martes, 20 de julio de 2021

El trauma y sus escrituras



El trauma es solidario del encuentro con una imposibilidad de lo simbólico para dar un sentido a la irrupción de goce, lo que escribe el matema S (A/). Goce y sinsentido, goce y agujero real en lo simbólico, constituyen sus dos vertientes.

El síntoma de cada uno es una respuesta a ese agujero, a ese real traumático imposible de escribir; es la manera que cada cual tiene de (des)arreglárselas con él. Un análisis es la manera posible de que ese real cese de no escribirse, lo que moviliza otra noción de escritura.

 

El trauma como lo no realizado en el símbolo

En 1954, Lacan toma la referencia freudiana a las operaciones fundantes del aparato psíquico, Bejahung Verwerfung, para introducir la noción de real. Lo admitido en lo simbólico sigue las leyes de la cadena significante, la rememoración, la historia y el sentido; puede leerse, reinterpretarse y reescribirse. Por el contrario, lo no admitido no entra en la cadena y por tanto no forma parte de la historia del sujeto retornando en lo real, sin que haya una ley de retorno (1).

J.-A. Miller retoma este escrito temprano para situar dos estatutos del inconsciente: el inconsciente como agujero y el inconsciente-cadena, siendo el segundo una elaboración significante del primero, que es real (2).

El inconsciente como agujero se funda en el modo singular en que cada uno accedió y respondió a ese troumatisme primero del encuentro entre lalengua y el goce del cuerpo, también singular, que se fija para siempre. No hay memoria de ello por lo que no reaparece según el modo del retorno de los signos, de lo que está escrito, sino según el modo de lo que no está escrito, que para Lacan, a diferencia de Freud, caracteriza al inconsciente (3). 

 

Escrituras del trauma

La escritura del fantasma

Pero hay aquello que cada uno escribe, inventa, para llenar el agujero en lo real. “El hombre, dice Lacan, nace malentendido” (4) ya sea por aquello que entendió mal de lo que fue en el deseo del Otro, ya sea por el malentendido estructural del goceAhí, “uno inventa lo que puede: inventa cadenas significantes, inventa un saber, un fantasma, el masoquismo por ejemplo” (5). La escritura del fantasma suple eso que no cesa de no escribirse, da un marco, según se aprecia por ejemplo, en algunos recuerdos del escritor Yukio Mishima.

 

Una confesión de Mishima

En Confesiones de una máscara, Mishima cuenta que a los 49 días, con la excusa de que no se cayera por las escaleras, la abuela materna, una mujer de un antiguo linaje japonés, nostálgica del pasado, y muy hipocondríaca, se lo llevó a vivir con ella a la planta baja de la casa familiar tratándolo siempre como un niño débil al que podía ocurrirle algo. “Me crié al lado del lecho de una enferma dentro de un cuarto permanentemente cerrado e impregnado de olores a enfermedad y vejez”. 

Cuando tiene un año, una noche que la abuela había salido, él quiso alcanzar a su madre y se cayó por las escaleras quedando inconsciente. Al enterarse la abuela,  y “como si grabara una a una las letras en una tabla” (podemos añadir: para él), preguntó a los padres: “¿Ya está muerto?”

A los 5 años sufre una enfermedad cuya causa ha sido una intoxicación severa. No responde al tratamiento y le dan por muerto. Cuando le están preparando el sudario y reuniendo sus juguetes para enterrarle con ellos, expulsa un chorro de orina. El médico exclama: “¡Vivirá!” 

Poco después, subiendo una cuesta, verá venir a un joven trabajador con un cubo al hombro. A contraluz, no puede ver bien su rostro, solo su cuerpo musculoso y sucio. También sus pantalones ceñidos que marcan la parte inferior de su cuerpo. Le explican que es alguien que recoge la “tierra nocturna”, los excrementos nocturnos de las casas. En ese momento siente una gran voluptuosidad ante lo que le parece una figura de la abnegación y el sacrificio. Quería ser como él: un porteador de excrementos. “El amor malevolente de la Madre Tierra me reclamaba”.  Ahí empieza el deseo consciente de Mishima de tener una vida trágica, en línea con el deseo del Otro, incosnciente.

Tenemos de un lado las palabras de la abuela: "Se matará". Por otro, las palabras que su madre, en pleno ascenso del imperialismo japonés, le había susurrado al oído: él procedía de un antiguo linaje por lo que tendría altos cometidos en la vida, pero cuando llegara el momento sacrificaría su vida por su país: "Te matarás". 

Está lo que entra en la cadena: el deseo de tener una vida trágica. Pero también lo que no entra: un  “morirás”, un deseo e muerte sin sentido, que se presentará finalmente de manera trágica.  

Los elementos extraídos de la segunda escena con el porteador de excrementos se irán asociando con otros, hasta fijar un fantasma sexual donde algunos jóvenes (a menudo, él mismo), son asesinados, destripados, sacrificados heroicamente. A partir de la pubertad estas fantasía devendrán la condición de su acceso al goce, ya sea solo o con los sucesivos partenaires musculosos, brutos y sucios que irá eligiendo

El brillo de la vida Mishima, el fortalecimiento incesante de su cuerpo (recordemos, “débil”, para la abuela), el cultivo perfeccionista de su imagen, de su figura como escritor y como político, no velan en estos recuerdos la prevalencia del objeto que cae, caído, excrementicio en su fantasma, tanto en relación al objeto que fue para el Otro como al que busca en el partenaire.

Mishima no solo fantasea con dicho suicidio a lo largo de su vida, sino que lo anticipa a través de los personajes de sus obras, lo escenifica él mismo teatralmente, etc. El momento que le conduce inexorablemente al pasaje al acto, es cuando al tratar de convencer al ejército para dar un golpe de Estado y volver al Japón de los antiguos linajes, los soldados se ríen de él. Sintiéndose fracasado respecto al Ideal de la abuela y de la madre, cumple entonces su destino trágico mediante el seppuku o suicidio ritual, eviscerándose públicamente ante los suyos y pidiendo a su amante que lo decapite.

 

Otra escritura posible

Hay otro tratamiento del real traumático  que la escritura simbólico-imaginaria del fantasma, fantasma que Mishima realiza. Junto a lo imposible de escribir de lo real traumático, Lacan sitúa la categoría lógica de lo necesario. El bien-decir ético que conlleva el avance de reducción de un análisis hasta llegar a cernir lo real del síntoma vuelve posible que dicho real pueda escribirse de manera contingente. 

Los análisis enseñan que cernir, producir la letra del sinthome introduce otra dimensión de la escritura que es real. La letra del sinthome es real: no se dirige a nadie, no pide nada, no le falta nada. La identificación con ella al final del análisis (que requiere cierta distancia), permite aproximar el agujero traumático de un modo, que si bien los testimonios clínicos no aseguran  ni demuestran que sea siempre o del todo tranquilo, separa del real más mortífero y tiene sin duda la oportunidad de ser más vivo, alegre y productivo.

 * Texto de presentación del eje "Escrituras del trauma" de las Jornadas ELP 2021: "Las marcas del trauma".


Notas

(1) Lacan, J., “Respuesta a Jean Hyppolite sobre la Verneinung en Freud”, Escritos1, Biblioteca Nueva, Madrid, 2008.

(2) Miller, J.-A., El ultimísimo Lacan, Buenos Aires, Paidós, 2012. Ver en este mismo blog: 

http://www.elblogdemargaritaalvarez.com/2010/02/el-inconsciente-real.html

(3) Miller, J.-A., “Lacan qui enseigne”, Qui son vos analystes ?, Paris, Éditions du Seuil, col. “Champ freudien, 2002, p. 574.

(4) Lacan, Jacques: El malentendido,10.6.1980. Inédito.

(5) Lacan, J., Seminario 21.Inédito.

(6) Mishima, Yukio: Confesiones de una máscara.Madrid: Alianza Editorial, 2020.