domingo, 22 de noviembre de 2009

PSICOANALISIS Y EMIGRACION: EL DUELO MIGRATORIO


Según el diccionario, un inmigrante es aquel que llega a un país para establecerse en él estando domiciliado hasta entonces en otro. Grinberg y Grinberg explican esta definición a mínima que aparece en los tratados y usan las distintas Administraciones y Organismos oficiales, diciendo: “La migración propiamente dicha es aquella en la cual se produce el traslado de un país a otro, o de una región suficientemente distinta o distante, por un tiempo suficientemente prolongado como para que implique ‘vivir’ en otro país y desarrollar en él las actividades de la vida cotidiana”(1).
El título de esta presentación,* “Una nueva vida”, toma un sintagma que se utiliza frecuentemente en relación al cambio de vida que implica la migración, de tal manera que algunos autores la incluyen en la definición misma de inmigrante: “Alguien que abandonaría el lugar en el que vive para buscar una nueva vida en otro”(2). Sin embargo, esta presentación no puede tomar este sintagma sino para interrogarlo. La idea de “una nueva vida”, por lo demás, con claras resonancias religiosas, supera cualquier referencia a un nuevo medio o manera de vivir así como a los distintos cambios que se producen a lo largo de un proceso migratorio y, podemos decir, sugiere la fantasía de la migración como ruptura total, como un renacer, un empezar enteramente de nuevo, tal como aparece a veces en los dichos de las personas que viven este proceso.
La migración como coyuntura vital que implica un gran número de cambios -todo lo que rodea al individuo se modifica: familia, lengua (o la manera de habitar una misma lengua), relaciones sociales, cultura, paisaje, situación social, etc.- es fuente de riesgos y pérdidas pero también de expectativas, por ejemplo la de un corte total con el pasado, como si las marcas de la propia historia pudieran borrarse. El encuentro con la imposibilidad de que esto ocurra, es decir, el encuentro con la repetición sintomática, puede hacer sin embargo que se abra una pregunta y la persona se dirija a un psicoanalista en busca de ayuda.
Es lo que ocurrió en algunos de los casos que he atendido. Se trataba de adultos jóvenes, entre 22 y 30 años, que habían dejado sus respectivos países en busca de mejores condiciones de vida. Ninguno de ellos acudió por problemas específicos de la inmigración sino por un conflicto, podemos decir un síntoma, que habían creído dejar atrás al partir. 
Me propongo reflexionar aquí sobre las expectativas y el duelo en el proceso migratorio, a partir de mi experiencia clínica. Para ello, dejaré de lado la migración como fenómeno social, político o histórico observable, analizable y me referiré fundamentalmente a ella como acontecimiento vital, subjetivo. La decisión de migrar puede venir dada por una crisis colectiva pero también por una crisis personal, de hecho, puede estar determinada por ambas. Por ello, cuando hacemos un abordaje clínico hay que situar, más allá de las coordenadas sociales, políticas o económicas, las coordenadas particulares de cada migración, sus antecedentes y sus consecuencias subjetivas.
Dejar lo conocido y afrontar lo que no se conoce depende de recursos subjetivos como la capacidad de soportar la soledad, el manejo de la separación o la posibilidad de hacer frente a la pérdida, de aceptar su realidad y crear nuevos intereses y vínculos. La buena resolución de un proceso migratorio depende, en gran medida, de tales recursos.
A partir de los trabajos de Sigmund Freud sobre la angustia de separación del niño pequeño (3), algunos psicoanalistas hicieron distintas elaboraciones sobre la importancia de la separación con la madre en la organización misma del psiquismo: tenemos primero los trabajos de Melanie Klein (4), y más tarde, en torno a los años sesenta, los de René Spitz (5), Donald Winnicott (6)y John Bolwby (7). Pero, en 1964, Jacques Lacan volvió todas ellas caducas al formalizar la separación de una manera radicalmente original, por fuera de cualquier perspectiva del desarrollo, objetal o intersubjetiva, como formando parte de dos operaciones lógicas entre el sujeto y el Otro: la alienación y la separación (8). Para resumirlas muy brevemente, diré que la primera operación, la alienación, supone consentir, aceptar ser representado, inscribirse en el discurso del Otro (el Otro familiar, el lenguaje, la cultura...), al precio siempre de una cierta pérdida del ser original o primero; y la segunda operación, la separación, implica reconocer un deseo en el discurso del Otro, es decir, reconocer al Otro como un sujeto deseante o, lo que es lo mismo, con una falta. Ante el enigma que representa este deseo, el sujeto puede ofrecerse a colmarlo, es decir, a ser aquel objeto que falta al Otro. Pero al no lograrlo porque dicha falta es estructural, el sujeto puede separarse de él, creándose así el margen de la subjetividad, es decir, la distancia propia necesaria respecto al Otro para constituirse él mismo como un sujeto con un deseo propio.
La constitución subjetiva es simultánea de la producción, del desprendimiento del objeto que uno fue para el Otro y guarda sus marcas, que señalan para el sujeto las coordenadas de su satisfacción, del encuentro con su goce. Y, sin saberlo, estas marcas condicionan su relación con los otros a través del fantasma, que vela la relación que cada sujeto tiene con este objeto. Esta doble operación es estructural y el hecho de que se haya llevado a cabo o no condiciona la diferencia diagnóstica entre neurosis y psicosis.
Podemos ilustrarlo con el caso de K. quien abandonó familia y país, en una situación de total precariedad, en el momento que ambos tomaron, para él, el rostro de un Otro perseguidor al que su pensamiento no podía poner límite, y llamó al cabo de un tiempo pidiendo ayuda al respecto. El trabajo que realizó allí le permitió construir un margen habitable, que hizo posible una estabilización de su psicosis
O, asimismo, podemos verlo en el caso de R., quien no delira, pero escapó de un padre que supuestamente la adora, y respecto al que no quiere saber que, bajo el velo de la superprotección, la maltrata. Aunque había podido poner cierto límite a los excesos “amorosos” de su padre, desconocía que, para ella, la búsqueda del amor seguía en la vida la vía de un “no ser bien tratada”, es decir, de mantenerse en la posición de objeto del “mal trato” del Otro. El encuentro con una repetición que podríamos definir como “un hombre que me adora de repente me maltrata” la trajo a la consulta, donde inició un trabajo que le permitió empezar a modificar su relación con dicha marca.
Para estos, y otros jóvenes, la migración coincidió con la salida del hogar familiar y esta circunstancia, el “tener que irse” había solapado la dificultad de separarse, que irrumpió más tarde, para cada uno de ellos, de manera sintomática.
En la migración, entonces, hay cosas que no son nuevas, que no se dejan atrás simplemente por el hecho de partir: en principio, el sujeto va a todas partes con las marcas que le son propias, es decir, con una determinada relación con el goce que afecta al sentido mismo que tiene de su realidad, sea delirante o fantasmática. Sin embargo, la migración constituye una de las experiencias vitales que moviliza más cambios.
La elaboración de la migración exige en primer lugar una reconfiguración del Otro que se deja y una reacomodación de la relación con él, que puede resultar afectada por la significación que el Otro, o el mismo sujeto, dé a su partida: por ejemplo, si se valora como una valentía o, por el contrario, como una cobardía o traición. El sujeto puede sentirse culpable, por ejemplo, de dejar a unos padres mayores o enfermos, o de marchar contra su voluntad y decepcionarles. Es el caso de S. quien se fue de su país, en contra de la voluntad de sus padres y sintiendo una fuerte culpa, para vivir con un hombre de otra religión. Un tiempo después, en una boda según el rito de la religión familiar, le asalta de repente la idea de que ella nunca tendrá una boda así, como sus padres querrían para ella. En ese momento, su posición de “hija perfecta”, de tapón de la falta del Otro se tambalea, y al perder la estabilidad que esto le daba, llama al centro pidiendo ayuda.
La familia puede vivir en algunos casos la partida como un abandono insoportable o, por el contrario, esta última puede dar lugar a un aumento de las expectativas en el hijo como aquél que lleva a acabo lo que ellos ya no pueden hacer o no se atreven. También puede sentirse culpable de que el hijo se haya ido, como es el caso del padre R., a la que me he referido más arriba, que pregunta cada semana a su hija qué es lo que ha hecho mal para que ella quiera vivir tan lejos suyo.
En algunos casos, los padres pueden aceptar la partida de sus hijos porque entienden que han de labrarse un porvenir, pero pueden vivir mal una pérdida con la que no contaban, la de sus nietos, que crecerán lejos de ellos.
El sujeto ha de elaborar la pérdida, el conjunto de pérdidas, que implica la migración, el hecho de que el lugar que tenía respecto al Otro y el que tendrá en adelante no es el mismo: no forma parte de su vida del mismo modo, no comparte ya las mismas cosas, pasa a ser “uno que está lejos, que vive fuera”. Aunque en algunos casos, esto refuerza de algún modo el vínculo: por ejemplo, la distancia puede predisponer a la confidencia. Es el caso de T. quien, desde que ha llegado a Barcelona, se comunica cada día con su madre, cosa que antes no hacía. Actualmente la globalización ayuda a que pueda haber un contacto cotidiano con el país de origen gracias al teléfono, la prensa, internet, la televisión vía satélite...
Frecuentemente los que se quedan tienden a pensar que solo han cambiado los que se han ido, que ahora conocen otras cosas, tienen otros gustos o hablan de otra manera... Incluso estos últimos tienen a menudo la ilusión de que los primeros (familia, antiguo novio, amigos, ciudad, país...) permanecen tal como los recuerdan, hasta que un día se dan cuenta de que tampoco son ya los mismos. En ese momento, a veces varios años después de haberse ido, puede irrumpir el sentimiento de pérdida o el deseo de regresar para evitarla. Por otro lado, el hecho de que cada reencuentro o contacto remueva este sentimiento puede dificultar su elaboración.
La migración implica asimismo elaborar las coordenadas del Otro social del país de llegada, encontrar la manera de inscribirse, de hacerse un lugar dentro de ellas. El sujeto puede consentir o no a esta nueva operación de alineación, es decir, puede querer incluirse en este nuevo Otro o no. También se puede movilizar una pregunta acerca de qué es uno para este Otro, qué objeto representa para él, qué lugar le da, cómo lo ve, qué espera de él... como paso previo a la operación de separarse de él, que puede ser exitosa o no.
En 1915, Freud definió el duelo como “una reacción normal frente a la pérdida de una persona amada o una abstracción que haga sus veces, es decir, que tenga un gran valor para el sujeto, como la patria, la libertad o un ideal”(9). El trabajo del duelo requiere, dijo, retirar la libido de todas y cada una de las representaciones del objeto perdido, de todos y cada uno de los recuerdos y expectativas asociadas a él hasta, podemos decir, simbolizar la falta que presentifica su pérdida.
Algunos autores hablan de “duelo migratorio” para referirse a la elaboración de la pérdida vinculada a la migración y lo diferencian del duelo normal, cuyo paradigma consideran quedó establecido por Freud en el texto citado con la muerte de la persona amada (10). Creen que, al no dejar de existir, por lo general, el objeto y poderse mantener algún tipo de contacto con él, el duelo migratorio estaría más del lado de la separación que de la pérdida. Sin embargo, como hemos visto, la separación respecto al objeto implica en el fondo una separación de uno mismo y, en este sentido, pone en juego siempre la pérdida de algo propio ¾del objeto que uno fue para el Otro, del objeto que el otro representa para uno. Sea total o no, esta pérdida toca siempre el vínculo mismo, el punzón, que en el fantasma de cada cual une al sujeto con el objeto. Esto conlleva una alteración de la homeostasis que afecta al sentido mismo de la realidad del sujeto que, por ello, puede devenir pesada y provocarle una sensación de tristeza, oscuridad y abatimiento.
Sin embargo, ese estado doloso no responde tanto a una pérdida libidinal, tal como planteó Freud, en el contexto de su segunda teoría pulsional, sino a un exceso, una presencia de goce que viene a ocupar el lugar del agujero que deja la pérdida. Esta densidad de goce debe decaparse, reducirse, vaciarse. El trabajo de significantización del duelo permite al sujeto, según articula con precisión Pierre-Gilles Guéguen, retocar, recomponer, reconstruir el vínculo, el punzón del fantasma, aparejarse de nuevo con un objeto(11).
No hay duda de que cuantas más pérdidas hay en juego el duelo resulta más complejo o más masivo. Pero considero que hablar de “duelo migratorio” solo responde a la tendencia, la exigencia, contemporánea, que tal como encontramos en los manuales de psicodiagnóstico al uso también apremia a la psiquiatría y la psicología, de etiquetarlo todo, en nombre de cierto cientificismo, para tener la ilusión de que no se nos escapa nada. La necesidad de elaborar el duelo por las pérdidas que implica cualquier migración es efectivamente universal, afecta a todos los sujetos que inician un proceso migratorio, pero las características de esa elaboración mostrará particularidades que dependen de la complejidad del proceso en cada caso, de la manera que se expresa el duelo en que cada cultura y, fundamentalmente, de la relación con la pérdida que tiene cada sujeto. Y, sin duda alguna, la existencia de duelos previos mal elaborados pueden dificultar o impedir su elaboración.
Para concluir, solo señalar que esta necesidad de elaboración respecto a la migración no afecta solo a la persona que migra o a la sociedad de origen que experimenta su pérdida y que, en el caso de la migración de los jóvenes, puede significar quedarse sin la generación de reemplazo. También afecta a la sociedad de acogida, que ha de hacer frente no solo a los beneficios que proporciona la migración sino también a ciertos cambios y, por tanto, a algunas pérdidas.
(*) Texto presentado en Barcelona el 20 de octubre de 2006 con el título: "¿Una nueva vida? Expectativas y duelo en el proceso migratorio". Publicado originalmente en la revista Freudiana 49, Barcelona, ELP-Comunitat de Catalunya, 2007.

Notas:

1. L. Grinberg y R. Grinberg, Migración y exilio, Madrid, Biblioteca Nueva, 1996, p. 30.
2. A. Qureshi y F. Collazos, “El modelo americano de competencia cultural psicoterapéutica y su aplicabilidad en nuestro medio”, en Papeles del psicólogo nº 1, vol. 27, Madrid, enero de 2006.
3. Ver S. Freud, “Tres ensayos sobre teoría sexual” (1905), “Más allá del principio del placer” (1920) e “Inhibición, síntoma y angustia” (1925-1926), en Obras Completas, Buenos Aires, Amorrortu, 1983.
4. Se puede consultar M. Klein, “Una contribución a la psicogénesis de los estados depresivos” (1934), “El duelo y su relación con los estados maníaco-depresivos” (1940) y “Sobre el sentimiento de soledad” (1963), en sus Obras Completas editadas por Paidós.
5. Ver los textos de R. Spitz, No y sí. Sobre la génesis de la comunicación humana (1956) y Primer año de la vida del niño (1965).
6. D. Winnicott, “La capacidad de estar a solas” (1958), en El proceso de maduración en el niño. Estudios para una teoría del desarrollo emocional, Barcelona, Laia, 1979.
7. Ver el artículo de J. Bowlby, “Grief and mourning in infancy and early childhood”, en Psychoanalitic Study of the Child 15, New York, 1960, así como su trilogía Vínculo y pérdida editada por Paidós.
8. J. Lacan, El Seminario, libro XI: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (1964), Buenos Aires, Paidós, 1987.
9. S. Freud, “Duelo y melancolía” (1917 [1915]), en Obras Completas, op. cit., vol. XIV, pp. 241-243.
10. J. Achotegui, La depresión en los inmigrantes: una perspectiva transcultural, Barcelona, editorial Mayo, 2002.
11. P.-G. Guéguen, “Duelo”, en Scilicet de los Nombres del Padre. Documento de trabajo preparatorio del V Congreso de la AMP, 2005.

2 comentarios:

Lúcio Vieira dijo...

Hola Dra. Muchas gracias por escribir tan hermoso testo. Yo vengo de una doble migración. Primero salí del país donde nací para ir a otro, este otro era el país de mi padre, por lo que por este hecho he podido obtener mi doble ciudadanía. Me recuerdo de cuando fuí allá, el duelo fué terrible, pero lo superé, es como si hubiese creado una nueva identidad, me adapté bien al final de todo. Pero después de 7 años viviendo allá, volví a mi país de origen, y es todo muy raro, por vezes siento querer volver a ese segundo país, pero por otras vezes me quedo muy feliz de estar acá. Bueno, este conflicto puede tener que ver con la situación en la que migré para allá, la perdida de un relacionamiento amoroso que fué importante., puede se3r que esté identificando una situación primária para mis síntomas.

Pero bueno, aconsejo a todos, que antes de partir, revisen bien sus emociones, para saber porque lo están haciendo.

Margarita Alvarez Villanueva dijo...

Gracias Lúcio. Gracias por su comentario. Me alegro de que le haya gustado. Sí, hay algo que lo que dice que es un sentimiento muy común, y hay que aprender a vivir con ello, irlo trabajando. Me paree muy bueno su consejo aunque no siempre es fácil hacerlo antes. Un saludo.