jueves, 27 de noviembre de 2014


A la hora de recibir un nuevo caso, Freud recomendaba "olvidar" el saber analítico adquirido. Lacan pensaba de forma semejante cuando insistía en la necesidad de "no comprender". Dejarse enseñar por un caso exige del analista suspender los prejuicios de la experiencia y la comprensión. ¿Podrías desarrollar tu punto de vista sobre esta cuestión?

Efectivamente, Jacques Lacan critica desde el comienzo de su enseñanza la idea de “comprensión analítica”. Lo hace en diversos lugares y tomando referencias distintas: cuando critica la práctica de sentido en la tradición fenomenológica de la psiquiatría o el lugar de la doctrina sobre la contratransferencia en psicoanálisis... Por ejemplo , en su primer seminario (en ese momento está hablando del control) dice: “Una de las cosas que más debemos evitar es justamente comprender demasiado, comprender más de lo que hay en el discurso del sujeto. No es lo mismo interpretar que imaginar comprender. Es justamente lo contrario. Incluso diría que las puertas de la comprensión analítica se abren en base a un cierto rechazo a la comprensión” (Seminario I, 24.2.1954, p. 120).

El problema es que tratar de comprender, la necesidad de dar sentido, es estructural, tal como el mismo Lacan nos señala desde el inicio de su enseñanza. Entonces, ¿cómo evitar hacerlo? ¿Cómo escuchar sin cerrar el bucle de la frase que dice el analizante y fijar un sentido?

Me parece que, más allá de la distinta relación que cada analista pueda mantener con el sentido, es necesario siempre, al respecto, pasar por el vaciamiento que implica el trabajo del propio análisis. En la orientación lacaniana, un análisis permite ir haciendo esa experiencia “en contra” del sentido, apunta a ello, a la reducción de sentido, o al sinsentido, que acompaña el encuentro con lo real del goce. No es una experiencia que se hace solo una vez, sino en experiencias de distinta intensidad y que tienen efectos también diversos, entre los que se incluyen, podríamos decir, los efectos producidos por los cortes de sesión, el atravesamiento del fantasma... Entonces, cuando escuchamos a un analizante, la experiencia que se pone en juego no es tanto la experiencia clínica, la formación, que si bien son importantes y necesarias, han de dejarse, como dijo Freud, a un lado -aunque no de lado- para mantener abierto el agujero que sostiene el deseo o la posición del analista.

Quiero recordar, para finalizar, una cita de Lacan bastante más tardía, de 1975, donde dice: “En un análisis todo debe ser recogido como si nada hubiera quedado establecido en ninguna parte. Esto quiere decir, ni más ni menos, que la fuga del tonel ha de ser abierta de nuevo” (“Introducción a la edición alemana a los Escritos”, Uno por Uno 42, p. 12). Entiendo que se trata de permitir la fuga de sentido -del tonel de las Danaides del mito-, no taponar los agujeros, y esto incluye dejar a un lado la suma de la experiencia propia y la de los otros, es decir, de la comunidad analítica, poner en suspenso el saber, para poder escuchar las particularidades del caso.

 

2) En cierto modo, puede afirmarse que no existe ningún caso que no suponga una enseñanza, en la medida en que ésta depende más de la disposición del analista que de la particularidad o la excepcionalidad del analizante. No obstante, solemos guardar en la memoria el recuerdo de algunos casos que han dejado una verdadera marca en nuestra práctica. ¿Hay alguno que podrías evocar brevemente, en lo que respecta a la conclusión que te permitió extraer?

El caso que más me ha enseñado ha sido, sin duda alguna, el mío. Para concluir con la pregunta anterior y empezar a responder a ésta quiero señalar que cuando comencé mi último análisis venía de un proceso de análisis “supuestamente” lacaniano. Sin embargo, la dirección de la cura entre el nuevo análisis y el análisis anterior fue muy diferente desde el principio. Yo no entendía algunas de las intervenciones del nuevo analista. Iban en dirección contraria justamente de todas las que me habían hecho en el proceso anterior y de las que yo misma hacía a mis pacientes. Finalmente empecé a entender que allí donde el analista anterior fijaban el sentido y, por tanto, el goce, el nuevo analista, apuntaba a separarme de él -de ambos. Éste fue un descubrimiento que marcó mi práctica y la elección del campo freudiano como lugar de formación primero y, luego, como lugar donde inscribirla.

Pero no solo he aprendido con mi caso. Cada caso, como dices, enseña algo. Y yo he aprendido, y aprendo cada día, con todos. Aunque quizás ocupan un lugar especial en mi formación aquellos en los que me encontré haciendo algo que no había pensado ni hecho antes, ni había oído hasta entonces que nadie hubiera hecho, es decir, aquellos que me confrontaron en su momento, de una manera radical, con la dimensión del acto. Se me ocurre ahora uno en particular, que atendí en los comienzos de mi práctica analítica.

Se trataba de una mujer que no paraba de hacerme reproches durante las entrevistas. Me reprochaba prácticamente todo: yo no la miraba, o no lo hacía lo suficiente, o no de la manera que ella quería..., yo nunca finalizaba la sesión cuando a ella le iba bien..., no le daba el amor que necesitaba..., no era suficiente sensible... Ella consideraba aquello que sentía como algo de la realidad y no se producía una apertura del campo asociativo, lo que me hacía tener bastantes dudas de que el trabajo fuera a ser posible. De hecho, no entendía por qué seguía viniendo. Todas mis intervenciones parecían condenadas al fracaso.

Ella había dicho que me había elegido, entre otros posibles analistas con los que se había entrevistado, por lo que llamaba “una voz suave”, que la hacía sentir que “no la iba agredir”, cuestión que parecía tener importancia en su historia: su padre, muy idealizado, era muy agresivo verbalmente, sobre todo utilizaba un lenguaje muy despreciativo hacia las mujeres.

Un día, al finalizar la sesión, enfadada como de costumbre, dejó el dinero encima de la mesa y salió corriendo de la consulta visiblemente angustiada. Sin pensarlo, preocupada, salí detrás de ella y la llamé por el hueco de la escalera (estaba ya dos pisos más abajo). La vi detenerse sorprendida, vacilar... y, finalmente, subir. A partir de ese momento ella pudo empezar a hablar de que, de niña, su madre no la miraba suficiente, lo que quería decir: tanto como a su hermano varón. Cada vez que pensaba esto, es decir, que se situaba en primer plano la cuestión de la feminidad, se angustiaba y se fugaba de casa. Todos la buscaban, excepto la madre, una mujer de voz suave, que se quedaba sin hacer ni decir nunca nada, sufriendo, posición que producía mucha angustia a la paciente.

En aquella época, imperaba la idea de que un analista no debía de dejar traslucir ningún deseo y, podría pensar ahora que tratar de ceñirme a ello hizo fracasar las distintas estrategias utilizadas. A partir de que la analista se separó de este ideal, la paciente pudo situarla en otro lugar que el lugar de la impotencia que, con tanta insistencia preparaba cada vez para ella. A partir de salir detrás suyo; de mostrar preocupación por ella; a partir de que la paciente comprobó que una voz suave podía gritar, podía decirle que no, no por desprecio sino por interés, algo cambió: cesaron las exigencias y ella consintió entonces en empezar a trabajar.

Este caso, entre otros, me ayudó a separarme, a mantener cierta distancia respecto a los ideales analíticos del momento y, asimismo, me ayudó a asumir que el analista está siempre solo en relación a su acto.

3. ¿Se cumple el ideal freudiano de que un sólo caso podría bastar para modificar un aspecto de la teoría?

Estaría de acuerdo en pensar que un caso puede parecer cuestionar, y a veces cuestiona, algún punto de la teoría analítica, lo que la ayuda a progresar. Pero creo que para modificarla habría que verificar ese punto en otros casos. Aunque considero también que cada caso puede ayudar a matizar, a complejizar, a ilustrar de un modo distinto o a mostrar aspectos inéditos o no pensados hasta el momento de la teoría y, en este sentido, los distintos casos la van tejiendo poco a poco, dando relieve y, por tanto, de algún modo, ya tan solo con enriquecerla, con ayudar a elucidarla, se podría pensar que, de otro modo, la van modificando.

“El psicoanálisis es una práctica subordinada por vocación a lo más particular del sujeto”, dice Lacan, y recuerda seguidamente que, en el caso del Hombre de los Lobos, Freud lo subraya hasta decir que “la ciencia analítica debe volver a ponerse en tela de juicio en el análisis de cada caso” (Escritos, p. 344). Cuando vamos a la recapitulación que Freud hace de dicho historial, podemos leer que si bien un caso como el del hombre de los lobos “podría dar ocasión para rever todos los resultados y problemas del psicoanálisis”, éste sería un trabajo injustificado. “De un solo caso no puede aprenderse todo” y tendríamos que conformarnos con valorizarlo para lo que él muestra de mayor nitidez”. (...) Para obtener nuevas universalidades (...) -añade- se requieren numerosos casos como ese, bien analizados y en profundidad. No resulta fácil obtenerlos, cada caso exige un trabajo de años” (Obras Completas, AE, XVII, p. 96).

 

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