domingo, 24 de octubre de 2010

¿YA NO QUEDAN HOMBRES?

Juguetería Hamleys, Londres, 2007. Foto de M. Álvarez.
Hace tiempo que podemos escuchar a algunas mujeres quejarse de que ya no quedan hombres. A veces lo dicen en el sentido de que “ya no hay hombres como los de antes” y, otras, en el sentido de “ya no hay hombres disponibles”, dispuestos a implicarse en una relación: o ya están casados o son solteros “incurables”, es decir, sin remedio, empedernidos. No voy a tomar aquí este segundo sentido que ya exploré un poco en un texto reciente sobre la ética del soltero en el hombre contemporáneo (1), y me limitaré a considerar el primero.
¿Es esto cierto? ¿Ya no hay hombres como los de antes? Probablemente no, los tiempos han cambiado y seguramente los hombres, como las mujeres, los niños, los jóvenes, la sociedad entera, también. El hecho de que las identificaciones ideales, con su contrapartida de exigencias, se hayan suavizado para los hombres, ha posibilitado que la expresión de la impostura viril también se suavice.
Pero, ¿es esto es un problema? ¿Es algo a reprocharles? ¿Queremos las mujeres tener hombres como los de “antes”, por ejemplo, los hombres de hace cincuenta, setenta o cien años? Seguramente, por lo general, no, sencillamente porque nosotras tampoco somos como entonces.
Pero quizás las mujeres no hemos cambiado mucho en nuestras exigencias hacia la pareja y seguimos esperando en alto grado que ellos respondan siempre de manera inmediata y completa, incluso telepática, a nuestras menores deseos. Quizás incluso nuestras exigencias se hayan multiplicado: los queremos muy fálicos a veces pero, otras, muy poco o nada fálicos, a medida justa cada vez de lo que queremos en ese preciso instante. ¿Como siempre? Pues quizás no. Es probable que en los últimos años la exigencia femenina hacia la pareja, y hacia los hombres en general, haya aumentado y devenido más feroz. Es una hipótesis que planteo al debate.
Parecería que una consecuencia indeseada, e indeseable, del discurso de la igualdad de los sexos, y de la influencia de los discursos feministas del siglo XX en nuestras vidas del siglo XXI, fuera que muchas mujeres se sienten autorizadas a exigir todo al varón, considerándolo un descendiente directo del padre originario de la horda y responsable de todas sus tropelías míticas. El hombre sería culpable solo por el hecho de ser hombre, como si el final del patriarcado deslegitimara por completo la virilidad. ¡Se acabó la diferencia sexual! ¡Ahora todos femeninos!
La masculinidad está en apuros, los hombres en un brete. Y, así escuchamos a algunos, por ejemplo, terminar diciendo que están embarazados –cuando su pareja lo está-, para que ella no le reproche que no se implica, o  ejercitando extrañas posturas para estar lo más próximos posibles de su mujer e hijo durante el amamantamiento, “para participar en él” como ellas les piden -esto se escucha más a los que tienen menos de treinta y cinco que a los de mayor edad, más afectados estos últimos generalmente por el fantasma de feminización que adopta con frecuencia, según Freud, el temor a la castración en el varón.
Se observa un nuevo fenómeno que no afecta solo a los más jóvenes: muchos hombres esconden su virilidad en el armario, porque el menor signo de ella desencadena la agresividad de sus parejas y con facilidad son acusados no ya del tradicional desamor, sino en ocasiones directamente de maltrato -que sin duda es otra cosa.
Pero, ¿son ahora los hombres menos viriles? No lo creo. Como dije en el texto antes citado, la feminización del hombre contemporáneo es lógica y no fenomenológica, acorde con la feminización generalizada de nuestra época regida por la inexistencia del Otro.
En la actualidad, los hombres no son más femeninos o no lo son al nivel que para el psicoanálisis se plantea fundamentalmente la feminidad, como una posición subjetiva ante el goce. Podemos decir que en ese sentido no hay novedad, seguimos encontrando los mismos matemas en el lado macho de las fórmulas de la sexuación: ellos no sufren ahora más por amor, como hacemos las féminas, ni como ellas gozan con él; siguen gozando privilegiadamente del objeto, cuya variedad sí, ahora se infinitiza con la multiplicidad de gadgets que provee la época; continúan con la tendencia a la infidelidad, favorecida además ahora por las nuevas tecnologías: pornografía por internet, chats, etc. -el otro día escuché en un programa de televisión que un altísimo porcentaje de los hombres apuntados a empresas de búsqueda de pareja por internet están casados, quizás el setenta por ciento, no recuerdo bien, pero en todo caso una cifra bastante alta. 
Sin embargo, y siguiendo la lógica de la época, la relación con el goce aparece regulada de otro modo, con menos límites, más infinitizada y, a veces, también, más salvaje. En este sentido, respecto a la modalidad de regulación del goce, sí podemos hablar de feminización, aunque sea una paradoja ya que hay una tendencia más bien a cierta exacerbación de las condiciones del goce masculino, a un too mach. El hombre contemporáneo cada vez se entretiene más con la serie infinita de objetos que la época provee y, por tanto, cada vez tiende a encerrarse  más, a solas con su goce, es decir, sin pasar por la relación con un otro.
Por otro lado, los estudios queer no dejan de atacar a la virilidad. Un estudio como Masculinidad femenina, de Judith Halberstam (2), continuador a su pesar de la famosa querella del falo de los años 20-30, reivindicando la distinción entre masculinidad y virilidad, defiende acudir a las mujeres para estudiar la masculinidad moderna, a partir de las diferentes grados o tipos de masculinidad que presentan (transexuales de mujer a hombre, lesbianas butch), porque, según afirma, la masculinidad en los hombres, es decir, la masculinidad unida con la virilidad, ¡siempre es solidaria de una posición de poder político y cultural!
¡En fin! ¡Malos tiempos para los hombres! Pero afortunadamente ellos resisten, a nosotras y a la época, y lo hacen quizás uno a uno, como pueden: en solitario, silenciosos, por lo general un poco, o muy, atribulados, a veces enfadados, incluso muy enfadados, por lo general pacientes o, quizás esto último solo algunos, otros meramente resignados. Aunque algunos empiezan a asociarse y a  quejarse de ser víctimas de discriminación homófoba (en el sentido que Lacan precisa este “homo” en L’étourdit, como referido a "hombre" y no a partícula de igualdad). Y, a mi entender, no les faltan ni razones ni razón.
* Texto escrito para el boletín on line de las IX Jornadas de la ELP, Too mach, a publicar próximamente en elp-debates.

 Notas:
1. “La feminización lógica del hombre contemporáneo”. En: Bibliografía razonada de las Jornadas de la ELP nº 9, publicada el 18.10.2010. Se puede leer en la siguiente entrada de este blog: http://www.elblogdemargaritaalvarez.com/2010/09/la-feminizacion-logica-del-hombre.html
2. J. Halberstam. Masculinidad femenina (1998). Madrid: Egales Editorial, 2008.
3. J. Lacan. “L’étourdit” (1972). En: Autres écrits. Paris:  Seuil, 2001, p. 467.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Siembra vientos y recogeras tempestades...

http://www.zoomnews.es/63533/zoom-plus/caosfera/que-se-casen-ellas

Margarita Alvarez Villanueva dijo...
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