha llegado en el propio análisis: uno lee con la identificación, con el fantasma.... Y cada vuelta dada en el análisis, permite comprender la teoría, darle una vuelta más.
No importa entonces lo mucho que se lea sino cómo se lee. Y en eso no hay atajo posible. Es imprescindible primero, como vimos, la transferencia con el autor, pero una transferencia operativa, que permita trabajar, es decir, tener una posición de lectura, cierta separación.
Y, luego, son necesarias las vueltas de un análisis para poder desalinearse del texto, separarse del sentido, del fantasma y del goce que obstaculizan la lectura, para poner el goce que queda a su servicio, al servicio del deseo de lectura. Y devenir entonces un nuevo lector que pueda hacer con su lectura algo propio, algo nuevo.
* Artículo publicado en Freudiana, revista de la Comunidad de Catalunya ELP, nº 75. Barcelona, febrero de 2016.

Notas
1. Álvarez, M., “La lectura del psicoanalista”, en X Conversación de la ELP: La autorización del psicoanalista y su formación, Barcelona, ELP, 2009. Disponible también en este blog: http://www.elblogdemargaritaalvarez.com/2010/01/psicoanalisis-y-letra-ii-la-lectura-del.html
2. Freud, Sigmund, “Sueño de la monografía botánica”, en La interpretación de los sueños (1900), Obras Completas, Buenos Aires, Amorrortu Editores, vol. IV, cap. V, apartado A, p. 189.
3. Freud’s Library. A comprensive Catalogue. Compiled and edited by Bearbeit und herausgegeben von J. Keith Davies – Gerard Fichtner. The Freud Museum of London, Edition diskord, Tübingen, 2005.
4. Freud, Sigmund, “¿Debe enseñarse el psicoanálisis en la universidad?” (1917), en Obras Completas, vol. XVII, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1986, p. 171.
5. Según el catálogo (Ver n.3), finalizado y publicado en 1995, la biblioteca de Freud contaba con 3725 volúmenes: 994 de Humanidades (447 de Arqueología e Historia del Arte, 160 de Religión, y 372 de Literatura y Filosofía) y 2731 de Medicina y Ciencias Naturales (447 de Medicina, 849 de Neurología y Psiquiatría, 1242 de Psicoanálisis y Psicoterapia y 518 de Psicología y Ciencias Naturales). Un tercio de estas obras representaría aproximadamente unos 1241 libros, es decir, la suma del conjunto de libros de Medicina, Neurología y Psiquiatría.
6. Freud, Sigmund, “¿Pueden los legos ejercer el psicoanálisis? Diálogo con un juez imparcial” (1926), en Obras Completas, vol. XX, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1986, pp. 230-1.
7. Breuer, Joseph, Freud, Sigmund, “Estudios sobre la histeria” (1893-1895), en Obras Completas, vol. II, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1985, pp. 189-95.

8. Freud utiliza esta expresión originalmente en francés entre paréntesis, al lado de Bilderrätsel, jeroglífico, en “Die Traumdeutung Über den Traum”, Gesammelte Werke II/III, Germany, S. Fischer Verlag, 1998, p. 284. La traducción española de José Luis Etcheverry lo mantiene: “La interpretación de los sueños”, en Obras Completas, vol. IV, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1979, p. 286.
9. Peirce, Charles Sander, El hombre y su signo, Barcelona, Crítica, 1988.
10. Gubern, Roman, Del bisonte a la realidad virtual. La escena y el laberinto, Barcelona, Anagrama, 1996, p. 22.
11. Álvarez, Margarita, “Sobre el origen de la escritura: Del pictograma a la letra”, en Cursor, boletín de la Sección de Catalunya de la EEP, Barcelona, 1998.
12. Álvarez, M., “La lectura del psicoanalista”, op. cit.
13. Manguel, Albert, Una historia de la lectura, Madrid, Alianza Editorial, 1998.
14. Freud, Sigmund, “La interpretación de los sueños”, op. cit., vol. IV, p. 286.
15. "Entretien à J.-A. Miller sur la lecture de Lacan", por Serge André, Yves Depelsenaire et Christian Vereecken, realizada el 13.5.1981 y publicada en Litura 4/5 en noviembre de ese mismo año.
16. Lacan, Jacques, “La cosa freudiana o sentido del retorno a Freud en psicoanálisis” (1956), En Escritos, t. I, México, 1984, p. 384.
17. Op. cit., p. 388.
18. Miller, Jacques-Alain, “Las referencias del seminario La angustia, piezas sueltas”, en La angustia. Introducción al Seminario X de Jacques Lacan, Madrid, ELP-Gredos, 2007, pp. 131-2.
19.  “Entretien sur la lecture de Lacan”, op. cit..
20. Lacan, Jacques, “La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud” (1957), en Escritos, México: siglo XXI Editores, 1984, p. 489.
21. Lacan, Jacques, “De la lectura de Freud”, en Robert Georgin, Lacan, Buenos Aires, Nueva Visión, 1988, pp. 10 y 12.
22.  “Entretien sur la lecture de Lacan”, op. cit..
23. Lacan, Jacques: El Seminario, libro III: Las psicosis (19955-1956), Buenos Aires, Paidós, 1984, p. 345.
24. Lacan, Jacques, “La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud”, en Escritos 1, op. cit., p. 490.
25. Lacan, Jacques, “La cosa freudiana…”, op. cit., p. 393.
26. Lacan, Jacques, “El psicoanálisis y su enseñanza”, en Escritos 1, op. cit., pp. 426-429.
27. Lacan Jacques, “Obertura de esta recopilación” (1966), en Escritos 1, op. cit., vol. I, p. 3.
28. Op. cit., p. 4.
29. Miller, Jacques-Alain, “Las referencias del seminario La angustia…”, op. cit..
30. Lacan, Jacques, “Televisión”, op. cit.
31. Miller, Jacques-Alain, “Leer un síntoma”:
 http://ampblog2006.blogspot.com.es/2011/07/leer-un-sintoma-por-jacques-alain.html
32.  “Entretien sur la lecture de Lacan”, op. cit.
33. Lacan, Jacques, “Respuesta al comentario de Jean Hyppolite sobre la Verneinung de Freud” (1954), en Escritos 1, op. cit., pp. 366-7.
34. Miller, Jacques-Alain, “Introducción a ‘Variantes de la cura tipo”, en Umbrales del análisis I, Buenos Aires, Manantial, 1986.
35. “Entretien sur la lecture de Lacan”, op. cit..
36. Lacan, Jacques, Las psicosis, op. cit., p. 297.
37. Lacan, Jacques, El Seminario, libro XV: El acto analítico (1967-8), clase del 22 de noviembre de 1967. Inédito.
38. Lacan, Jacques, El Seminario, libro XVII: El reverso del psicoanálisis (1969-70), Barcelona, 1992, p. 43.
39. Lacoue-Labarthe, Philippe y Nancy, Jean-Luc, El título de la letra. Una lectura de Lacan. Buenos Aires, Serie Crítica analítica, 1981.
40. Lacan, Jacques, El Seminario, libro XX: Aún (1972-3), Buenos Aires, Paidós, pp. 80-1.
41. Lacan, Jacques, El Seminario, libro I: Los escritos técnicos de Freud, Buenos Aires, Paidós, 1981, p. 120.