martes, 5 de enero de 2016

UN NUEVO LECTOR, UNA LECTURA NUEVA



Portada de un libro que  Sigmund Freud tenía en su biblioteca



La relación entre el psicoanalista y la lectura ha sido puesta de relieve y abordada desde los inicios del psicoanálisis. Por ello, con frecuencia se apela a la importancia de esta última en la formación del analista, incluso en su producción. No podría ser de otro modo en tanto el síntoma analítico, como el inconsciente, tal como abordé en un trabajo anterior (1), es algo que se lee.

Pero, ésta no es la única dimensión de la lectura convocada en relación al analista. Hay otra que compete a su sentido más común de recorrido por los textos fundamentales del psicoanálisis, es decir, a la interpretación textual. En este sentido, Freud, Lacan, Miller están considerados como grandes lectores. Las múltiples referencias que encontramos en sus textos, así como lo que sabemos de sus bibliotecas, testimonian de ello.
Me propongo abordar aquí esta dimensión de la lectura del psicoanalista, a petición de la revista Freudiana, que celebra ahora su aniversario: 25 años, 75 números. Para ello, tomaré algunos testimonios, comentarios y referencias que nos hablan de la relación de estos analistas magistrales con ella.

Freud lector
En La interpretación de los sueños, Freud se describe como un apasionado bibliófilo pero, también, como un “gusano de biblioteca” (2). Ambas pasiones, de raíz infantil, le llevaron a reunir con el tiempo una nutrida biblioteca de casi cuatro mil volúmenes cuyo contenido abarcaba desde la medicina, la psiquiatría o la neurología hasta distintos campos de las llamadas humanidades, así como de la psicología y el psicoanálisis (3).
Podemos ver esta biblioteca como una ilustración de la universitas literarum  que, en 1917, él mismo consideraba indispensable para la formación del analista (4). Este último debería tener un conocimiento del universo literario, entendido como el conjunto de la literatura existente, lo que incluía por  tanto obras de ciencias y de letras.
En 1938, cuando la Anschluss de Austria al Tercer Reich le compelen a abandonar Viena, Freud intenta exportar a Londres, con la ayuda de María Bonaparte, su colección de antigüedades y su biblioteca. Antes de obtener el permiso para ello, y con la incertidumbre de lograrlo, su hija Anna empezó a trasladar uno a uno, en su maleta, algunos de sus volúmenes.
Cuando obtuvo finalmente la autorización y llegó el momento del traslado, Freud sin embargo no trasladó todas sus obras sino que entregó a un librero para su venta el conjunto de la literatura psiquiátrica y neurológica, lo que constituía casi un tercio de las obras.
Un análisis del catálogo de la biblioteca de Freud permite colegir que el fundador del psicoanálisis eligió llevarse al exilio solo las obras psicoanalíticas y las de humanidades (5). Ellas le acompañarán hasta el final de sus días.
Dicha elección parece acorde con otra declaración, posterior a la citada, acerca asimismo de la formación del analista. En 1926, al abrirse en Viena una causa judicial contra Theodor Reik por ejercer el psicoanálisis sin ser médico, Freud había señalado que los estudios de medicina no eran una condición, mientras que la falta de una buena orientación en los campos de la “historia del cultura, mitología, psicología de la religión y ciencia de la literatura”, dejaban al analista inerme frente a gran parte de su material. De nada le servirá para sus fines el grueso de lo que se enseña en la escuela de medicina. (…) Al analista, en cambio, su experiencia le lleva a otro universo, con otros fenómenos y leyes” (6).
Este otro universo, con sus propios fenómenos y leyes, se constituye como consecuencia de su lectura del síntoma, a partir de la histeria, muy distinta a la concepción imperante en la psiquiatría de su época y que le lleva a descubrir el inconsciente. Es una lectura del síntoma a partir del símbolo, es decir, del lenguaje.
El caso Cecilia es un ejemplo temprano y excelente, según él mismo señala, de que la génesis del síntoma está mediatizada por el orden simbólico (7): una afrenta vivida por la paciente como una bofetada es la causa de una neuralgia facial que “desafiaba cualquier tipo de terapia”. Solo la verbalización del conflicto inconsciente, que tiene lugar en el análisis, deshace el nudo del síntoma y resuelve este último.
Poco después, Freud avanza que el sueño es un rebus (8), un jeroglífico. Esto quiere decir que no se debe atender al significado de sus imágenes sino que éstas deben ser escuchadas por su valor fonético, es decir, como si se leyeran. Se trata de una escucha de la palabra que permite leer en ella una escritura.
Voy a detenerme brevemente aquí. Una imagen deviene una escritura cuando se usa a modo de signo para significar “algo para alguien”, según la definición de Peirce (9). Pero estos signos, pictogramas simples, están aún muy vinculados a la imagen de la cosa, a su percepto visual (10); implican un primer borramiento suyo, una primera transcripción. Cada uno remite entonces a un significado concreto, como vemos en las señales de tráfico, lo que limita la transmisión de ideas complejas.
Por ello, se considera esencial para el desarrollo de la escritura el descubrimiento del principio del jeroglífico, según el cual un símbolo pictográfico puede ser usado no por su referencia visual directa, que se pierde, sino por su valor fonético (11). Así, por ejemplo, una analizante relata un sueño donde ve a un hombre que le gusta pero, al darse cuenta de que cojea, se angustia. En lo que dice del sueño, “cuando veo que es cojo me angustio”, se escucha: “Cuando veo que escojo me angustio” (12).
El descubrimiento del principio jeroglífico marca el paso de las protoescrituras a la escritura plena, o a la escritura propiamente dicha, que requiere una segunda transcripción, un doble borramiento de la cosa, en el que se diluye el lazo estable del signo con el significado constituido al nivel del signo. Esto pone en juego un nivel más complejo del sistema simbólico, por así decir, un segundo grado. Y nos enseña que la lectura precede a la escritura, o lo que es lo mismo (13), que para escribir hay que saber leer.
Volviendo a la Traumdeutung, Freud añade que “nuestros predecesores en el campo de la interpretación de los sueños cometieron el error de juzgar la pictografía como composición pictórica”, es decir, de leerla como un signo vinculado a un significado mientras que el principio jeroglífico aplicado a ella desanuda ese lazo necesario entre ambos. “Como tal, les pareció absurda y carente de valor” (14).
Esta teoría sobre la formación del sueño se extenderá después a la formación del síntoma.

La lectura de Lacan
En 1981, J.-A. Miller concede una entrevista sobre la “lectura de Lacan”. La ambigüedad introducida por el genitivo en el título posibilita leerlo de dos modos: como la lectura que hizo el propio Lacan y como la lectura que Miller, así como cada uno de nosotros, hacemos de sus textos (15).

Lacan lector de Freud
En su entrevista, Miller señala que Lacan se interesó por leer directamente los textos de Freud en un momento en que ello no parecía indispensable para la formación del analista. Al contrario, se consideraba que dicha lectura podía sustituirse por la de algunos manuales al uso en la época –y ahora completamente olvidados. Ese interés le llevará a lo que él mismo calificó en 1955 como un retorno a Freud (16), una lectura guiada por la búsqueda del verdadero sentido del psicoanálisis: “El sentido de un retorno es un retorno al sentido de Freud en tanto su descubrimiento pone en cuestión la verdad y no hay nadie a quien la verdad no le incumba personalmente” (17).
Pero, si bien Lacan se situó en relación a Freud dándole un lugar de referencia (18), no se atuvo solo a las referencias utilizadas por él, no se consagró –señala Miller- a edificar el “museo Freud” (19). El sintagma “retorno a Freud”, entonces, resulta ambiguo y pide ser precisado.
El retorno anunciado por Lacan a los caminos de la letra (20) freudiana participa de una lectura literal de los textos del fundador del psicoanálisis. “Basta con abrir los libros de Freud en cualquier página para quedar sorprendido ante el hecho de que sólo se trata del lenguaje en lo que él nos descubre de lo inconsciente”. La lectura de los textos freudianos tiene en sí misma, según Lacan, valor de formación (21).
Pero Lacan no se limitará a leer detalladamente dichos textos como si constituyeran una “fuente impoluta del saber” de la que bastaría beber (22). Miller señala que dicho retorno comporta por el contrario un trabajo de reactualización de todas las referencias freudianas. Esto permite una lectura inédita.
En los años 50, Lacan lee a Freud con las herramientas aportadas por la lingüística moderna, es decir, con los descubrimientos de Saussure y de Jakobson, que conoció a través de la lectura estructural de Lévi-Strauss. Si la originalidad de Freud es el recurso a la letra (23), él tomará asimismo sus caminos para alcanzar la verdad freudiana.
Freud había abordado el descifrado del sueño como la lectura de un jeroglífico. Lacan precisará que las figuras empleadas en su cifrado solo tienen que ser considerados por su valor significante (24) -y éste siempre remite, al menos, a dos significados. La verdad habla y eso hay que tomarlo al pie de la letra, haciendo una lectura de lo que se dice al modo que opera el rebus (25). Gracias a esta lectura toma forma la tesis de que “El inconsciente está estructurado como un lenguaje”. De esta tesis se sigue que “si el inconsciente puede leerse es porque el síntoma está inscrito en un proceso de escritura”, “está determinado por una estructura significante que lo determina” (26).
El retorno a Freud se acompaña de un llamado a una dimensión de las ciencias que Freud había dejado de lado: primero, la lingüística, y, luego, la lógica y las matemáticas. En este retorno, la obra freudiana queda renovada por estas lecturas que no constituyen referencias solo en el sentido bibliográfico sino que se erigen como las referencias mismas del discurso analítico.
La lectura de Lacan aproxima la verdad freudiana pero no de una manera conservadora sino profundamente innovadora. Él mismo deviene a través suyo ese nuevo lector a quien se dirige en la "Obertura" de sus Escritos (27): un lector que pone de su parte (28), lo que requiere una posición ante el texto e introduce una ética de lectura.

Leer a Lacan
Miller lector de Lacan
En su entrevista, Miller señala que no entró en la enseñanza de Lacan a través del Seminario, como la mayoría de los que le seguían, sino de los Escritos, es decir, de la lectura. Esto le convirtió en lector de Lacan, lo que es desde entonces, si bien su posición de lectura ya no sea la misma.
Hay escritos como “Variantes de la cura-tipo” o “La dirección de la cura”, que introducen un verdadero cuestionamiento de las tesis de ciertos autores de la tradición analítica. Al inicio, Miller declara haberlos leído sin remitirse a estos últimos. Esto le permitía hacer una lectura no exenta de consistencia, pero no la misma que cuando, más tarde, volvió a leer dichos textos sin eludir sus referencias.
Aunque no sea necesario leer todo lo que Lacan ha leído, incluso sea imposible, y el uso por parte de Lacan de las referencias varíe de importancia (29), Miller da un consejo de lectura mínimo: no podemos dejar de leer a estos autores a los que responden los escritos de Lacan, por el hecho de que sus tesis fueron superadas por él. No podemos estar de vuelta sin haber ido. No podemos ahorrarnos ese esfuerzo ni esa experiencia: hay que remitirse a ellos.
La enseñanza de Lacan transforma a sus lectores. Podemos precisar, que transforma a los que saben leer bien, como Lacan mismo hizo con los textos freudianos o como Miller hizo con los suyos. De este último, dijo: “Es aquel que me interroga, el que sabe leerme” (30).
“Lacan –señala Miller- me prendió con el saber leer, al menos con el saber leer a Lacan (…) y por ello la cuestión del saber leer tiene todas las razones para importarme” (31).
El trabajo de establecimiento del Seminario de Lacan que lleva a cabo requiere, dice, un trabajo de interpretación de un texto que no existe. Solo hay distintas estenografías. Miller señala que él no sostuvo ningún ideal de archivista, de comparación entre estas últimas. Quiso obtener textos seguros, pero legibles, tratando de que la parte que pone el lector, que él es, esté presente en ellos lo menos posible, aunque sea “una parte que convino a Lacan”, quien lo designó para tal tarea, “y que es siempre la misma” (32).
Hay entonces una diferencia entre la lectura del Seminario y la de los Escritos. Si los distintos volúmenes del Seminario, no han estado redactados por Lacan, los Escritos, sí. La redacción de estos últimos responde en cada caso a las dificultades que Lacan encuentra en su Seminario para dar cuenta de uno u otro punto. Entonces, los escritos siempre son más complejos de leer. Evolucionan de manera digresiva pero, de repente, el párrafo se cierra lo que cambia la velocidad de lectura. La dificultad está localizada en ciertos párrafos. Y , cuando se topa con ella, no hay otra salida para resolverla que la entrada en el escrito.
Hay que “hacer responder al texto por las preguntas que plantea”, señala Lacan (33). “El texto pregunta y el texto responde”, agrega más tarde Miller. “Y las preguntas que pensamos plantearle, en realidad es el mismo texto el que nos las hace. Y las respuestas no son nuestras respuestas, sino las que buscamos en el texto mismo” (34). Por eso, añade que la lectura de los Escritos tiene un colofón de certeza (35).

Lacan habla de los que le leen
Hay muchas maneras de ponerse delante de un texto y de hacer como que se lee. Lacan no escatimó comentarios irónicos al respecto. A veces, dice, no se lee porque se cree que ya se sabe de memoria lo que dicen los textos (36). O se hace como que se lee, pero en realidad se quiere corroborar lo que ya se sabe, un sentido dado.
Este mismo “ya sabido” lo encontramos también a veces en las publicaciones analíticas. Puede parecer que la intención de muchas de ellas es reiterar lo que ya se sabe, “permanecer exactamente en los límites de lo que ya se ha dicho” y “probar que quien lo firma es no-nulo, capaz de escribir lo que todo el mundo escribe”. Ésta podría ser otra manera de entender que la escritura, en su dimensión significante, es secundaria a la lectura, que no hay innovación en la escritura sino se hace un buen ejercicio de lectura, aunque sea de la propia experiencia.
Entonces, me parece que leer un texto, un párrafo, una frase, es algo que hay que hacer poniendo distancia con lo ya sabido, con el sentido previo, al modo del consejo freudiano de escuchar cada caso como si fuera el primero. Saber leer como saber escuchar, saber leer en lo que se escucha, es un aprendizaje que requiere cierto desaprendizaje, cierto desprejuicio, un olvido momentáneo de lo ya sabido de la teoría, de cualquier sentido previo.
En distintas ocasiones, Lacan se referirá a las lecturas que otros, incluso sus propios discípulos, hacen de sus textos, criticando por ejemplo que digan leerlo y se apoyen en sus términos para decir lo contrario, como hace en 1967 Olivier Flournoy empleando de otro modo el término “intersubjetividad” en un informe sobre la transferencia (37); o como hizo en 1964, su ex-alumno Jean Laplanche, traduciendo impropiamente su tesis según la cual  “el lenguaje es la condición del inconsciente” como “el inconsciente es la condición del lenguaje” (38).
En 1972, sin embargo, alaba a Phillippe Lacoue-Labarthe y Jean-Luc Nancy (39), dos filósofos próximos a Derrida, quienes en su obra El título de la letra demuestran que, aún estando declaradamente en contra suya, han sabido leerle (40), cosa que lamenta no haber obtenido nunca de sus allegados.
¿Es la transferencia negativa condición de lectura en tanto asegura la desuposición de saber? Lacan subraya la transferencia más que el afecto. No basta solo con desuponer el saber al autor, en algún punto tiene que suponérsele algún saber para interesarse en su lectura. Para poder extraer la enunciación en juego en el texto es necesaria entonces la transferencia.
Quiero concluir con una cita temprana de Lacan en la que hace un paralelismo entre la lectura y el análisis: “Comentar un texto es como hacer un análisis” (41). Podemos pensar que la clave de lectura la proporciona el punto al que se ha llegado en el propio análisis: uno lee con la identificación, con el fantasma.... Y cada vuelta dada en el análisis, permite comprender la teoría, darle una vuelta más.
No importa entonces lo mucho que se lea sino cómo se lee. Y en eso no hay atajo posible. Es imprescindible primero, como vimos, la transferencia con el autor, pero una transferencia operativa, que permita trabajar, es decir, tener una posición de lectura, cierta separación.
Y, luego, son necesarias las vueltas de un análisis para poder desalinearse del texto, separarse del sentido, del fantasma y del goce que obstaculizan la lectura, para poner el goce que queda a su servicio, al servicio del deseo de lectura. Y devenir entonces un nuevo lector que pueda hacer con su lectura algo propio, algo nuevo.
* Artículo publicado en Freudiana, revista de la Comunidad de Catalunya ELP, nº 75. Barcelona, febrero de 2016.

Notas
1. Álvarez, M., “La lectura del psicoanalista”, en X Conversación de la ELP: La autorización del psicoanalista y su formación, Barcelona, ELP, 2009. Disponible también en este blog: http://www.elblogdemargaritaalvarez.com/2010/01/psicoanalisis-y-letra-ii-la-lectura-del.html
2. Freud, Sigmund, “Sueño de la monografía botánica”, en La interpretación de los sueños (1900), Obras Completas, Buenos Aires, Amorrortu Editores, vol. IV, cap. V, apartado A, p. 189.
3. Freud’s Library. A comprensive Catalogue. Compiled and edited by Bearbeit und herausgegeben von J. Keith Davies – Gerard Fichtner. The Freud Museum of London, Edition diskord, Tübingen, 2005.
4. Freud, Sigmund, “¿Debe enseñarse el psicoanálisis en la universidad?” (1917), en Obras Completas, vol. XVII, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1986, p. 171.
5. Según el catálogo (Ver n.3), finalizado y publicado en 1995, la biblioteca de Freud contaba con 3725 volúmenes: 994 de Humanidades (447 de Arqueología e Historia del Arte, 160 de Religión, y 372 de Literatura y Filosofía) y 2731 de Medicina y Ciencias Naturales (447 de Medicina, 849 de Neurología y Psiquiatría, 1242 de Psicoanálisis y Psicoterapia y 518 de Psicología y Ciencias Naturales). Un tercio de estas obras representaría aproximadamente unos 1241 libros, es decir, la suma del conjunto de libros de Medicina, Neurología y Psiquiatría.
6. Freud, Sigmund, “¿Pueden los legos ejercer el psicoanálisis? Diálogo con un juez imparcial” (1926), en Obras Completas, vol. XX, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1986, pp. 230-1.
7. Breuer, Joseph, Freud, Sigmund, “Estudios sobre la histeria” (1893-1895), en Obras Completas, vol. II, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1985, pp. 189-95.

8. Freud utiliza esta expresión originalmente en francés entre paréntesis, al lado de Bilderrätsel, jeroglífico, en “Die Traumdeutung Über den Traum”, Gesammelte Werke II/III, Germany, S. Fischer Verlag, 1998, p. 284. La traducción española de José Luis Etcheverry lo mantiene: “La interpretación de los sueños”, en Obras Completas, vol. IV, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1979, p. 286.
9. Peirce, Charles Sander, El hombre y su signo, Barcelona, Crítica, 1988.
10. Gubern, Roman, Del bisonte a la realidad virtual. La escena y el laberinto, Barcelona, Anagrama, 1996, p. 22.
11. Álvarez, Margarita, “Sobre el origen de la escritura: Del pictograma a la letra”, en Cursor, boletín de la Sección de Catalunya de la EEP, Barcelona, 1998.
12. Álvarez, M., “La lectura del psicoanalista”, op. cit.
13. Manguel, Albert, Una historia de la lectura, Madrid, Alianza Editorial, 1998.
14. Freud, Sigmund, “La interpretación de los sueños”, op. cit., vol. IV, p. 286.
15. "Entretien à J.-A. Miller sur la lecture de Lacan", por Serge André, Yves Depelsenaire et Christian Vereecken, realizada el 13.5.1981 y publicada en Litura 4/5 en noviembre de ese mismo año.
16. Lacan, Jacques, “La cosa freudiana o sentido del retorno a Freud en psicoanálisis” (1956), En Escritos, t. I, México, 1984, p. 384.
17. Op. cit., p. 388.
18. Miller, Jacques-Alain, “Las referencias del seminario La angustia, piezas sueltas”, en La angustia. Introducción al Seminario X de Jacques Lacan, Madrid, ELP-Gredos, 2007, pp. 131-2.
19.  “Entretien sur la lecture de Lacan”, op. cit..
20. Lacan, Jacques, “La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud” (1957), en Escritos, México: siglo XXI Editores, 1984, p. 489.
21. Lacan, Jacques, “De la lectura de Freud”, en Robert Georgin, Lacan, Buenos Aires, Nueva Visión, 1988, pp. 10 y 12.
22.  “Entretien sur la lecture de Lacan”, op. cit..
23. Lacan, Jacques: El Seminario, libro III: Las psicosis (19955-1956), Buenos Aires, Paidós, 1984, p. 345.
24. Lacan, Jacques, “La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud”, en Escritos 1, op. cit., p. 490.
25. Lacan, Jacques, “La cosa freudiana…”, op. cit., p. 393.
26. Lacan, Jacques, “El psicoanálisis y su enseñanza”, en Escritos 1, op. cit., pp. 426-429.
27. Lacan Jacques, “Obertura de esta recopilación” (1966), en Escritos 1, op. cit., vol. I, p. 3.
28. Op. cit., p. 4.
29. Miller, Jacques-Alain, “Las referencias del seminario La angustia…”, op. cit..
30. Lacan, Jacques, “Televisión”, op. cit.
31. Miller, Jacques-Alain, “Leer un síntoma”:
 http://ampblog2006.blogspot.com.es/2011/07/leer-un-sintoma-por-jacques-alain.html
32.  “Entretien sur la lecture de Lacan”, op. cit.
33. Lacan, Jacques, “Respuesta al comentario de Jean Hyppolite sobre la Verneinung de Freud” (1954), en Escritos 1, op. cit., pp. 366-7.
34. Miller, Jacques-Alain, “Introducción a ‘Variantes de la cura tipo”, en Umbrales del análisis I, Buenos Aires, Manantial, 1986.
35. “Entretien sur la lecture de Lacan”, op. cit..
36. Lacan, Jacques, Las psicosis, op. cit., p. 297.
37. Lacan, Jacques, El Seminario, libro XV: El acto analítico (1967-8), clase del 22 de noviembre de 1967. Inédito.
38. Lacan, Jacques, El Seminario, libro XVII: El reverso del psicoanálisis (1969-70), Barcelona, 1992, p. 43.
39. Lacoue-Labarthe, Philippe y Nancy, Jean-Luc, El título de la letra. Una lectura de Lacan. Buenos Aires, Serie Crítica analítica, 1981.
40. Lacan, Jacques, El Seminario, libro XX: Aún (1972-3), Buenos Aires, Paidós, pp. 80-1.
41. Lacan, Jacques, El Seminario, libro I: Los escritos técnicos de Freud, Buenos Aires, Paidós, 1981, p. 120.

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