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miércoles, 21 de diciembre de 2011

SOBRE LA RELACIÓN CON LA LENGUA 2. EL AMOR POR LA LENGUA

(Foto M.Álvarez, 2011)

Respecto a las lenguas que digo -o dicen- que hablo, quiero hacer algunas precisiones. De todas ellas, la lengua menos desconocida para mí es aquella que aprendí de niña: el castellano que se habla en Asturias, impregnado en primer lugar por las formas sintácticas del bable y por sus fonemas - objeto este último durante mi infancia, en tiempos de la dictadura, de censura y desprestigio como el resto de las lenguas de España en favor del primero. Pero también, en mi caso particular, era un castellano que dialogaba con el gallego natal de la mujer que me cuidaba y  los giros de su madrileño castizo, de adopción, que ella hacía servir a menudo para enfrentar con bastante humor las vicisitudes de su vida.
En segundo lugar, hablo el catalán, que es una lengua que no me vino dada, sino que elegí, y lo hice por amor, y con amor.  Por el amor, y con el amor, necesario para aprender cualquier lengua, incluso, para aprender a hablar cuando somos niños. Pero, no solo aprendí a hablar catalán por amor a la lengua misma y a mis amigos, a la comunidad donde vivo; también lo hice, por razón, y con razones (1).  
Vivir fuera del lugar donde había nacido, en Barcelona,  transformó mi relación con el castellano: me hizo "normalizarlo" y abandonar ciertos localismos para adoptar otros en favor de la comunicación, ya que descubrí que no en todas partes donde se habla el castellano "allegan" las puertas o, también, que si decía "riche" en vez de "bollo" o "servus" en lugar de "betún", como se hace en Gijón, nadie fuera de allí me entendía -por cierto que al cabo de los años descubrí en un mercado de brocanters en Barcelona que el famoso "servus" era una antigua marca de betún ¡de Badalona! Nadie parece acordarse de ella por aquí, sin embargo, a mil kilómetros, dejó su impronta, su marca en la lengua.
Mi castellano quedó afectado también por la adquisición del catalán, y la preceptiva diglosia que irrumpe cuando dos lenguas conviven juntas: más allá de que se peleen o hagan el amor –o de que se peleen y hagan el amor, que todo es posible-, una se contagia irremisiblemente de la otra. Así, a veces, digo a alguien que "hace mala cara" cuando "tiene mala cara", lo cual causa cierto sobresalto o perplejidad en el receptor, sobre todo cuando no conoce el catalán y, por tanto, no reconoce que traduzco literalmente de él sin darme cuenta. 
Pero lo he aceptado sin problemas. He aceptado que la riqueza de hablar cotidianamente dos lenguas me quitara algo, me desidentificara un poco y me dejara sentir cierta falta, cierto vacío constituyente. Esta pérdida es positiva porque es productiva. Ya sabemos que no hay creatividad sin vacío, sin el requisito, sin el riesgo que supone aventurarse en él.
En tercer lugar, la lengua que menos extranjera me resulta es el francés, la lengua de Montaigne, de Descartes y la Ilustración, así como de una de las revoluciones político-sociales fundamentales; también la de Baudelaire, de Ducasse, de Mallarmé y de Apollinaire, de Raimond Roussel y los surrealistas; pero sobre todo -para mí-, la lengua del psicoanálisis que ha encontrado en ella, y el pensamiento que vehicula, gracias a Jacques Lacan, su renovación y su fuerza.
El inglés lo conozco menos, aunque también me interesé por él pronto. Un día, un familiar me dijo que al otro lado del mar, que estaba mirando desde mi balcón, se vivía mucho mejor. Era una mañana gris y yo tenía seis años. ¿Cómo iba a pensar que me estaba diciendo que en Inglaterra no había una dictadura, cuando ni siquiera había oído esa palabra ni conocía lo que significaba y, además, tardaría varios  años más en ser plenamente consciente de que vivía en una? 
¡Entendí lo que entendí!… En concreto, que los ingleses, cuyos paisajes y economía son en parte similares a los de Asturias, eran más felices. Eso despertó rápidamente un vivo interés por ellos, por su lengua, su historia, su cultura, así como por el mar que nos separaba -ese mar que los portugueses calificaban de tenebroso hace varios siglos. Mi dirección electrónica es un resto de ese amor por aquellas islas que se alzaban entre la bruma tras la línea del horizonte de mi universo infantil: en gaélico, "sgairbh" quiere decir "cormoranes", unas aves marinas fuertes y veloces que cruzan libremente el mar como yo tantas veces deseé hacer desde aquel mismo balcón.
Respecto al bable, es cuestión de cierta inmersión primera en sus formas y resonancias pero también de cariño y homenaje a un mundo prácticamente desaparecido que ya casi no conocí pero en el que vivieron muchas  generaciones que me precedieron en esta existencia singular y universalmente extraña que decimos "humana".  Reconozco que algo tiene que ver conmigo, y aunque nunca lo he hablado, ni probablemente lo hablaré, lo entiendo bastante bien las raras veces que lo escucho. Y algo en su acento y su expresividad me resulta alegre y me hace sonreír .
En fin, en relación a las lenguas, sobre todo, las románicas o romances, la arquitectura de mi pensamiento es como el monte bajonormando Saint Michel: no hay homogeneidad en absoluto, sino variedad de estilos que se corresponden, allí, en su abadía, con las sucesivas construcciones y remodelaciones realizadas,  a lo largo de los siglos, siguiendo los cambios de las directrices artísticas en materia de edificación  religiosa. Pero, ¿alguien duda que ello le da su singularidad? ¿Alguien se atrevería a atacar su arquitectura prodigiosa? ¿Defendería que tendría que haber sido construido con un solo estilo? ¿Que sería mejor que fuera homogéneo?
Sabemos que nadie habla a la perfección  lengua alguna. Estamos siempre, en relación a cualquiera de ellas en situación de déficit, de cierta falta.  Y yo, con esta historia tan particular, desde luego no voy a ser una excepción. Pero me alegro de esta historia que, al fin y al cabo, es la mía. 
El conocimiento que tengo de distintas lenguas, por limitado e insuficiente que sea, me ayuda a entender que cada persona, también las diferentes culturas, piensan el mundo, conciben la vida de manera no idéntica, cuando no radicalmente distinta. Me resulta asimismo fundamental para no creerme -lo que siempre contraría el narcisismo constitutivo-, que mi pensamiento, mi lengua o mi cultura  son las únicas posibles, o las mejores posibles.
Así, amo todas las lenguas que hablo, que malhablo, que deshablo, que rehablo, que casi hablo, que hablo como quiero o como puedo, o que no hablo tanto como quiero. De hecho, también amo las lenguas que no hablo y las que con toda probabilidad nunca hablaré, inclusive aquellas que ya no se hablan en ninguna parte o que todavía no existen. Amo siempre encontrar otra manera de decir las cosas, nuevas palabras para decirlas porque eso hace que las cosas ya no sean exactamente las mismas -imposibilidades inherentes a la traducción- y eso las complejiza, las enriquece y renueva, volviéndolas más interesantes. 
Amo ese esfuerzo por "bien decir", por decir bien, lo más precisamente posible,  que supone la existencia, la invención misma de una lengua. De hecho, no hay invención sin lengua: la inventio es la primera fase de la retórica clásica,  antes de la elocutio,  y quiere decir: "Hallar, tener algo que decir".
Por lo general, soporto bien el sentimiento de extranjería que me produce moverme en medios donde no conozco del todo la lengua que se habla, o donde no la conozco apenas, o donde la desconozco por completo.  Esto último, a veces, me hace incluso gracia.  En ocasiones, es un descanso, incluso un alivio, no entender lo que dice el otro, o atribuir la falta de entendimiento solo al desconocimiento de la lengua; incluso imaginar lo que dice o imaginar que dice lo que a una le gustaría que dijera…  En fin, como decía Andy Warhol, aunque en parte sea una boutade- hay cosas (él se refería al amor) que es mejor imaginarse. A veces, sí.
La extranjeridad frente al otro, ante al mundo y respecto a una misma son constituyentes. Y es interesante dejarse sentir el vacío que la relación con aquellas lenguas que no son la primera que aprendimos - y que por lo general consideramos "propia", nuestra lengua materna -, introduce en nuestra vida: nos abre la posibilidad de pensar algo nuevo, de otro modo, desde otra perspectiva. Esto nutre y fortalece nuestro pensamiento. 
Incluso, siendo radical, podemos decir que no hay lengua propia, sino que es  la lengua siempre la que se apropia de nosotros, la que nos hace suyos, la que nos causa y nos determina. No existimos sin ella. La lengua habla por nosotros y de nosotros, es decir, somos hablados, hecho que para el psicoanálisis está en la base de lo que llama "inconsciente". 
Tendemos a calmar la sensación de vacío, que la relación con la lengua nos crea, colmándolo, tapándolo con una identificación proveedora, como todas ellas, de seguridad: "Esta es mi lengua", "yo soy el que habla en ...", "si el otro habla como yo, es como yo", etc.. Pero éste no es el único problema. El mayor problema que acarrea cualquier identificación es que cuando alguien se identifica con un rasgo del otro (sea la lengua que habla, su pensamiento o sus costumbres) crea la ilusión de que ambos son iguales en todo. La identificación siempre tiende a crear una consistencia de ser que produce la segregación, en mayor o menos grado, de lo distinto. Y, entonces, puede ocurrir que se aparte, se desprecie, se odie, se difame, se quiera  erradicar, expulsar, eliminar a aquél que no habla la misma lengua, que no vive como uno, o que piensa distinto.
Aprender una lengua implica admitir cierto no saber constitutivo en relación a nosotros mismos y a la vida, consentir a cierto vacío, a cierta desidentificación, a cierta extranjeridad y cierta extrañeza... Si consentimos a ello, el conocimiento de una nueva lengua nos ayuda a descubrir un poco mejor el mundo y a los otros, pero también nos ayuda a descubrirnos a nosotros mismos. Es una aventura sin par, radical, emocionante, como hay pocas. Es una oportunidad, una suerte.

Notas:
1. Respecto a esta cuestión, puede leerse en este mismo blog la entrada: "Sobre la relación con la lengua". 
http://www.blogger.com/blogger.g?blogID=6199614407506835997#editor/target=post;postID=834461370839632216



domingo, 18 de septiembre de 2011

SOBRE LA RELACION CON LA LENGUA (I)

Pueblo viejo de Belchite, 2010 (Foto M. Álvarez)
Esta mañana he leído una cita de Fellini según la cual las lenguas son maneras distintas de ver la vida. Estoy de acuerdo siempre que demos a esta frase todo el peso que se merece. Las lenguas no son solo miradas sobre la vida sino que ellas mismas la engendran al nombrarla posibilitando así que haya una vida que pensar o que mirar.
Esta afirmación es radical pero nuestra relación con la lengua también lo es. Todas las lenguas son expresiones del lenguaje humano que, en sí mismo, es pura estructura simbólica. Con su ayuda, en el total indiferenciado de las “cosas del mundo” que encontramos al nacer, ese registro inicial que en psicoanálisis llamamos lo real previo (1), descubrimos y aislamos elementos: los identificamos, nombramos, clasificamos y empezamos a relacionarlos, es decir, a pensarlos. Así, por él y con el lenguaje, a través de las lenguas que lo vehiculan, comenzamos a construir el mundo. Por ejemplo, el mundo de las sensaciones que sin la acción simbólica y estructurante del lenguaje, no sería ni mundo ni sensaciones: no podemos considerarlas así antes de haber incorporado los correspondientes conceptos.
La categorización cartesiana que organiza el pensamiento occidental nos lleva a separar en distintos niveles sensaciones, percepciones y pensamientos, atribuyendo las primeras al cuerpo y, los dos últimos, a la mente. Y, si bien es cierto que esta categorización explica distintos niveles de nuestra experiencia, también crea a esta última, es responsable de ella. Esto quiere decir que esa división no es un dato primario sino secundario y que sin pensamiento no podríamos saber nunca ni qué sentimos ni qué percibimos.
Pero el pensamiento tampoco existe por sí solo: está fabricado con lenguaje. Aunque parezca evidente, prefiero dejar clara cuál es la premisa de partida.
El lenguaje es condición del pensamiento, así como de los mundos que este último crea, ya sean culturales o internos: excava en lo real un lugar para sus cimientos y edifica su estructura o armazón. Pero cada mundo se construye con los materiales que provee cada lengua particular. Ella reviste los cimientos del mundo que crea y recrea. Y levanta paredes maestras, sólidas e incuestionables que fijan sus coordenadas esenciales, así como una diversidad de tabiques más o menos movibles o prescindibles. La lengua abre asimismo balcones y, también, pasillos de comunicación entre conceptos, o los ciega, impidiendo así la circulación fluida entre ellos. Cada lengua construye sus propios sótanos y, también unos techos que la limitan, aunque a veces abra claraboyas o tragaluces que permiten ver un poco más la luz del cielo. También puede contar con terrazas y miradores sobre el mundo y edificar jardines, asilvestrados, ingleses o a la francesa, donde solazarse o recogerse; pero cada lengua cuenta asimismo con un modo particular de tapar claustrofóbicamente galerías y ventanas. Una lengua posibilita ciertos pensamientos que, otra, no, y viceversa.
Cada lengua no es solo un instrumento de comunicación como se tiende a reducir hoy en día. Es principalmente una morada simbólica donde alojar nuestro desamparo inicial y perpetuo ante la vida, un refugio ante él, pero también una manera de abordarlo y de tratarlo. En este sentido, las lenguas son un recurso, un patrimonio, en mi opinión nuestra principal riqueza.
Cada lengua configura un mundo determinado y una relación con él, es decir, eso que hemos llamado al principio una manera de mirar la vida. Por eso, no es sencillo aprender otra lengua: más allá de las dificultades puramente idiomáticas, lo que más cuesta es salir un poco de nosotros mismos y empezar a pensar con ella, dejar entrar otra manera de ver las cosas y, sobre todo, tolerarla sin precipitarse a desprestigiarla o a condenarla para volver a encerrarnos en límites seguros. Y, por eso, cuando dejamos que otra lengua nos trabaje, eso nos enriquece. Nos permite abrir rendijas en las tapias por las que se cuela el aire fresco y regalar a nuestro mundo algunos paisajes y horizontes nuevos.
No deberíamos rechazar la coexistencia de más de una lengua en un mismo territorio, sino alegrarnos, y defenderla porque siempre son mayores los beneficios que las dificultades. Esto es lo que hacemos una buena parte de los ciudadanos de este país quienes, sin contar ahora con el conocimiento que podamos tener de otras lenguas foráneas, hablamos al menos dos españolas.
Pero sería no solo de justicia, sino inteligente, que todos los españoles las defendiéramos porque son nuestro patrimonio, un patrimonio vivo, las conozcamos o no. Igual que la mayoría de nosotros –quiero creer- defenderíamos el Museo del Prado, Santa María del Naranco, la Alhambra, el Monasterio de Yuste o la Pulcra Leonina, entre otras joyas de nuestro tesoro artístico, si alguien quisiera derribarlas, porque no las apreciara, porque las odia o para obtener de ello algún provecho. Aunque no los hayamos visitado nunca, reconocemos estos monumentos como nuestros.
Cada vez que no defendemos una lengua, colaboramos a su desaparición, sea de manera activa o pasiva. Y corremos el peligro de deslizarnos hacia ese pensamiento unificante, hermano del odio, que tanta miseria de espíritu, cuando no devastación y dolor, porta consigo siempre. El mundo donde ese pensamiento habita, en que prolifera y malflorece, lo sabemos por otras épocas, no es bueno.

Bibliografía:
1. Jacques Lacan: "Lo simbólico, lo imaginario y lo real" (1953). En: De los nombres del padre.  Buenos Aires: Paidós, col. "Paradojas de Lacan", 2005.

viernes, 22 de octubre de 2010

SOBRE LA OTRA MIRADA DEL SIGLO XX. LA MUJER EN LA ESPAÑA CONTEMPORANEA, DE IRIS ZAVALA

Jardines del Generalife, Granada, 2010. Foto de Margarita Álvarez
El título de este libro de Iris Zavala: La otra mirada del siglo XX. La mujer en la España contemporánea, parece proponerse como mirada alternativa, o complementaria, respecto a una mirada ya existente sobre el siglo XX español. Y, aunque, al leer el libro, comprobé de inmediato que la propuesta de la autora era justamente otra, desde luego más compleja, decidí tomar esta cuestión de una mirada única o complementaria como punto de partida para subrayar una de las cuestiones que Iris Zavala propone: la idea de que el pensamiento canónico, el pensamiento que propone un canon único tiene siempre vocación, de convertirse en un pensamiento universal, es decir, válido para todos, pero esta vocación es sin duda ilusoria puesto que el pensamiento que responde a un canon único no agota las posibilidades del pensamiento: hay otros modos de pensar el mundo, otras miradas, que no se sitúan dentro del canon, lo superan, o surgen en sus márgenes o sus fronteras. Estos otros modos de pensar, estas miradas han sido históricamente reprimidas, negadas, desvalorizadas, nos dice la autora. Se ha tratado de aplastarlas bajo la losa del canon. 
Estas miradas que no responden al canon conforman esa otra mirada de la que nos habla el título. Esa otra mirada no es entonces una mirada única, tampoco una mirada más, sino una mirada que se rige por otra lógica. Se trata en realidad de una multiplicidad de miradas.
Para pensar esta distinción, Iris Zavala recurre a las lógicas psicoanalíticas del Todo y del no-todo, que Lacan escribe  para dar cuenta de las posiciones  subjetivas frente al goce. Si vaciamos de contenido fálico el argumento que se pone en juego en estas lógicas, pueden sernos de utilidad para pensar algunas cuestiones de lógica colectiva, por ejemplo esta distinción entre una mirada única y una mirada otra o plural.
Iris Zavala aplica dichas lógicas al campo de la cultura, en concreto a la Modernidad, esa nueva época que comenzó a partir de las distintas revoluciones que se produjeron en Europa durante los siglos XVIII y XIX: revoluciones en los medios de producción, revoluciones sociales, políticas y culturales.
Podemos pensar la irrupción de la modernidad como el encuentro con un mundo desconocido, cuyos mapas aún no estaban trazados, una aventura para la que no servían las referencias anteriores, que hizo que los individuos se fueran despegando poco a poco del peso de la referencia a la tradición, es decir, de lo que se presentaba como escrito desde siempre, y para siempre, y no podía cambiarse. El individuo vivía aplastado por el peso de la tradición, de lo ya establecido (del canon único), por lo que  puede llamarse una figura de la existencia del Otro, ya se lea en términos de Padre, con mayúscula, de Dios, de Rey o de Estado, siempre en posición de excepción. 
Pero los profundos cambios sociales, culturales y políticos que agitaron el siglo XIX modificarán estas coordenadas de la figura del Otro, que pasó en el siglo XX de su existencia a su inexistencia lógica. Esto comportó el declive de la predominancia de la lógica del Todo, tradicionalmente masculina, a la par que comenzaron a crecer, a extenderse, aquellos fenómenos sociales que responden a la lógica femenina del no-todo.
Iris Zavala plantea la siguiente tesis: “Es en el campo en que lo femenino irrumpe, donde se juega la modernidad misma” (p. 66). Si bien entiendo que desde esta perspectiva habría que entender aquí lo femenino en el sentido lógico y no fenomenológico y, por tanto, no identificar necesariamente lo femenino con las mujeres, a veces se confunde: por un lado, el  lenguaje lógico coincide frecuentemente con el lenguaje común y se desliza el malentendido; por otro, lo femenino aunque no es exclusivo de las mujeres, también puede tener que ver con ellas, aunque no siempre y no con todas -hay mujeres que no responden a esta lógica o, también, podemos  decir que no siempre, en todo momento, una mujer se rige por ella. 


Lo moderno, lo femenino y las mujeres
Pero Iris Zavala no se limita a hablar del auge de lo femenino que se produce en consonancia con el declive del padre en la modernidad, sino que señala cómo este auge de la lógica del no-todo es solidario de la promoción de las mujeres en la vida social, con su entrada en campos que tradicionalmente les habían estado vetados.
Hay que subrayar que esta promoción de las mujeres ha sido históricamente, como ella subraya, ganada al Otro social a la fuerza, corriendo el riesgo del acto, siempre a contrapelo.
Sin embargo, en relación a esto, querría subrayar que esto no deja de ser la condición misma para que cualquiera, hombre o mujer, se gane el estatuto subjetivo. El sujeto siempre se constituye  "a contrapelo del Otro". El margen donde se aloja el sujeto, tal como se entiende en psicoanálisis, siempre implica una separación interna del Otro, tiene que ganarse el lugar de sujeto deseante. 
Otra cuestión es que hombres y mujeres hayan enfrentado históricamente dificultades distintas a la hora de ser reconocidos no solo como sujetos deseantes, sino también como sujetos de derecho.
Y no hay duda de que en el caso de las mujeres este logro no hubiera sido posible sin lo que Iris Zavala llama el “acontecimiento ‘feminismo” (p. 20) o los feminismos que nacen con los socialismos democráticos y laicos de la modernidad (p. 257). 
Ella recoge la biografía, de algunas mujeres avanzadas respecto a sus épocas, verdaderas pioneras en vivir según su deseo. Y hay que decir que si cada una de ellas llevó a cabo esa lucha en un campo visible, el lugar donde previamente tuvo que ganarse esa batalla fue en el propio campo subjetivo.
Más allá de las diferencias diferencias personales y de discurso que encontramos en la vida de cada una de estas mujeres del siglo XX que la autora nombra, una por una, podemos subrayar una coincidencia: no se limitaron a responder a lo que se esperaba de ellas sino que decidieron sostener su propio deseo, vivir su vida de manera distinta a lo que marcaba su época, construir lo que la escritora Virginia Wolf llamó en 1928 “una habitación propia”.
Solo voy a citar aquí a una, que de hecho no es una de estas mujeres reales, pero podría serlo. Iris Zavala no la incluye en la serie de biografías que toma porque es un personaje de ficción: se trata de Nora Helmer, la protagonista de Casa de muñecas, de Ibsen, que abandonó el hogar conyugal, y con ello su posición de juguete del otro, para construir su propia vida. Después del estreno, el personaje de Nora se convirtió en un símbolo de este cambio de la posición de la mujer en relación a su deseo; cambio que pone en juego un acto, en el sentido que tiene este término en psicoanálisis, como una acción cuyas consecuencias no pueden preverse de antemano y que, a posteriori puede verse, marca un antes y un después en la vida del sujeto. Un acto siempre implica un atravesamiento de la angustia.
Junto a Nora, Iris Zavala recuerda también a Dora, el célebre caso freudiano de histeria. Y lo hace señalando que tomar la palabra tiene efectos: Dora, y antes de ella, Anna O, Emmy, Elisabeth de R, Catalina... permitieron a Freud descubrir el psicoanálisis. Quizás ahí se ve la conjunción feliz entre un saber que no se sabe, el de ellas, y alguien, Freud, que supo asimismo separarse del discurso dominante de su época, el de aquella psiquiatría del siglo XIX que desahuciaba los casos de histeria, y  escuchar aquello que se rechazaba desde el saber establecido, aquello que no podía escucharse porque no tenía un sentido conocido, aquello que necesitaba una posición de escucha distinta, inédita hasta la fecha, una invención de saber. Esto le permitió descubrir del inconsciente y fundar el psicoanálisis.
Iris Zavala dedica una buen parte de su libro a analizar lo que llama “cinco formas modernas de la experiencia de la mujer: (...) “Desde la primera aventura en la emergencia del discurso, su epopeya en los albores del siglo XX, la conciencia  de libertad de expresión entusiasta en la vanguardia de los años 20, su destino trágico, su requiem con la guerra (in)civil de 1936; y su conciencia enunciativa y analítica a partir de la experiencia de la democracia y su legado para el siglo XXI” (p. 16). 
Para hacer este análisis, estudia asimismo la modernidad española y los cambios económicos, políticos, culturales y sociales que experimento España a lo largo del siglo XX, “siglo de cambalache” nos dice la autora. Un siglo que comenzó en 1898 con las pérdidas de las colonias de ultramar y el espíritu crítico de la generación del 98, con la búsqueda de nuevas coordenadas que supuso el Modernismo y las llamadas vanguardias, con la expulsión de la monarquía y la proclamación de la República y sus ideales de civilización, la rebelión del general  Franco y la guerra (in)civil -como son inciviles todas las guerras, en tanto fracaso de la civilización-, el final de la guerra y la partida dramática al exilio de muchos republicanos, entre ellos la flor y nata de la cultura de nuestro país...
Y aquí, vuelvo otra vez al título, e introduzco una nueva lectura: la otra mirada del siglo XX es sin duda, también, la mirada de Iris Zavala. Como ella misma dice: “La que escribe es una mujer antillana, educada en Puerto Rico -sus maestros fueron exiliados republicanos- y en una Universidad de Salamanca en la que también encontré maestros inspirados. Me inserto pues en un particular mundo simbólico, de grandes maestros , voces que se han unido a mi voz a lo largo de los años, en que no falta 'el maestro' posición discursiva que me induce a la idea de sostener la idea de una historia o un relato que me permita incluir el no-todo en el todo, que incluya hombres y mujeres, que contemple a la sociedad en su pluralidad y su antagonismo central; que mantenga la diferencia disolviendo las jerarquías, que provienen de lo universalizante y del centro” (p. 20).
Iris Zavala que dedica esta obra a “la memoria de sus maestros y amigos republicanos y a su legado”, cumple en ella un ejercicio de memoria, una política de la memoria histórica del siglo, que permita sentir el pasado como un legado (p. 339) y rescate del olvido la memoria de aquellos hombres y mujeres modernos que soñaron un país que no existía y lo quisieron hacer realidad de la manera que supieron. En todo caso, no se merecen el olvido al que el franquismo les sometió y del que la transición democrática, con su necesidad de sostener “una libertad sin ira” que permitiera la convivencia democrática no rescató dándoles el lugar que les correspondía.
Esta obra constituye un homenaje que la autora les hace y, también -me parece-,  la manera que ella tiene de hacerse cargo de la deuda simbólica que cada individuo, cada generación ha de pagar con las generaciones que le siguen por lo que la precedente le ha transmitido. Finalmente quisiera señalar que, a mi entender,  tiene algo de un duelo por esas voces perdidas, esas voces que sostuvieron un proyecto fallido, pero que era un proyecto civilizador basado en un ideal educativo.
Aunque no se trata, creo,  de quedarse en la nostalgia. El siglo XX no solo trajo consigo la guerra civil española, también hubo dos  guerras mundiales en las que Europa  encontró algo más que  sus propias tinieblas, se adentró en una densa oscuridad. En las mismas cámaras de gas donde se exterminó a cientos de miles de hombres, se liquidó el gran Ideal de la civilización occidental de que la cultura acabaría con la violencia, con la destrucción y con las guerras. Nuestra época no escribe los ideales con mayúscula, lo cual comporta sus problemas, pero eso no tiene que dejarnos paralizados. Es preciso inventar.
(*) Presentación del libro de Iris Zavala, La otra mirada del siglo XX. La mujer en la España contemporánea, en la librería Catalonia de Barcelona, el 13 de mayo de 2005.