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jueves, 6 de septiembre de 2018

UNA POLITICA DE LA LECTURA. LAS BIBLIOTECAS DE LA FIBOL EN LA ERA DIGITAL

Joan Brossa, poema visual, 1971.
Etimológicamente, el término “biblioteca” remite al lugar donde se guardan los libros. Pero, desde sus inicios las bibliotecas han alternado esta función con la de ser un lugar para la lectura, si bien durante largos siglos esta última estuviera reservada a unos pocos. 
Las bibliotecas de la Federación Internacional de Bibliotecas de la Orientación Lacaniana (FIBOL) nacieron también con esta doble vocación y función: por un lado, la de poner al alcance lo textos psicoanalíticos y sus referencias, así como otros textos de la cultura con los que el psicoanálisis pudiera entrar en diálogo y debate; por otro, como lugares de lectura, donde poder leer esos textos y, también, los síntomas de la época, organizando conferencias, seminarios o debates y colaborando así al psicoanálisis en extensión y a la extensión del psicoanálisis.
Existe más de una  diferencia, en el plano de los recursos, entre las setenta y dos bibliotecas de la orientación lacaniana que hay en el mundo y, por ejemplo, solo unas pocas cuentan con un catálogo disponible en línea. Pero todas cumplen en mayor o menor medida una labor de búsqueda e investigación, en la que a veces son el esfuerzo y la inventiva, sostenidos por el deseo decidido de los colegas, los que permiten sortear las dificultades. 
Aunque también se presenta a velocidades diferentes en los distintos países y bibliotecas, Internet ha venido hace ya casi dos décadas a revolucionar el acceso a la documentación y a la investigación bibliográfica. 
Recuerdo el relato hilarante de un colega de Barcelona, sobre sus peripecias por las bibliotecas de la ciudad en 1997 intentando localizar a un tal Sorge, al que Lacan hace referencia en el Seminario 17 como ejemplo de agente doble. Pocos años más tarde, en una ocasión en que tuve que buscar dicha referencia, la localicé rápidamente con solo poner el nombre en Google. 
En unos pocos años, el mundo había cambiado, el de las bibliotecas también. Con Internet, la facilidad de acceso a la documentación se ha multiplicado exponencialmente y, también, se ha deslocalizado. 
La importancia de tener en línea los catálogos de nuestras bibliotecas fue durante mucho tiempo un objetivo fundamental de sus equipos, y ocupó muchas horas de las reuniones de la FIBOL, al menos en España, el pensar cómo eso podía implementarse en las bibliotecas más pequeñas. Fue Judith Miller quien señaló categóricamente en una reunión, hace seis o siete años, que ello no tenía que ocupar tanto a las bibliotecas. 
En la actualidad, aquel objetivo en el que parecían puestas tantas expectativas parece haber palidecido ante las posibilidades que ofrece la red. Casi todo está o parece estar en ella si se sabe buscar. Esto parece haber comportado que las salas de lectura de las bibliotecas en general, y también las de la FIBOL (por lo que sé), estén en los últimos años un poco más vacías. 
Cada vez más, y en particular las nuevas generaciones, buscan los textos en la red y los  leen allí; asimismo, cada vez con mayor frecuencia se piden en general los documentos a las bibliotecas también por la red: se envían y reciben en poco más que un clic.
Internet facilita y favorece así el trabajo en red propio de las bibliotecas. Muchos documentos circulan a la rapidez citada de una biblioteca a otra, de uno a otro ultramar. 

Sin embargo…
No todo son solo facilidades para la lectura en la era de Internet. La modificación del soporte en que se presenta un documento, impreso o en pantalla, importa, afecta a la lectura misma; el formato también. 
La historia de la lectura está inextricablemente unida, como no podría ser de otro modo, a la historia de la escritura y de sus soportes. Los rollos de papiro, los códices medievales o el libro no son tan solo distintos tipos de soporte material para la escritura que prevalecen en una época y civilización u otra. En cada uno de esos soportes, además, la información se organiza según un formato particular y ello requiere poner en juego modos de lectura diferentes que afectan a la organización del pensamiento de distintos modos, por ejemplo a sus funciones de memoria y de crítica. 
Así, cuando se ha de ir desenrollando o enrollando un papiro para poder leer un documento no es tan sencillo volver atrás para recordar o contrastar lo que se ha leído, como cuando se lee un libro. No es tan fácil repetir la lectura y, por tanto, memorizar. 
La invención del libro, con sus páginas manejables, que permiten avanzar y retroceder con facilidad, donde el texto evoluciona hacia modalidades de puntuación más sencillas y el material se organiza según un índice, presentación, capítulos, etc., por citar solo algunos de sus aspectos, facilitó, junto con la invención de la imprenta, contemporánea, la actividad de lectura y su extensión. Fue la última gran revolución en la lectura antes de la llamada revolución de Internet.

La lectura en la era digital
En la actualidad, los soportes digitales se imponen cada vez más sobre los impresos. Nos pasamos el día mirando pantallas ya sea las del móvil, la tablet o el ordenador. Podemos leer en cualquier parte pero, ¿cómo leemos?
Si empezamos comparando documentos que tienen distintos soportes pero el mismo formato, como un libro impreso o un e-book, las investigaciones parecen demostrar que el nivel de comprensión del lector es aparentemente parecido en ambos casos, sin embargo el lector del segundo recuerda menos la secuencia de las informaciones -lo cual podemos pensar que no afecta solo a la memoria sino también al razonamiento implícito.
Si pasamos a comparar formatos distintos como es la lectura de un libro impreso o la lectura de distintos documentos a través de la red, las investigaciones revelan que en el segundo caso la lectura puede resultar más entretenida, sobre todo para los más jóvenes: es más interactiva y el sujeto tiene la posibilidad, además, de construir sus propios recorridos. Pero, por ello mismo, se “entretiene” y distrae más con todos los enlaces que aparecen y la superabundancia de información disponible, por lo que  tiende a hacer una lectura más superficial y fragmentaria, más dispersa y menos contrastada, es decir, a desviarse más de sus objetivos. También podemos pensar que uno está más solo, en tanto se ha de inventar su propio recorrido.
En la red, adonde gran parte de las nuevas generaciones acuden regularmente a in-formarse, el papiro hipertextual se desenrolla infinitamente sin poder volver fácilmente atrás, es decir, cada vez se está en una nueva pantalla. 
No se trata de demonizar la red sino de saber utilizarla: de servirse de su potencia fabulosa pero también de estar advertidos de sus dificultades. La lectura digital nos permite localizar o descubrir documentos, autores, textos, etc., hacer algunas lecturas, pero hacer un trabajo riguroso de lectura, una investigación, nos obliga a no distraernos y dispersarnos. 
Jacques Lacan señaló la importancia de la disciplina del comentario en la formación del analista: se trata de “hacer responder al texto por las preguntas que nos plantea” y, para ello, el lector tiene que “poner su parte”. Eso exige un esfuerzo: el esfuerzo que, según Spinoza, sostiene el deseo. 
Esta manera de leer, que responde más a las propiedades de la lectura analógica que de la digital, permite entre otras cosas, una toma de posición respecto a lo que dice el autor, cómo lo dice y por qué lo dice, es decir, la lectura crítica, difícil de alcanzar cuando uno está cambiando de pantalla a cada momento. El Otro está más presente. La lectura en psicoanálisis no es nunca sin el Otro, en tanto requiere la transferencia con el texto.
Las generaciones que han crecido en la era digital tienen la tendencia a desenvolverse con facilidad en dicho medio pero también a no hacerlo en un medio analógico. No es que no lean, leen de otra manera y ello está muy bien para muchas cosas, pero no para otras. No se trata de plantearlo como una alternativa sino de mantener lo mejor de las dos lecturas.
En este sentido, desde la entrada en la era digital, tanto en la Biblioteca como en la Sección Clínica de Barcelona hacemos especial hincapié en el trabajo de lectura a la letra: en promover la pequeña lectura o la investigación de un pequeño punto en lugar de un gran recorrido. 
Pero esto no es solo algo dirigido a los participantes, es una exigencia para nosotros mismos: Internet nos afecta a todos.

Una política de la lectura
El psicoanálisis tiene una política de la lectura en tanto ella es capital en la formación del analista: ya nos refiramos a la lectura referida a los textos epistémicos como a la lectura de lo que el analizante dice. 
En ese sentido, me parece que si bien el lugar de las bibliotecas como “lugar para guardar los libros” se ha debilitado en general, las bibliotecas de la FIBOL no pueden ceder en su función de promocionar la lectura de los textos por el valor que ella tiene en la formación del analista. 
Tampoco puede ceder en su función de lectura y debate sobre los síntomas de la civilización en la que vive. Ello puede incluir pensar cómo ese “simbólico que ya no es lo que era” modifica la lectura y qué consecuencias tiene en la formación del analista. Si podemos afrontar cómo los cambios en lo simbólico afectan a la clínica sin escandalizarnos, quizás tenemos que empezar a pensar en cómo ello afecta a la formación del analista de la era digital. Para mí es una pregunta que se abre, un tema de investigación.
Hace tiempo alguien me dijo que “el psicoanálisis se acabaría con el último lector analógico”. No lo creo. El psicoanálisis se reinventa. Y se está reinventando en la era digital. A nosotros nos toca seguir reinventándolo y reinventarnos. Y reinventar asimismo la función de las bibliotecas, acomodándolas a los nuevos tiempos. Sin nostalgias.
Si los antiguos egipcios llamaban a las bibliotecas “casas de vida” (los escribas estaban consagrados a Ra, dios del origen de la vida), podemos tomar este título para avanzar en los retos de la época y no quedarnos escuchando el canto del cisne al morir, por bello que parezca. El psicoanálisis es en sí mismo un tratamiento eficaz de la pulsión de muerte.
* Texto publicado en el boletín EntreLibros de la Biblioteca de la Escuela de la Orientación Lacaniana (EOL), en Buenos Aires, el 17 de agosto de 2018.



Bibliografía:
Février, J.-G., Histoire de l’écriture, Paris, Payot, 1959.
Lacan, J., El Seminario 3: Las psicosis, Buenos Aires, Paidós, 1984.
Lacan, J., “Obertura”, Escritos 1, Madrid, Biblioteca Nueva, 2013.
Lacan, J., “Respuesta al comentario de Jean Hyppolite sobre la Verneinung de Freud”, Escritos 1, Madrid, Biblioteca Nueva, 2013.
Lacan, J., “Variantes de la cura-tipo”, Escritos 1, op. cit.
Lerner F., Historia de las bibliotecas del mundo. Desde la invención de la escritura hasta la era de la computación, Buenos Aires, Troquel, 1999. 
Manguel, A., “Una historia de la lectura” (1996), Barcelona, Lumen, 2005.
Miller, J.-A., “Introducción a ‘Variantes de la cura tipo”, Umbrales del análisisI, Buenos Aires Manantial, 1986.
Vandendorde C., Du papyrus à l’hipertexte. Essais sur les mutations du texte et de la lecture, Paris, Éditions La Découverte, 1999.

martes, 5 de enero de 2016

UN NUEVO LECTOR, UNA LECTURA NUEVA



Portada de un libro que  Sigmund Freud tenía en su biblioteca



La relación entre el psicoanalista y la lectura ha sido puesta de relieve y abordada desde los inicios del psicoanálisis. Por ello, con frecuencia se apela a la importancia de esta última en la formación del analista, incluso en su producción. No podría ser de otro modo en tanto el síntoma analítico, como el inconsciente, tal como abordé en un trabajo anterior (1), es algo que se lee.

Pero, ésta no es la única dimensión de la lectura convocada en relación al analista. Hay otra que compete a su sentido más común de recorrido por los textos fundamentales del psicoanálisis, es decir, a la interpretación textual. En este sentido, Freud, Lacan, Miller están considerados como grandes lectores. Las múltiples referencias que encontramos en sus textos, así como lo que sabemos de sus bibliotecas, testimonian de ello.

Me propongo abordar aquí esta dimensión de la lectura del psicoanalista, a petición de la revista Freudiana, que celebra ahora su aniversario: 25 años, 75 números. Para ello, tomaré algunos testimonios, comentarios y referencias que nos hablan de la relación de estos analistas magistrales con ella.

Freud lector
En La interpretación de los sueños, Freud se describe como un apasionado bibliófilo pero, también, como un “gusano de biblioteca” (2). Ambas pasiones, de raíz infantil, le llevaron a reunir con el tiempo una nutrida biblioteca de casi cuatro mil volúmenes cuyo contenido abarcaba desde la medicina, la psiquiatría o la neurología hasta distintos campos de las llamadas humanidades, así como de la psicología y el psicoanálisis (3).
Podemos ver esta biblioteca como una ilustración de la universitas literarum  que, en 1917, él mismo consideraba indispensable para la formación del analista (4). Este último debería tener un conocimiento del universo literario, entendido como el conjunto de la literatura existente, lo que incluía por  tanto obras de ciencias y de letras.
En 1938, cuando la Anschluss de Austria al Tercer Reich le compelen a abandonar Viena, Freud intenta exportar a Londres, con la ayuda de María Bonaparte, su colección de antigüedades y su biblioteca. Antes de obtener el permiso para ello, y con la incertidumbre de lograrlo, su hija Anna empezó a trasladar uno a uno, en su maleta, algunos de sus volúmenes.
Cuando obtuvo finalmente la autorización y llegó el momento del traslado, Freud sin embargo no trasladó todas sus obras sino que entregó a un librero para su venta el conjunto de la literatura psiquiátrica y neurológica, lo que constituía casi un tercio de las obras.
Un análisis del catálogo de la biblioteca de Freud permite colegir que el fundador del psicoanálisis eligió llevarse al exilio solo las obras psicoanalíticas y las de humanidades (5). Ellas le acompañarán hasta el final de sus días.
Dicha elección parece acorde con otra declaración, posterior a la citada, acerca asimismo de la formación del analista. En 1926, al abrirse en Viena una causa judicial contra Theodor Reik por ejercer el psicoanálisis sin ser médico, Freud había señalado que los estudios de medicina no eran una condición, mientras que la falta de una buena orientación en los campos de la “historia del cultura, mitología, psicología de la religión y ciencia de la literatura”, dejaban al analista inerme frente a gran parte de su material. De nada le servirá para sus fines el grueso de lo que se enseña en la escuela de medicina. (…) Al analista, en cambio, su experiencia le lleva a otro universo, con otros fenómenos y leyes” (6).
Este otro universo, con sus propios fenómenos y leyes, se constituye como consecuencia de su lectura del síntoma, a partir de la histeria, muy distinta a la concepción imperante en la psiquiatría de su época y que le lleva a descubrir el inconsciente. Es una lectura del síntoma a partir del símbolo, es decir, del lenguaje.
El caso Cecilia es un ejemplo temprano y excelente, según él mismo señala, de que la génesis del síntoma está mediatizada por el orden simbólico (7): una afrenta vivida por la paciente como una bofetada es la causa de una neuralgia facial que “desafiaba cualquier tipo de terapia”. Solo la verbalización del conflicto inconsciente, que tiene lugar en el análisis, deshace el nudo del síntoma y resuelve este último.
Poco después, Freud avanza que el sueño es un rebus (8), un jeroglífico. Esto quiere decir que no se debe atender al significado de sus imágenes sino que éstas deben ser escuchadas por su valor fonético, es decir, como si se leyeran. Se trata de una escucha de la palabra que permite leer en ella una escritura.
Voy a detenerme brevemente aquí. Una imagen deviene una escritura cuando se usa a modo de signo para significar “algo para alguien”, según la definición de Peirce (9). Pero estos signos, pictogramas simples, están aún muy vinculados a la imagen de la cosa, a su percepto visual (10); implican un primer borramiento suyo, una primera transcripción. Cada uno remite entonces a un significado concreto, como vemos en las señales de tráfico, lo que limita la transmisión de ideas complejas.
Por ello, se considera esencial para el desarrollo de la escritura el descubrimiento del principio del jeroglífico, según el cual un símbolo pictográfico puede ser usado no por su referencia visual directa, que se pierde, sino por su valor fonético (11). Así, por ejemplo, una analizante relata un sueño donde ve a un hombre que le gusta pero, al darse cuenta de que cojea, se angustia. En lo que dice del sueño, “cuando veo que es cojo me angustio”, se escucha: “Cuando veo que escojo me angustio” (12).
El descubrimiento del principio jeroglífico marca el paso de las protoescrituras a la escritura plena, o a la escritura propiamente dicha, que requiere una segunda transcripción, un doble borramiento de la cosa, en el que se diluye el lazo estable del signo con el significado constituido al nivel del signo. Esto pone en juego un nivel más complejo del sistema simbólico, por así decir, un segundo grado. Y nos enseña que la lectura precede a la escritura, o lo que es lo mismo (13), que para escribir hay que saber leer.
Volviendo a la Traumdeutung, Freud añade que “nuestros predecesores en el campo de la interpretación de los sueños cometieron el error de juzgar la pictografía como composición pictórica”, es decir, de leerla como un signo vinculado a un significado mientras que el principio jeroglífico aplicado a ella desanuda ese lazo necesario entre ambos. “Como tal, les pareció absurda y carente de valor” (14).
Esta teoría sobre la formación del sueño se extenderá después a la formación del síntoma.

La lectura de Lacan
En 1981, J.-A. Miller concede una entrevista sobre la “lectura de Lacan”. La ambigüedad introducida por el genitivo en el título posibilita leerlo de dos modos: como la lectura que hizo el propio Lacan y como la lectura que Miller, así como cada uno de nosotros, hacemos de sus textos (15).

Lacan lector de Freud
En su entrevista, Miller señala que Lacan se interesó por leer directamente los textos de Freud en un momento en que ello no parecía indispensable para la formación del analista. Al contrario, se consideraba que dicha lectura podía sustituirse por la de algunos manuales al uso en la época –y ahora completamente olvidados. Ese interés le llevará a lo que él mismo calificó en 1955 como un retorno a Freud (16), una lectura guiada por la búsqueda del verdadero sentido del psicoanálisis: “El sentido de un retorno es un retorno al sentido de Freud en tanto su descubrimiento pone en cuestión la verdad y no hay nadie a quien la verdad no le incumba personalmente” (17).
Pero, si bien Lacan se situó en relación a Freud dándole un lugar de referencia (18), no se atuvo solo a las referencias utilizadas por él, no se consagró –señala Miller- a edificar el “museo Freud” (19). El sintagma “retorno a Freud”, entonces, resulta ambiguo y pide ser precisado.
El retorno anunciado por Lacan a los caminos de la letra (20) freudiana participa de una lectura literal de los textos del fundador del psicoanálisis. “Basta con abrir los libros de Freud en cualquier página para quedar sorprendido ante el hecho de que sólo se trata del lenguaje en lo que él nos descubre de lo inconsciente”. La lectura de los textos freudianos tiene en sí misma, según Lacan, valor de formación (21).
Pero Lacan no se limitará a leer detalladamente dichos textos como si constituyeran una “fuente impoluta del saber” de la que bastaría beber (22). Miller señala que dicho retorno comporta por el contrario un trabajo de reactualización de todas las referencias freudianas. Esto permite una lectura inédita.
En los años 50, Lacan lee a Freud con las herramientas aportadas por la lingüística moderna, es decir, con los descubrimientos de Saussure y de Jakobson, que conoció a través de la lectura estructural de Lévi-Strauss. Si la originalidad de Freud es el recurso a la letra (23), él tomará asimismo sus caminos para alcanzar la verdad freudiana.
Freud había abordado el descifrado del sueño como la lectura de un jeroglífico. Lacan precisará que las figuras empleadas en su cifrado solo tienen que ser considerados por su valor significante (24) -y éste siempre remite, al menos, a dos significados. La verdad habla y eso hay que tomarlo al pie de la letra, haciendo una lectura de lo que se dice al modo que opera el rebus (25). Gracias a esta lectura toma forma la tesis de que “El inconsciente está estructurado como un lenguaje”. De esta tesis se sigue que “si el inconsciente puede leerse es porque el síntoma está inscrito en un proceso de escritura”, “está determinado por una estructura significante que lo determina” (26).
El retorno a Freud se acompaña de un llamado a una dimensión de las ciencias que Freud había dejado de lado: primero, la lingüística, y, luego, la lógica y las matemáticas. En este retorno, la obra freudiana queda renovada por estas lecturas que no constituyen referencias solo en el sentido bibliográfico sino que se erigen como las referencias mismas del discurso analítico.
La lectura de Lacan aproxima la verdad freudiana pero no de una manera conservadora sino profundamente innovadora. Él mismo deviene a través suyo ese nuevo lector a quien se dirige en la "Obertura" de sus Escritos (27): un lector que pone de su parte (28), lo que requiere una posición ante el texto e introduce una ética de lectura.

Leer a Lacan
Miller lector de Lacan
En su entrevista, Miller señala que no entró en la enseñanza de Lacan a través del Seminario, como la mayoría de los que le seguían, sino de los Escritos, es decir, de la lectura. Esto le convirtió en lector de Lacan, lo que es desde entonces, si bien su posición de lectura ya no sea la misma.
Hay escritos como “Variantes de la cura-tipo” o “La dirección de la cura”, que introducen un verdadero cuestionamiento de las tesis de ciertos autores de la tradición analítica. Al inicio, Miller declara haberlos leído sin remitirse a estos últimos. Esto le permitía hacer una lectura no exenta de consistencia, pero no la misma que cuando, más tarde, volvió a leer dichos textos sin eludir sus referencias.
Aunque no sea necesario leer todo lo que Lacan ha leído, incluso sea imposible, y el uso por parte de Lacan de las referencias varíe de importancia (29), Miller da un consejo de lectura mínimo: no podemos dejar de leer a estos autores a los que responden los escritos de Lacan, por el hecho de que sus tesis fueron superadas por él. No podemos estar de vuelta sin haber ido. No podemos ahorrarnos ese esfuerzo ni esa experiencia: hay que remitirse a ellos.
La enseñanza de Lacan transforma a sus lectores. Podemos precisar, que transforma a los que saben leer bien, como Lacan mismo hizo con los textos freudianos o como Miller hizo con los suyos. De este último, dijo: “Es aquel que me interroga, el que sabe leerme” (30).
“Lacan –señala Miller- me prendió con el saber leer, al menos con el saber leer a Lacan (…) y por ello la cuestión del saber leer tiene todas las razones para importarme” (31).
El trabajo de establecimiento del Seminario de Lacan que lleva a cabo requiere, dice, un trabajo de interpretación de un texto que no existe. Solo hay distintas estenografías. Miller señala que él no sostuvo ningún ideal de archivista, de comparación entre estas últimas. Quiso obtener textos seguros, pero legibles, tratando de que la parte que pone el lector, que él es, esté presente en ellos lo menos posible, aunque sea “una parte que convino a Lacan”, quien lo designó para tal tarea, “y que es siempre la misma” (32).
Hay entonces una diferencia entre la lectura del Seminario y la de los Escritos. Si los distintos volúmenes del Seminario, no han estado redactados por Lacan, los Escritos, sí. La redacción de estos últimos responde en cada caso a las dificultades que Lacan encuentra en su Seminario para dar cuenta de uno u otro punto. Entonces, los escritos siempre son más complejos de leer. Evolucionan de manera digresiva pero, de repente, el párrafo se cierra lo que cambia la velocidad de lectura. La dificultad está localizada en ciertos párrafos. Y , cuando se topa con ella, no hay otra salida para resolverla que la entrada en el escrito.
Hay que “hacer responder al texto por las preguntas que plantea”, señala Lacan (33). “El texto pregunta y el texto responde”, agrega más tarde Miller. “Y las preguntas que pensamos plantearle, en realidad es el mismo texto el que nos las hace. Y las respuestas no son nuestras respuestas, sino las que buscamos en el texto mismo” (34). Por eso, añade que la lectura de los Escritos tiene un colofón de certeza (35).

Lacan habla de los que le leen
Hay muchas maneras de ponerse delante de un texto y de hacer como que se lee. Lacan no escatimó comentarios irónicos al respecto. A veces, dice, no se lee porque se cree que ya se sabe de memoria lo que dicen los textos (36). O se hace como que se lee, pero en realidad se quiere corroborar lo que ya se sabe, un sentido dado.
Este mismo “ya sabido” lo encontramos también a veces en las publicaciones analíticas. Puede parecer que la intención de muchas de ellas es reiterar lo que ya se sabe, “permanecer exactamente en los límites de lo que ya se ha dicho” y “probar que quien lo firma es no-nulo, capaz de escribir lo que todo el mundo escribe”. Ésta podría ser otra manera de entender que la escritura, en su dimensión significante, es secundaria a la lectura, que no hay innovación en la escritura sino se hace un buen ejercicio de lectura, aunque sea de la propia experiencia.
Entonces, me parece que leer un texto, un párrafo, una frase, es algo que hay que hacer poniendo distancia con lo ya sabido, con el sentido previo, al modo del consejo freudiano de escuchar cada caso como si fuera el primero. Saber leer como saber escuchar, saber leer en lo que se escucha, es un aprendizaje que requiere cierto desaprendizaje, cierto desprejuicio, un olvido momentáneo de lo ya sabido de la teoría, de cualquier sentido previo.
En distintas ocasiones, Lacan se referirá a las lecturas que otros, incluso sus propios discípulos, hacen de sus textos, criticando por ejemplo que digan leerlo y se apoyen en sus términos para decir lo contrario, como hace en 1967 Olivier Flournoy empleando de otro modo el término “intersubjetividad” en un informe sobre la transferencia (37); o como hizo en 1964, su ex-alumno Jean Laplanche, traduciendo impropiamente su tesis según la cual  “el lenguaje es la condición del inconsciente” como “el inconsciente es la condición del lenguaje” (38).
En 1972, sin embargo, alaba a Phillippe Lacoue-Labarthe y Jean-Luc Nancy (39), dos filósofos próximos a Derrida, quienes en su obra El título de la letra demuestran que, aún estando declaradamente en contra suya, han sabido leerle (40), cosa que lamenta no haber obtenido nunca de sus allegados.
¿Es la transferencia negativa condición de lectura en tanto asegura la desuposición de saber? Lacan subraya la transferencia más que el afecto. No basta solo con desuponer el saber al autor, en algún punto tiene que suponérsele algún saber para interesarse en su lectura. Para poder extraer la enunciación en juego en el texto es necesaria entonces la transferencia.
Quiero concluir con una cita temprana de Lacan en la que hace un paralelismo entre la lectura y el análisis: “Comentar un texto es como hacer un análisis” (41). Podemos pensar que la clave de lectura la proporciona el punto al que se ha llegado en el propio análisis: uno lee con la identificación, con el fantasma.... Y cada vuelta dada en el análisis, permite comprender la teoría, darle una vuelta más.
No importa entonces lo mucho que se lea sino cómo se lee. Y en eso no hay atajo posible. Es imprescindible primero, como vimos, la transferencia con el autor, pero una transferencia operativa, que permita trabajar, es decir, tener una posición de lectura, cierta separación.
Y, luego, son necesarias las vueltas de un análisis para poder desalinearse del texto, separarse del sentido, del fantasma y del goce que obstaculizan la lectura, para poner el goce que queda a su servicio, al servicio del deseo de lectura. Y devenir entonces un nuevo lector que pueda hacer con su lectura algo propio, algo nuevo.
* Artículo publicado en Freudiana, revista de la Comunidad de Catalunya ELP, nº 75. Barcelona, febrero de 2016.

Notas
1. Álvarez, M., “La lectura del psicoanalista”, en X Conversación de la ELP: La autorización del psicoanalista y su formación, Barcelona, ELP, 2009. Disponible también en este blog: http://www.elblogdemargaritaalvarez.com/2010/01/psicoanalisis-y-letra-ii-la-lectura-del.html
2. Freud, Sigmund, “Sueño de la monografía botánica”, en La interpretación de los sueños (1900), Obras Completas, Buenos Aires, Amorrortu Editores, vol. IV, cap. V, apartado A, p. 189.
3. Freud’s Library. A comprensive Catalogue. Compiled and edited by Bearbeit und herausgegeben von J. Keith Davies – Gerard Fichtner. The Freud Museum of London, Edition diskord, Tübingen, 2005.
4. Freud, Sigmund, “¿Debe enseñarse el psicoanálisis en la universidad?” (1917), en Obras Completas, vol. XVII, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1986, p. 171.
5. Según el catálogo (Ver n.3), finalizado y publicado en 1995, la biblioteca de Freud contaba con 3725 volúmenes: 994 de Humanidades (447 de Arqueología e Historia del Arte, 160 de Religión, y 372 de Literatura y Filosofía) y 2731 de Medicina y Ciencias Naturales (447 de Medicina, 849 de Neurología y Psiquiatría, 1242 de Psicoanálisis y Psicoterapia y 518 de Psicología y Ciencias Naturales). Un tercio de estas obras representaría aproximadamente unos 1241 libros, es decir, la suma del conjunto de libros de Medicina, Neurología y Psiquiatría.
6. Freud, Sigmund, “¿Pueden los legos ejercer el psicoanálisis? Diálogo con un juez imparcial” (1926), en Obras Completas, vol. XX, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1986, pp. 230-1.
7. Breuer, Joseph, Freud, Sigmund, “Estudios sobre la histeria” (1893-1895), en Obras Completas, vol. II, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1985, pp. 189-95.
8. Freud utiliza esta expresión originalmente en francés entre paréntesis, al lado de Bilderrätsel, jeroglífico, en “Die Traumdeutung Über den Traum”, Gesammelte Werke II/III, Germany, S. Fischer Verlag, 1998, p. 284. La traducción española de José Luis Etcheverry lo mantiene: “La interpretación de los sueños”, en Obras Completas, vol. IV, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1979, p. 286.
9. Peirce, Charles Sander, El hombre y su signo, Barcelona, Crítica, 1988.
10. Gubern, Roman, Del bisonte a la realidad virtual. La escena y el laberinto, Barcelona, Anagrama, 1996, p. 22.
11. Álvarez, Margarita, “Sobre el origen de la escritura: Del pictograma a la letra”, en Cursor, boletín de la Sección de Catalunya de la EEP, Barcelona, 1998.
12. Álvarez, M., “La lectura del psicoanalista”, op. cit.
13. Manguel, Albert, Una historia de la lectura, Madrid, Alianza Editorial, 1998.
14. Freud, Sigmund, “La interpretación de los sueños”, op. cit., vol. IV, p. 286.
15. "Entretien à J.-A. Miller sur la lecture de Lacan", por Serge André, Yves Depelsenaire et Christian Vereecken, realizada el 13.5.1981 y publicada en Litura 4/5 en noviembre de ese mismo año.
16. Lacan, Jacques, “La cosa freudiana o sentido del retorno a Freud en psicoanálisis” (1956), En Escritos, t. I, México, 1984, p. 384.
17. Op. cit., p. 388.
18. Miller, Jacques-Alain, “Las referencias del seminario La angustia, piezas sueltas”, en La angustia. Introducción al Seminario X de Jacques Lacan, Madrid, ELP-Gredos, 2007, pp. 131-2.
19.  “Entretien sur la lecture de Lacan”, op. cit..
20. Lacan, Jacques, “La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud” (1957), en Escritos, México: siglo XXI Editores, 1984, p. 489.
21. Lacan, Jacques, “De la lectura de Freud”, en Robert Georgin, Lacan, Buenos Aires, Nueva Visión, 1988, pp. 10 y 12.
22.  “Entretien sur la lecture de Lacan”, op. cit..
23. Lacan, Jacques: El Seminario, libro III: Las psicosis (19955-1956), Buenos Aires, Paidós, 1984, p. 345.
24. Lacan, Jacques, “La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud”, en Escritos 1, op. cit., p. 490.
25. Lacan, Jacques, “La cosa freudiana…”, op. cit., p. 393.
26. Lacan, Jacques, “El psicoanálisis y su enseñanza”, en Escritos 1, op. cit., pp. 426-429.
27. Lacan Jacques, “Obertura de esta recopilación” (1966), en Escritos 1, op. cit., vol. I, p. 3.
28. Op. cit., p. 4.
29. Miller, Jacques-Alain, “Las referencias del seminario La angustia…”, op. cit..
30. Lacan, Jacques, “Televisión”, op. cit.
31. Miller, Jacques-Alain, “Leer un síntoma”:
 http://ampblog2006.blogspot.com.es/2011/07/leer-un-sintoma-por-jacques-alain.html
32.  “Entretien sur la lecture de Lacan”, op. cit.
33. Lacan, Jacques, “Respuesta al comentario de Jean Hyppolite sobre la Verneinung de Freud” (1954), en Escritos 1, op. cit., pp. 366-7.
34. Miller, Jacques-Alain, “Introducción a ‘Variantes de la cura tipo”, en Umbrales del análisis I, Buenos Aires, Manantial, 1986.
35. “Entretien sur la lecture de Lacan”, op. cit..
36. Lacan, Jacques, Las psicosis, op. cit., p. 297.
37. Lacan, Jacques, El Seminario, libro XV: El acto analítico (1967-8), clase del 22 de noviembre de 1967. Inédito.
38. Lacan, Jacques, El Seminario, libro XVII: El reverso del psicoanálisis (1969-70), Barcelona, 1992, p. 43.
39. Lacoue-Labarthe, Philippe y Nancy, Jean-Luc, El título de la letra. Una lectura de Lacan. Buenos Aires, Serie Crítica analítica, 1981.
40. Lacan, Jacques, El Seminario, libro XX: Aún (1972-3), Buenos Aires, Paidós, pp. 80-1.
41. Lacan, Jacques, El Seminario, libro I: Los escritos técnicos de Freud, Buenos Aires, Paidós, 1981, p. 120.

miércoles, 10 de abril de 2013

ALGUNOS PUNTOS A PARTIR DE LA LECTURA ACTUAL DEL ACTO DE FUNDACION DE JACQUES LACAN



Nudo árbol. Málaga. Foto de Margarita Álvarez
En la Comunidad de Catalunya de la ELP hemos inaugurado un nuevo espacio llamado: "La Escuela en el siglo XXI" (1). Se trata, en él, de reflexionar sobre la Escuela, hoy. Para este cuatrimestre hemos tomado el texto El acto de fundación (1964). Dado que el próximo año será el cincuentenario de la fundación, por parte de Lacan, de su Escuela, se trata de volver a leer el texto, de interrogarlo desde la actualidad.
Me limitaré aquí a situar algunos puntos que han ido saliendo a lo largo de las tres sesiones en relación a la letra, la lectura y la soledad del analista.

Lo inanalizable
En la primera sesión, Toni Vicens situó el contexto del Acto de Fundación (1964) y de la crisis institucional que finalizó con la exclusión de Lacan del cuerpo de docentes de la IPA en noviembre de 1963, lo que le deja en posición de objeto resto. “Fui negociado” –dirá al respecto. Sin embargo, Lacan no queda en esa posición de “excomulgado”, “mutilado” de la IPA, sino de separación, y se pone a producir. En 1964, extrajo los 4 conceptos fundamentales, reformuló el objeto a y fundó su Escuela.
Mientras que para la IPA no hay lo inanalizable, y por eso pueden buscar los fundamentos biológicos del inconsciente, para Lacan sí. Ya lo había introducido en su seminario, en 1959, con el concepto de das Ding, que devendrá ese año, el undécimo de su seminario, el objeto causa del deseo. Lo inanalizable toca a las dificultades de transmisión del psicoanálisis. Lacan inicia ahí el camino que le llevará a plantear, tres años más tarde, en 1967, su Proposición sobre el pase y el analista de la Escuela.

La Escuela
La transmisión en psicoanálisis se hace a través de la transferencia. La Escuela se funda en ella. 
El nombre de nuestra escuela, la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis, como la mayoría de las escuelas de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, hace referencia al nombre de Lacan, que nos causa.
En el Acto de fundación, Lacan comienza hablando de la soledad: “Fundo, tan solo como siempre he estado en mi relación con la causa analítica…”
Lo propio de la comunidad analítica es la soledad, inanalizable, y la manera de hacer “colectividad”: la Escuela como un conjunto de soledades.
La causa analítica se basa en la inexistencia del Otro, causa perdida. Estamos buscando la ley que une la causa y el efecto. A lo largo de su enseñanza, Lacan  nos enseña cómo intenta atrapar eso que se escapa.
En El banquete de los analistas, J.-A. Miller señala que, en Lacan, la Escuela pasa a ser otro concepto fundamental, el quinto. Él toma la idea de escuela de las escuelas antiguas, donde tenía una función ética: entrar en una implicaba cambiar el modo de vivir.
En la actualidad, señaló Toni Vicens, el concepto de Escuela se puede tomar como un anudamiento RSI, con tres dimensiones:
1. Una dimensión imaginaria: la Escuela como lugar de transmisión del discurso analítico.
2. Una dimensión simbólica: la Escuela como lugar de formación, donde se crea la ignorancia: todo saber debe apuntar a una x nueva. Se trata de formalizar para despejar la incógnita.
3. Una dimensión real, relacionada con el valor de control de la escuela. Es un lugar de rectificación de la ética que se puede poner en línea con la rectificación subjetiva que hay a la entrada de un tratamiento. Pero nunca tendremos el control del control. Se trata de una apuesta forzada. No tenemos la opción de quedarnos con un saber establecido. Tenemos que apostar por algo nuevo. En esta dimensión real de la Escuela se juega su futuro. La Escuela se hace cargo de lo interminable de los análisis.


Una lectura transferencial
La lectura es algo común a la escuela antigua y la escuela analítica. La Escuela es un aparato de lectura, se basa en la lectura, que se hace en soledad. La Escuela transita entonces por la lectura, la letra y la soledad.
La soledad de la letra. La letra es una marca de goce y, en este sentido, toca el cuerpo. Por eso es necesario abordar la investigación sobre el cuerpo en nuestros debates actuales sobre la clínica y sus malestares.
En El acto de fundación, Lacan da mucha importancia a las publicaciones. Él se interesó por aquellos autores, como Marguerite Duras o James Joyce, cuya práctica anudaba escritura y cuerpo y, en ese sentido, tocaba a la práctica del psicoanálisis. Es importante que estemos atentos a las modalidades de lectura y escritura de nuestra época, que no son solo del tipo de una escritura adormecedora, que favorece el olvido.
En relación a la pregunta de cómo se elabora el saber en la actualidad, Toni Vicens señaló que en la época de Lacan la elaboración de saber tenía lugar en la universidad. Sin embargo, en la actualidad, dicha elaboración corre a cargo del mercado, es decir, ha desaparecido.
Hay una masa de falsos lectores de Lacan, especialmente en las universidades norteamericanas, aunque eso siempre nos acaba llegando. Entre ellos, encontramos autores destacados como Zizek o Agamben, que reúnen a un gran auditorio cada vez que dan una conferencia. Pero, ellos toman el texto lacaniano sin la transferencia. No corren el riesgo del amor, el riesgo de no encontrar sentido; manejan un saber muerto y no se enteran de lo subversivo de la teoría lacaniana. Si el psicoanálisis deja de lado la transferencia, lo pierde todo.
En relación al Seminario de la Escuela, organizado por el Consejo de la ELP en las distintas comunidades el pasado sábado, Toni Vicens se refirió al título: “Después el Edipo, todos analizantes” que, según planteó el Consejo en su texto de presentación, hace referencia a que el analista es también, en otra escena, pero conectada a ella, analizante, y que no debe cerrar la dimensión de la experiencia del inconsciente. Se puede entender también, concluyó Toni Vicens, que un analizante es alguien bajo transferencia. Hemos de constituir eso como agalma.

Nota:
1. Los trabajos presentados en este espacio están publicados en general Freudiana 67 y 68. Mi texto, "La escuela de Lacan: del fracaso al acto y retorno", se puede leer en este mismo blog en la siguiente entrada:
http://www.elblogdemargaritaalvarez.com/2013/09/la-escuela-de-lacan-del-fracaso-al-acto.html