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lunes, 1 de julio de 2019

PAREJA: ¿SINTOMA O ESTRAGO?

Francesca da Rimini y Paolo Malatesta vistos por Dante y Virgilio, de Ary Scheffer
Sigmund Freud descubrió el sentido sexual de los síntomas pero al descifrarlos comprobó que no todo lo sexual tenía representación en el inconsciente. La diferencia sexual se inscribía en términos fálicos y no había una representación específica de la mujer. 
También descubrió que la llamada sexualidad se rige por la pulsión, que es autoerótica y parcial, lo que objeta toda idea de una satisfacción plena. 
Ambas cuestiones, la falta de representación de la mujer y el autoerotismo y parcialidad de la pulsión, anticiparán lo ilusorio de una complementariedad o de una relación armónica entre los sexos tal como subrayará la última enseñanza de Jacques Lacan. En el seno de la pareja encontramos el autoerotismo la disimetría, lo no-complementario. El malestar cuando no la discordia entre los sexos se revelarán estructurales. 
Los sintagmas “La mujer no existe” y “No hay relación sexual” ordenan esta última enseñanza. Si la sexualidad está en el centro del inconsciente es en tanto es una falta, y ahí surgen los impasses del goce sexual (1), cuyo abordaje obligará a Lacan a poner en juego instrumentos nuevos: la lógica del todo fálico y del no-todo fálico (2). Ellos nos enseñan que cada sexo juega su partida con un partenaire privilegiado en su inconsciente, lo que condicionará las relaciones con la pareja de la realidad. Es pues por esta vía que me propongo abordar el tema de esta línea de trabajo.

La ausencia del Otro
A principios de los 70, Lacan plantea que es imposible definir lo que es el hombre y la mujer (3): en tanto lo que se escribe es el falo hay un real del goce femenino, suplementario al fálico, que queda indeterminado. Si para las mujeres no cuenta la amenaza de castración del padre edípico, el acceso a dicha castración se sitúa a partir de un real que es la inexistencia de una excepción que diga “no” a la función fálica, tal como Lacan sitúa en las fórmulas de la sexuación (4), es decir, del imposible como causa.
Ese padre irrealizado, ese Otro ausente, constituye el real propio de las mujeres, cuyo goce se sitúa así “entre centro y ausencia” (5), es decir, entre el goce fálico y el goce propiamente femenino. Pero Lacan precisa que este goce-ausencia (6), esa desaparición no es privilegio del sexo femenino y sitúa un agujero real: “El Otro está ausente desde el momento en que está en juego la relación sexual” (7): no existe el goce del cuerpo del Otro, solo se goza mentalmente de él.
Las dos posiciones sexuadas constituyen dos maneras de situarse ante este real del sexo que lalenguano puede articular (8) así como dos tratamientos, dos maneras de gozar. Cada una da un acceso prevalente al Otro mediante unpartenaireprivilegiado: del lado hombre, el acceso es a través del goce mediante el objetoaque encuentra en una mujer y que le remite al goce de órgano, del cuerpo propio; del lado mujer, el acceso al Otro se produce especialmente por medio del amor; es una relación más directa con S(A/), que elude el cuerpo, el objeto y se aferra a la palabra (9). 
Según el partenaire con el que el sujeto del inconsciente juega su partida, o S(A/), con el que trata, tapona el agujero real del sexo, la relación de pareja para un sujeto se podrá situar en la vertiente del síntoma o en la vertiente del estrago (10).

Del lado hombre, un sinthome
En 1975, Lacan se pregunta qué es una mujer para aquel que está estorbado por el falo, es decir para aquel que se sitúa en el lado derecho de las fórmulas. Y responde que una mujer es un síntoma (11). No dice que toda mujer lo sea -en tanto que en el lado izquierdo al no existir una excepción no se puede decir “toda mujer”.
Si el hombre solo tiene acceso al Otro mediante el objeto a, que encuentra en una mujer, Lacan afirma que esto no hace que ella “sea más un objeto  de lo que pueda serlo un hombre”Por otro lado, ella también “tiene sus objetos, los hijos de los que se ocupa”. 
Se trata de hacer de ella un síntoma, lo cual conlleva situarla en relación al goce fálico, del que a menudo se dice que no la concierne. 
El síntoma en este seminario pasa a ser considerado en su doble lazo con el goce y con el inconsciente: “El síntoma es la manera en que cada uno goza del inconsciente en tanto que el inconsciente lo determina” (12). En este sentido exsiste al saber inconsciente y está en el mismo lugar topológico que una mujer. 
La mujer, como el síntoma, es algo en lo que se creese cree que es capaz de decirnos algo y que solo hay que descifrarlo. Sin embargo, puede ocurrir que para creer en ella, se la crea, se crea en lo que dice, lo que funciona como tapón de la inexistencia de la mujer y de la relación sexual. “Es lo que se llama amor (13)”. 
Creer lo que dice da al amor ese aire de locura que constituye el lado cómico del amor, aunque Lacan subraya su valor en tanto permite fracturar el muro de la no-relación sexual y no sentirse solo, si bien “dura poco tiempo”.
Se trata de que el hombre pueda creer en una mujer sin hacer de ella La mujer, es decir, sin situarla en un lugar de excepción. En la medida en que puede hacerlo puede abrirse a la contingencia del encuentro con una y anudar así su goce sintomáticamente al Otro. 
En el Seminario 23, Lacan sitúa la función de anudamiento del sinthomeen relación al agujero del Otro sexo, que una mujer también presentifica. En este sentido son equiparables.
El sinthome repara el lapsus del nudo, “ese lapsus sobre el que se establece la noción misma de inconsciente”. Cuando lo repara en el mismo sitio donde se ha producido el lapsus (14), eso no da una equivalencia pero hace que haya relación. Si lo llevamos a la relación entre los sexos, el sinthome hace que haya relación allí donde no la hayEso le lleva a afirmar que “el sinthome es el sexo al que no pertenezco, una mujer” (15). 
La mujer pasa a ser sinthome para el hombre pero al no haber equivalencia esto no es recíproco: “Puede decirse que el hombre es para la mujer todo lo que les guste, a saber, una aflicción, peor que un sinthome.(…) Incluso un estrago”.

Del lado mujer, lo singular de un confin
Freud había planteado el Penisneid como un tope en el análisis de una mujer, quien quedaba condenada a reclamar/esperar un pene o un sustituto suyo. Luego, con el primer Lacan, se tratará de obtener un significante que dijera su ser y la proveyera de una consistencia que no tenía. La demanda de amor, y su retorno, marcarán con el sesgo del exceso y de lo ilimitado la relación de la mujer con la madre y luego el padre y el hombre, quienes siempre vendrán a ocupar ese lugar en segundo término (16). Se trata de la relación de la mujer con S(A/).
La clínica del estrago no deja, ayer y hoy, de darnos numerosos ejemplos. Pero su abordaje permanece sin solución si consideramos la cuestión desde la lógica edípica o desde la relación de la niña con la madre o con el padre, podemos decir desde lo fantasmático, desde la vertiente significante.
De lo que se trata es de la relación de la mujer con aquella parte de su goce que se sitúa fuera de la medida fálica, es decir, del goce femenino como real fuera de sentido. El estrago no es otra cosa que el reverso del amor y uno de las manifestaciones posibles del goce femenino. Lacan lo leerá también con la lógica del no-todo, no solo para entender su fenomenología y su estructura sino también para pensar su “tratamiento”, que requiere la introducción de un límite. 
En “El atolondradicho”, Lacan se pregunta qué ocurre del lado mujer donde no existe una excepción que diga “no” a la función fálica, es decir, donde la función fálica, significante, no regula todo el goce. (17). Y sitúa un confín en el cuantor de la inexistencia: el “no hay”, lo imposible como causa, es el último límite, un límite real. 
Se trata de que “lo singular de un confín” venga a acotar lo real del goce femenino de una manera distinta a como lo hace el límite fálico. Esto queda a cuenta del cuantor de la inexistencia, es decir, de lo imposible como causa. 
Poner en causa lo imposible del lado femenino posibilita acotar el exceso de goce alrededor del agujero real del sexo lo que implica un límite singular al sin-límite estructural. Ello puede permitirle ser síntoma de otro cuerpo (18), y a través suyo, salir de la mortificación del estrago para desembrollarse mejor con la división de su goce.
* Texto de presentación de las 18 Jornadas de la ELP: "La discordia entre los sexos a la luz del psicoanálisis", a celebrar en Valencia los días 23 y 23 de noviembre de 2019. http://discordia.jornadaselp.com



 Notas
1. Lacan, Jacques, Hablo a las paredes, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 40.
2. Lacan, Jacques, El Seminario, libro 20: Aún, Paidós, Buenos Aires, 1989.
3. Lacan, Jacques, Hablo a las paredes, op. cit., p. 40.
4. Lacan, Jacques, El Seminario, libro 20: Aún, op. cit., cap. 7.
5. Lacan, Jacques, El Seminario, libro 19: … o peor, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 119.
6. Ibid., p. 202.
7. Ibid., p. 102.
8. Lacan, Jacques, Hablo a las paredes, op. cit., p. 68.
9. Miller, Jacques-Alain, El partenaire-sintoma, Paidós, Buenos Aires, 2008, p. 275.
10. Lacan, Jacques, El Seminario, libro 23: El sinthome,Paidós, Buenos Aires, 2006, p. 99.
11. Lacan, Jacques, “Le Séminaire de Jacques Lacan: RSI”, cours 21 janvier 1975, Ornicar?, Bulletín periódique du Champ freudien, nº 3, Lyse, Paris, mayo de 1975.
12. Lacan, Jacques, “Le Séminaire de Jacques Lacan: RSI”, cours 18 février 1975, Ornicar?, Bulletín periódique du Champ freudien, nº 4, Lyse, Paris, 1975.
13. Lacan, Jacques, “Le Séminaire de Jacques Lacan: RSI”, clase del 21 de enero de 1975, op. cit.
14. Lacan, Jacques, El Seminario, libro 23: El sinthome, op. cit., pp. 95-6.
15. Ibid., p. 99.
16. Lacan, Jacques, “El atolondradicho”, Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, p. 489.
17. Ibid., p. 490.
18. Lacan, Jacques, “Joyce el sintoma”, Otros escritos, op. cit., p. 595.
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jueves, 1 de abril de 2010

EL AMOR, VALENTIA ANTE FATAL DESTINO




¿Es natural la sexualidad humana?
Muchas veces oímos defender que la sexualidad es algo natural. Sin embargo, no es cierto: no tiene nada de natural. Voy a dar algunas razones de ello.
En primer lugar, no podemos decir que la sexualidad sea algo natural en tanto no encontramos, como en el mundo animal, un funcionamiento instintivo,  un saber innato sobre cuál es el compañero que le toca (el individuo del otro sexo de la especie, ya sea la hembra más fértil o el macho más fuerte), sobre cuándo tener relaciones (en época de celo), y sobre cómo tenerlas (rituales de apareamiento comunes a los individuos de una misma especie).
En relación a esto, la sexualidad animal es fundamentalmente reproductiva, cosa que no podemos decir de la sexualidad humana. Si bien hasta hace poco los niños solo nacían si había acto sexual, no podemos afirmar que la mayor parte de los individuos hayan tenido, o tengan, relaciones fundamentalmente para contribuir a la reproducción de la especie –lo digan o no lo digan, lo reconozcan o lo callen o defiendan justo lo contrario.
Y, ahora, que se tienen menos hijos o que pueden tenerse de otro modo que a través del acto sexual, no se ha dejado por ello de tener relaciones sexuales –más bien parece que han aumentado. Simplemente el hecho de que la sexualidad humana se vaya separando progresivamente de la reproducción hace más patente que en algun momento de la evolución que no conocemos, y seguramente no podremos reconstruir, el ser humano comenzó a hablar, y desde entonces se separó, y separó su sexualidad, de la naturaleza, para entrar, y hacerla entrar en un mundo simbólico.
Sabemos de la gran variabilidad de la conducta sexual humana, en relación al mundo animal, cuestión que sin duda tampoco responde a ninguna necesidad de preservación de la especie.

La sexualidad es una construcción particular
El hecho de que un sujeto pueda requerir para poner en marcha el deseo algo tan poco natural como es la presencia de un fetiche, es decir, que el partenaire lleve puestos por ejemplo unos zapatos determinados, no puede referirse a ninguna necesidad vital de la especie ni, tampoco, del individuo.
Es una conducta simbólica. Sin embargo, esto no quiere decir que esté determinada por el ambiente, entendiendo por este último las coordenadas simbólicas o imaginarias que cada sociedad o cultura marcan, en este caso en relación al comportamiento sexual. Si fuera así, el resto de los individuos de esa misma cultura,  sociedad o familia serían irremisiblemente fetichistas sexuales. Y esto no se verifica.
El fetichismo sexual viene determinado por las particularidades de la historia subjetiva, en concreto, por cómo se produjo para el sujeto el encuentro con la sexualidad.
Pero el hecho de que el modo de satisfacción de un individuo esté determinado por la sexualidad infantil no es algo exclusivo del fetichismo. Ocurre así en todos los casos: solo que para cada uno ese encuentro con la excitación en el cuerpo, con la satisfacción…, sucede azarosamente, de un modo contingente, dejando como saldo una modalidad de goce y una interpretación totalmente particulares. Por mucho que se parezcan a las de otros nunca son iguales.
Entonces, la sexualidad humana es el resultado de una historia y, por tanto, una construcción. En lugar de lo universal encontramos lo particular, en lugar de la necesidad, el azar, la contingencia.
Sin embargo, la marcas contingentes del modo que sucedió el encuentro, de lo que el niño experimentó, de lo que pudo pensar al respecto, una vez quedan fijadas, inscritas en la memoria inconsciente de manera inalterable se vuelven necesarias y condicionan después, a partir de la adolescencia, el encuentro sexual para el sujeto.
Estas marcas no son necesarias desde el punto de vista de lo que llamamos “necesidad”, siempre vinculada a la supervivencia (alimentación, sueño…). Hablamos de una necesidad lógica: tiene que estar presentes siempre para que se ponga en marcha el deseo. Se han convertido en su “condición” erótica: “Si ‘no p’, ‘no x”. Y yacen escondidas en todas sus fantasías eróticas.

El partenaire sexual
El sujeto, sin saberlo, irá a buscar esas marcas en el otro para convertirlo en su partenaire erótico. El hecho de enamorarse o no de alguien no tiene que ver con sus cualidades objetivas sino con el hecho de haber encontrado en él algún rasgo que permita al sujeto identificar en él esas marcas de su propio inconsciente.
Como estas marcas son totalmente particulares y no coinciden con las de los otros, por muy próximos que sean, a veces, nos cuesta entender sus elecciones.
Lo que gusta a uno, desagrada a otro o le es indiferente. Sobre gustos se dice, no hay nada escrito. Sin embargo, podemos decir, que para cada uno sí está escrito “su gusto”, es decir, las marcas de goce que fijan sus condiciones eróticas.
Y en ese sentido podemos decir que el amor es ciego, porque uno no sabe lo que elige, se convence de que su elección responde a cualquier otra cosa, con frecuencia del orden del ideal: la inteligencia, la belleza... Pero, por lo mismo, podemos decir que el amor –el enamoramiento- en realidad es lúcido, porque sabe lo que elige, nuestro inconsciente sabe lo que nuestra conciencia ignora.
El enamoramiento mutuo se sostiene del encuentro entre dos saberes inconscientes. De ahí, la frase que he tomado como título, que no es mía sino de J. Lacan: “El amor es valentía ante fatal destino”.
El problema es que se elige al otro por un rasgo que funciona como condición erótica y pone en marcha el deseo, pero luego hay que relacionarse con todas las otras características del otro. Y no siempre es posible.
A veces la relación se sostiene con la ayuda del amor, entendido ahora no solo en el sentido pasional del enamoramiento sino en el del vínculo con el otro. El amor ayuda a la decisión de sostener la relación con ese otro que causa nuestro deseo porque hay algo en él que remite al fatal “destino” de nuestras condiciones eróticas, deseo en los momentos que no lo causa. Pero no siempre lo hace. A veces un sujeto prefiere separarse y buscar un otro con el que se entienda mejor.
En todo caso, no se puede decir que los que se separan son los que se llevan peor. A veces las relaciones más infernales son las más sólidas y duraderas.
Esto hace que los consejos no suelan servir de mucho en estas cuestiones. Quien aconseja puede estar viendo la dificultad de la relación, pero no la implicación subjetiva que el sujeto que se queja tiene en ella.
Por regla general, puede afirmarse que cuando un sujeto no puede separarse de una relación difícil, sin duda extrae algo de ello… que no dice, quizás… pero sobre todo que no sabe. Y si finalmente no llega a hacerlo, a pesar de que la relación no mejora, es probable que esté obteniendo incosncientemente algo en ella que no quiere perder, por mucho que se queje. De este modo, se entiende, a un nivel,  que haya parejas que no quieran separarse a pesar del infierno en que viven.
Pero, sin duda, lo que unos eligen no tiene por qué servir para otros ni convertirse en una recomendación para todos.